La época navideña es realmente algo hermoso porque sin importar el lugar donde nos encontremos, los recuerdos de tiempos pasados regresan a nuestra memoria.
Cómo no recordar el hogar donde nací y crecí; el hogar que un día formaron mis padres, dos seres maravillosos que Dios me prestó por muchos años y a quienes tuve la dicha y bendición de disfrutar hasta que fueron llamados a su presencia.
De todos los festejos familiares, el que recuerdo con más emoción sin duda es el de Navidad. Desde colocar y adornar el árbol, el nacimiento que no debería faltar, ir recibiendo la visita de amigos y familiares, acudir a posadas. En fin, era un mes muy especial y realmente pleno de sorpresas y alegría.
La cena navideña era todo un acontecimiento. Reunión familiar, con tíos, primos; un buen momento para que los mayores platicaran y compartieran sus experiencias y los pequeños jugáramos; por supuesto no podía faltar la piñata que consistía en un jarro de barro, repleto con dulces y fruta de temporada, decorado con papel de china, de colores alegres dándole forma de estrella, con sus 7 picos que representan los 7 pecados capitales.
Lo malo que actualmente en algunas ciudades elaboran las piñatas de estrella solo con 5 picos, o sea que le quitan dos pecados. Cuando pregunto el por qué las hacen así, alzan los hombros y por respuesta me dicen “así nos las traen”. Se observa el desconocimiento de algo que ha sido parte de nuestra tradición.
Después de la diversión con las piñatas -una de estrella y otra con globos que nos hacía mi mami- de haber pedido posada, de haber jugado un buen rato, pasábamos a cenar toda la familia.
Antes de que el sueño nos venciera a los pequeños de la familia, arrullábamos al Niño Dios y lo colocábamos en el portalito donde ya se encontraban José y María.
He de decir que en Navidad los niños no esperábamos juguetes o regalos; la cartita que escribíamos era para los Reyes Magos. En Veracruz, como en otros lugares de nuestro México, no se esperaba la llegada del Santa Claus.
Hay lugares donde es el Niño Jesús o Niño Dios es quien llega con regalos a los pequeños.
Al recordar escenas de una bella época, me doy cuenta lo afortunada y bendecida que he sido; que mi niñez fue realmente maravillosa y eso gracias a mis padres, siempre amados, y a mis consentidoras y adorables abuelas.
Una época donde los niños éramos felices, con poco o con mucho, pero aprendimos que la felicidad no está solo en el tener, sino en el compartir. Y al compartir se elimina el egoísmo, la envidia que tanto daño causa al ser humano.
Crecimos en el respeto porque así nos educaron tanto en el hogar como en la escuela. Y esa enseñanza no se olvida nunca.
He aprendido con el tiempo que a veces los planes no se cumplen como uno desea. Los nuestros, era pasar las fiestas decembrinas en familia, como siempre. Sin embargo, nuestros deseos de estar reunidos y tomar unos días de vacaciones se frustraron con la llegada de cientos de inmigrantes a nuestra ciudad, cuyo propósito es el de ingresar a Estados Unidos.
El arribo de las caravanas ha provocado un verdadero caos en los puentes internacionales, motivo por el que las autoridades migratorias del vecino país tomaron la decisión de cerrar uno de los dos puentes que comunican Piedras Negras-Eagle Pass.
Excuso decir el problema que han ocasionado estas personas provenientes de países de centro y Sudamérica. El cierre de los puentes significa congestionamiento vehicular. Largas filas cuyo tiempo de cruce es hasta de 15 horas.
Y todo por el desorden provocado por inmigrantes que consideran tener el “derecho” de que Estados Unidos los reciba y les otorgue una visa para ingresar. Lo ven muy fácil y no es así. Sin duda vienen engañados y estafados.
En diferentes ocasiones me he referido a esta problemática. Un problema que ha crecido porque el gobierno de nuestro país lo ha permitido al otorgarle los permisos para llegar a la frontera o permanecer en México.
El problema se inició y lamentablemente continúa agravándose desde la frontera sur y seguirá, si no se ponen límites a una inmigración desbordada y tolerada, que está poniendo en riesgo la estabilidad y seguridad de ciudades de ambos países.
Bien decía mi abuela materna cuando algo no salía según lo planeado: “Dios sabe por qué hace las cosas”. Tenía razón porque los planes de Dios siempre son perfectos. Sin embargo, eso no quiere decir que la avalancha de gente que nos llega a diario sea obra de Dios y menos que ponga en riesgo a gente buena, manipulada por individuos sin escrúpulos ni moral.
Las decisiones de gobernantes y autoridades que no han hecho bien su trabajo es lo que ha permitido el desorden migratorio. ¿Quién, con un poco de sensibilidad y humanismo expone a sufrir bajas temperaturas con el riesgo de enfermar o morir, a hombres, mujeres, niños? Y lo hacen con toda intención para obligar otros a aceptar a todo el que venga, apelando a la generosidad y la caridad.
La caridad empieza por casa. Y los de casa son todos aquellos que están trabajando sin descansar, en ambas fronteras. De Estados Unidos, agentes de aduana y migración cuidando su territorio y con todo el derecho que les asiste.
En nuestra ciudad, Piedras Negras, deseamos que nuestras autoridades pongan en práctica estrategias y den solución a esta ola migratoria que se está convirtiendo en una verdadera pesadilla para los residentes.
A todos los que velan por nuestra seguridad, Dios los bendiga y proteja.
Esta será una Navidad diferente en algunos hogares, con cambio de planes en otros, sin duda con mayor trabajo en las corporaciones de seguridad, pero con la confianza en que pronto llegará la solución a la problemática.
Porque ya no es una petición sino una exigencia.
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