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Aquel Saltillo, muy distinto del que ahora habitamos

Por Carlos Gaytán Dávila

Hace 3 años

En la década de los 50, en nuestra entonces pequeña ciudad, los usos y las costumbres eran propicias a los quehaceres del espíritu, los mejores valores culturales y sociales.

Sin televisión, con una radio que apenas despuntaba, donde destacaba la intención de don Froylán Mier Narro de convertir a la XESJ en “La Llamada de la Cultura”, dos pequeños  y románticos periódicos elaborados artesanalmente que cubrían la demanda noticiosa local; tres cinematógrafos, una biblioteca pública, apenas tres instituciones de educación superior y una espléndida Alameda, donde “sin el ruido de la ciudad” podíamos estudiar sin sobresaltos o leer un libro.

Ya tenía la Alameda su famosa refresquería para reunir a literatos, artistas y periodistas de escasos de recursos económicos; el memorable Elite de Chuy Martínez, al cual escritores y poetas  solían ir para leer ante un público receptivo y recíproco (si me lees, te leo) sus más recientes producciones en verso y en prosa, donde no se atentaba contra las buenas costumbres de aquella sociedad, a veces pacata y fácilmente escandalizable. Las lecturas de la poesía cósmica de José León Saldívar, sus bromas inclementes y las angustiosas premoniciones de su triste final.

Cómo no recordar a don Eduardo L. Fuentes y su doctísima esposa y musa Lupita, leyendo sus bien medidos sonetos y sus textos periodísticos con su columna Este Saltillo, publicada en El Diario de Benjamín Cabrera cada día; revivir las travesuras de Pedro Valdez García, con sus trajes alucinantes y sus frescos comentarios sobre el medio político saltillense; resucitar la austeridad de Wilfredo Bosch, catalán inmigrante de la guerra civil española; al vate Raymundo de la Cruz López, el entrañable cantor del pueblo, de la revolución, del barrio y de los héroes, que alzaba su voz de resonancia épica en todos los eventos cívicos y culturales.

Jesús Flores García al piano, Marcia Flores interpretaba dulcemente tiernas piezas poéticas. Lourdes Valdez, consumada actriz y declamadora. Evoquemos a Homero Lara, Pepe Iga, Guillermo Ariz-

pe, Jacobo González, Cecilia Rodríguez Melo, Lupina Soto, Francisco Zúñiga y toda aquella pléyade de actores y actrices que robaban tiempo a su descanso para hacer teatro. Poetizas y poetas que se confundían en el buen sentido de la palabra; Hilda Sala, José León Saldívar, Altaír Tejeda. Musaicos como Nicolás y Tono Cuevas, y la voz de soprano de nuestra inolvidable Alicia de la Peña.

La voz del poeta  Raúl Flores Villarreal,  apodado “Flores Naturales”, por sus constantes trofeos en certámenes de poesía. El dramático mensaje, lleno de color y carácter de Eloy Cerecero Sandoval; Carmela y Celina Harlan Laroche; los números poéticos de Manuelita Villanueva, doña Carmen Aguirre de Fuentes, Juanita Carrejo y María L. Pérez de Arreola. Por cierto, ya en estos andares andaba nuestro cronista Armando Fuentes Aguirre, entonces un quinceañero esmirriado, en quien se advertían con diafanidad sus cualidades de escritor y crítico acérrimo.

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