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Coahuila

Tú tienes la culpa

Por Mons. Alfonso G. Miranda Guardiola

Hace 1 año

El padre recién ordenado, estrenando su impecable sotana negra, confesaba a través de las rejillas del viejo confesionario de madera color marrón en el pasillo interior de la parroquia. 

Pero aquel domingo de la divina misericordia, después de pasar, mañana y tarde, sentado, recibiendo largas filas de penitentes, sintió un fuerte escrúpulo, de haber perdonado demasiado.

Le habían tocado casos difíciles, como aquel muchacho que no quería arrepentirse de sus malas acciones, pues le decía: “Ay padre, y si tuviera oportunidad lo volvería a hacer”. 

A lo que el joven sacerdote, todo contrariado, y después de buscar por todos lados cómo tocar su corazón, y haciendo acopio de todo lo estudiado en el seminario, le preguntó: “¿Y no te duele, no sentir dolor de tus pecados?” Pues sí padre, un poquito. Bueno, pues por esa pequeña rendijita, entra la misericordia del Señor.

Otra viejita, no conforme con la penitencia bondadosa que le había dejado el novato confesor, quería que le impusiera algo más severo y con mayor rigor. Así está bien señora, vaya en paz, el Señor ya la perdonó. El pobre padre ya no sabía qué más decirle.

Al salir el último feligrés, se quedó solo en el templo. Apagó las luces. Ya era tarde, pero antes de irse a su habitación, se paró ante el santísimo. Todo estaba en silencio, apenas unos cuantos cirios permanecían encendidos. 

El humo del incienso había dejado su amaderado aroma. Sentía un gran remordimiento, como si hubiera perdonado con mucha ligereza, y necesitaba desahogarse y contárselo al Señor.

Se hincó piadosamente en el reclinatorio también de madera antigua, con cubierta de terciopelo rojo para sus antebrazos, se sumergió en una profunda oración, y después de algunos momentos, levantó la cabeza con un gesto suplicante y contempló el rostro hermoso del Cristo sufriente, crucificado y con la sangre que le salía por las sienes, las piernas y el costado, e intentando justificarse, sólo atinó a decir: “Tú tienes la culpa, Señor, por darme tan mal ejemplo”.

Y se levantó muy campante y quitado de la pena, listo para echarse una buena cena, antes de dormir.

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