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De los Lobos al Ceremonia: ¿qué hemos aprendido?

Por Columnista Invitado

Hace 8 meses

POR: CARLOS SEOANE

 

De 1987 al 2000 fungí como subdirector general de Servicios Especiales de Organización Lobo. Aquellos jóvenes, mejor conocidos como los “Lobos”, pioneros en la seguridad de eventos masivos, que en nuestros inicios trabajábamos con más corazón que cerebro.

Nacimos en 1987 cuidando las afamadas fiestas de paga de los años 80, pasando por noches coloniales escolares o bodas con misiones especiales de detectar e impedir el paso de la exesposa que había amenazado con arruinar el festejo.

Sin saberlo, nuestra auténtica historia inició con Nacha Pop y Danza Invisible (1988), tocando en la Plaza de Toros México, en donde –asombrosamente– todo salió bien. Y con Miguel Ríos (1989), en donde la tormenta que cayó y el portazo que nos dieron aquellos que no consiguieron boleto, de milagro, no causaron una tragedia.

Y así proseguimos nuestro andar trabajando esporádicamente en foros como Reino Aventura, Auditorio Lomas Verdes, Toreo de Cuatro Caminos o el Teatro Ángela Peralta, con The Mission, Caifanes, Fobia, Timbiriche, Mijares, Menudo, Garibaldi, Soda Estéreo y Luis Miguel, entre otros.

A partir de 1991, con la llegada de Ocesa a escena, aquellos eventos esporádicos se convirtieron en una costumbre al paso del tiempo.

Al poco tiempo vinieron de Estados Unidos para enseñarnos a vender boletos electrónicos y de forma masiva, para colgar bocinas y estructuras de iluminación de los techos e, inclusive, para vender cerveza en este tipo de eventos.

Pero nunca vino nadie a enseñarnos a hacer seguridad… quiero creer que fue porque ahora lo hacíamos con el cerebro.

Hoy me sigue sorprendiendo ver la enorme cantidad de conciertos y festivales que se ofrecen en múltiples foros. Artistas y eventos para todos los gustos, sabores y colores, las 52 semanas del año.

Tanto aprendizaje y sin embargo…

La trágica y evitable muerte de dos jóvenes fotógrafos (Berenice Giles y Miguel Ángel Rojas. QEPD) en el reciente Festival Ceremonia, llevado a cabo en el Parque Bicentenario.

Su muerte no fue una fatalidad. Una grúa de tijera que sostenía dos siluetas de un oso –que servía como señalización– fue derribada por el viento y los aplastó mientras cumplían su labor. Fue negligencia. Fue ausencia de responsabilidad en una cadena que debería ser rigurosa y profesional, en la cual nadie parece tener claro quién debía garantizar su seguridad.

Tristemente, solo he visto a las autoridades tratar de deslindarse o de apuntar el dedo hacia el de enfrente, mientras que los organizadores callaron con un silencio criminal las primeras 24 horas, permitiendo que la desinformación invadiera el espacio que a ellos les correspondía ocupar.

Porque sí, desde aquellos días de finales de los 80 hemos aprendido mucho, muchísimo. Pero con esta tragedia parecería que seguimos sin entender lo más básico: la vida humana vale más que cualquier cartel, taquilla o experiencia inmersiva.

Y mientras no se entienda que cada persona en un evento —sea artista, staff, proveedor o espectador— debe volver a casa con los suyos, entonces parecería que no hemos aprendido nada o peor aún, que ya olvidamos lo esencial.

 

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