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Coahuila

A la memoria de la maestra Guadalupe Sabina Saucedo

Por Carlos Gaytán Dávila

Hace 1 año

Ella quería ser doctora, su padre se opuso no porque dudara de su capacidad, sino lo oneroso que representaría para él, pues se hizo el propósito de dar educación superior a sus nueve hijos.

El hombre soñaba con que la mayoría de ellos fueran maestros, pues él vio frustrado su intento. Cuando terminó la primaria, su maestra de sexto grado habló con su madre y le dijo que Magdaleno tenía madera para mentor y que ella lo apoyaría para inscribirlo en el Instituto de Capacitación del Magisterio. Doña Santos dijo sorprendida “¿y luego quién nos va a mantener?”.

Es que Magdaleno había quedado huérfano y a su corta edad era el encargado de cuidar los pocos animales que poseía la familia y se contrataba como peón en las hortalizas y ranchos de su natal Ramos Arizpe. Ellos fueron cuatro hermanos: Antonio, Jesusita, Anastasio y él.

Guadalupe Sabina Saucedo Solís “nació de pie literalmente”. Su madre tuvo muy graves complicaciones en el parto, la niña no venía de cabeza, venía de pies.

Ese hecho de su nacimiento marcaría un presagio en su vida. Había nacido una niña y una mujer muy inteligente. A los 4 años aprendió las primeras letras de su primer maestro, su padre, que leyendo periódicos le enseñó las letras del abecedario a escribirlas y leerlas.

Ella a los 6 años escribía y leer palabras. Cuando fue inscrita en la primaria federal Tipo 20 de Noviembre, el primer día de clases escribió su nombre en uno de sus cuadernos y se lo mostró a la maestra. Josefina González no daba crédito a lo que estaba viendo y la llevó con la directora Martha Montemayor, quien le puso una prueba a la pequeña y la promovieron al segundo grado. De ahí y hasta el postgrado Lupita Saucedo fue una alumna sobresaliente con calificaciones que no bajaban del 100 en cada materia.

 

Nace una maestra con gran vocación e inteligencia

Sus alumnos de la escuela primaria General Eulalio Gutiérrez la recuerdan con cariño y reconocimiento de gran mentora. Lupita, después de bregar como casi todos los egresados de la alma mater por el sur del país, el norte del estado, la zona ejidal de Saltillo, por fin a sus 18 años logra una plaza en el mencionado plantel. Las maestras y la propia directora la veían con recelo, pues era muy joven para haber logrado un lugar en la capital del estado y “como premio” le dieron el sexto grado de la primaria, donde se consagró como una extraordinaria profesora que aplicó lo aprendido en la carrera e innovó con su inteligencia y capacidad para forjar a niños y casi adolescentes que formaban aquel famoso grupo.

 

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