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Coahuila

El diálogo de las trompetas

Por Carlos Gaytán Dávila

Hace 2 años

A Julio Arce, con todo mi aprecio

En el Saltillo aún provinciano de los años 60 del siglo pasado, todavía disfrutábamos la música del maestro Lorenzo Hernández, originario del “vecino municipio de La Aurora, Coahuila”, colonia que en esa época se encontraba en las orillas de nuestra ciudad.

El maestro Hernández logró conjuntar una orquesta compuesta en gran parte por músicos potosinos. En el grupo venía el trompetista Julio Arce.

Jóvenes y adultos de aquella época nos divertíamos sanamente acudiendo a los bailes donde amenizaba la famosa orquesta del maestro Hernández. Acompasados ritmos y darle un giro más atractivo al conjunto musical, hacían el deleite de los bailadores y la admiración para los ejecutantes de la música que nos hacía bailar, ahora soñar y suspirar por aquellos ayeres maravillosos de nuestra juventud.

Mientras que en el escenario quedaba el resto de la orquesta, el trompetista Julio Arce se iba al otro extremo de la pista del Patio Español o el salón de la Sociedad Manuel Acuña, o cualquier otro lugar, para contestar las rítmicas notas del danzón Teléfono a Larga Distancia, que en el estrado entonaba la orquesta de Lorenzo Hernández.

Este número gustaba mucho a los bailadores, que expectantes veían y escuchaban cómo la orquesta en el escenario y Julio Arce, fuera de este, realizaban lo que yo siempre he sostenido “el diálogo de las trompetas”.

Al terminar el periodo de la orquesta del maestro Hernández, Julio Arce decide seguir con el conjunto bajo el nombre de la Orquesta Casino, que creo yo era mejor que la otra.

Julio Arce, nativo de Matehuala, San Luis Potosí, vino a Saltillo muy joven y con su instrumento debajo del brazo, pero tuvo en un gran trompetista italiano, de nombre Carmen Adovasio, a su gran maestro. Adovasio fue contratado desde Italia por los señores López del Bosque para trabajar en la fabricación de las motocicletas Islo (Isidro López).

Carmen fue trompetista de la famosa orquesta internacional de Henry Manzini, pero graduado como ingeniero químico.

La amistad de Adovasio y Arce se prolongó por muchos años e influyó en la carrera del gran trompetista potosino. Julio confiesa con orgullo que el señor Adovasio prácticamente fue su maestro de trompeta, instrumento que el músico italiano aprendió desde joven y el actuar en orquesta de prestigio le valió para concluir su carrera de ingeniero químico.

Julio Arce, dueño de una prodigiosa memoria, recuerda algunas anécdotas como músico, como esta:

“Habiendo terminado de tocar en una boda, repentinamente hubo mucho movimiento, y a las puertas del salón, una ambulancia de la Cruz Roja llevaba a la novia a un hospital.

Preocupados los músicos, porque algunos aseguraron ‘ya nos llevaron al baile’ (ya nos defraudaron), preguntaron que qué pasaba y los familiares de los novios les dijeron que no se preocuparan, que al rato venía el hombre a pagarles, porque la recién casada estaba dando a luz en el Hospital Universitario a un robusto bebé que nació el mismo día en que sus padres se casaron. Un rato después llegó el novio y liquidó la cuenta de la orquesta”.

Fueron inolvidables los bailes en los salones que tenía Saltillo, partiendo del Casino y de la Sociedad Manuel Acuña, hasta la Zarco de Artesanos, Obreros del Progreso, el Deportivo Ojo de Agua, los patios de carga y descargas de la Compañía Industrial del Norte (Cinsa), hasta el Parque Azteca o los patios de la Casa Lozano, ahora el sindicato de la Sección 5 de los maestros; así como pequeños lugares, El Club Tapados, Saltillo Oriente, el Deportivo Madero y en algunas casas particulares, que aunque no éramos invitados de todas formas nos colábamos (entrábamos).

Lorenzo Hernández, después la Casino, alternaba en los bailes con orquestas venidas de la capital del país a los saraos de las normalistas o del Tecnológico o de la Narro.

Era la nuestra una pequeña ciudad provinciana, un paraíso. Pocos automóviles, casi nula violencia, mucha seguridad. Al finalizar los bailes por la madrugada los bailadores nos dirigíamos a pie a nuestros respectivos hogares. Las muchachas se quitaban las zapatillas de tacón y descalzas caminaban por las banquetas que entonces estaban parejas, (ahora te tiene que bajar de la acera, porque es más liso el pavimento que la calle, con riesgo de que te atropelle un cafre del volante).

Las casas se quedaban abiertas para que los jóvenes pudieran entrar fácilmente. No había robos. A veces los novios en horas de la madrugada platicaban en el zaguán o en el pórtico de la vivienda sin ninguna dificultad.

Afortunadamente vive nuestro querido y apreciado maestro Julio Arce, con 92 años a cuestas, para reafirmar lo que aquí escribo brevemente, una historia que da para más, para mucho más.

Julio casó con el amor de su vida, Zoila Esperanza Vidales, y aquí creó una hermosa familia.

 

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