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| En el país se estima que alrededor del 25% de la población presenta algún problema de salud mental; en el marco del Mes de la Prevención del Suicidio, hablar de estos casos es importante. Fotos: Zócalo | Josué Cepeda / Archivo

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Morir en vida, el reto de la mente suicida; la importancia de hablar… y de escuchar

  Por Grupo Zócalo

Publicado el domingo, 21 de septiembre del 2025 a las 04:20


Afrontan millones un dolor invisible y multifactorial.

Liz Hernández | Saltillo, Coah.- El comportamiento suicida constituye un problema de salud pública importante que es resultado de una interacción compleja de factores biosicosociales, que ocurren a lo largo de la vida y varían según el género, la edad y la zona geográfica, entre otros. Así lo define la Comisión Nacional de Salud Mental y Adicciones (Conasama) en su informe sobre el comportamiento suicida en México en 2025. 

Voltear a ver las estadísticas de casos consumados revela diversas carencias dentro del sistema de salud pública, esto sumado a la interminable lista de características del desarrollo que llevan a una persona a siquiera considerar quitarse la vida. 

Y aunque existen datos precisos sobre los casos de suicidio en el país y en el estado, ¿qué ocurre cuando queda en el intento? Si apenas hay abasto de medicamentos sicotrópicos en las instituciones públicas, ¿qué opciones hay para las personas que sobreviven a la ideación suicida?

Nuestra mejor versión

Desde pequeño, en Eduardo se pusieron expectativas y sueños ajenos. “A mí nunca me preguntaron qué quería hacer yo”, dice, ahora de 45 años. Aunado a una presión por siempre destacar, creció en un ambiente de violencia física que lo llevaría al alcoholismo desde los 11 años.

Como muchas personas que así lo han pensado, él señala que no quería morirse, más bien, dejar de existir o jamás haber nacido; oriundo de Saltillo, en ese entonces vivía en San Antonio, Texas, trabajando en dos establecimientos de comida rápida, con 18 años, hundido en una profunda soledad y alejado de casa. Ocurrió un domingo.

En un abrir y cerrar de ojos, ya estaba recorriendo el Centro de la ciudad texana sobre un autobús que lo dejó en el Riverwalk, emblemático recorrido peatonal que, con su alegría familiar, enfermó a Eduardo. Fue en medio de un ambiente repleto de vida donde consideró que desearía “no tener conciencia de nada”. Curiosamente, este suceso lo guiaría a ver la vida con más claridad.

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Pedí ayuda, no sé a quién o a quiénes, pero pedí ayuda, dije que ya no podía. A los dos días regresé a Saltillo y al año y medio llegué al grupo de Alcohólicos Anónimos. Jamás pensé en buscar terapia profesional porque no creía en mí, esos mismos sentimientos eran parte del problema; yo estaba convencido de que nadie me iba a ayudar”.

No fue hasta que escuchó a gente que vivió y sintió lo mismo que él. “Todo el mundo me quería motivar, no podía ni levantarme de la cama. Llego al grupo y escucho gente con los mismos pensamientos. Nunca quise hacerme daño de forma consciente, creo que no llegué a intentarlo porque me dio miedo de sufrir, si yo lo que quería era ya no sentir dolor”.

Eduardo narra que en 6 meses de recuperación y siguiendo el programa de AA de forma adecuada, pudo minimizar esos pensamientos, pero la comunicación, la terapia grupal y el externar sus problemas fue crucial: “Cambié en mi interior y pude aceptar las cosas de afuera, porque en ese lapso de tiempo afuera todo seguía igual, pero yo tuve que hablar de todo, hasta los secretos más profundos porque me hacían daño. Tuve que aprender a confiar”.

En los grupos, Eduardo señala que por primera vez le preguntaron qué quería hacer él y apoyado de sus propias experiencias se convirtió en padrino: “No sé lo que es ponerse una soga en el cuello, pero sí entiendo lo que se puede sentir en ese momento. Creo que si no hubiera vivido lo que viví y lo que sentí, entonces no podría ayudar a los demás sin juzgarlos. Considero que lo más importante en una persona que ha vivido lo que yo viví, en el momento en que la juzgas, se rompe todo”.

Varios años le tomó a Eduardo llegar a la tranquilidad mental que ahora posee para escuchar historias similares a la suya. Aunque sigue sintiendo tristeza y coraje, indica que puede identificarlas fácilmente, además de hacer la paz con la idea de que no tiene que estar alegre todo el tiempo: “Creo que es imposible”.

Actualmente, Eduardo es repartidor por aplicación en Saltillo y su motocicleta, además de fuente de trabajo, es uno de sus pasatiempos favoritos, viviendo de forma tranquila y sencilla, como él siempre quiso. Por otro lado, pese a la sanación, sí teme que el sentimiento vuelva, pues el fallecimiento de su madre sería “lo único que me haría sentirme así”.

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No sé qué es, es un mal. Pero tengo la seguridad de que va a ser diferente porque ahora sí podré hablar, sé que voy a estar bien con el simple hecho de platicarlo como es. Pero, ¿tengo miedo? Sí, a volver a sentir eso, porque es un dolor muy fuerte, es algo que no debería vivirlo nadie”.

Los lazos que nos unen

María, de 46 años, afrontó distintas dificultades a lo largo de su vida. Desde abuso físico, emocional y sexual en el seno familiar, hasta años después en sus relaciones. El concepto de “querer morirse” llegó a su mente a los 5 años: “Creo que el entorno en el que fui engendrada y nací, mi infancia, fue de mucha melancolía y rechazo”, advierte.

Además de la presencia del alcohol en casa, ella narra que desde muy pequeña percibió el entorno violento donde habitaba; la exposición fue “un quiebre” en su desarrollo, algo que puede comprender y explicar con facilidad porque, actualmente, es sicóloga.

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No es normal que, a los 5 años, ya sea una niña muy ansiosa. Todo eso fue provocado en mí. A esa edad mi sueño se distorsionó, ya no dormía bien. Me despertaba en las noches, orinaba en la cama y buscaba salir de mi hogar para huir de la violencia”, dice.

Para María ingresar al kínder era una esperanza de abandonar su casa, sin embargo, las circunstancias económicas no lo permitieron, siendo ella y 9 hermanos más en su vivienda, de donde empezó a salirse a mitad de la noche, con el sueño de no volver nunca. Desarrolló también un miedo a la oscuridad que, hasta el día de hoy,
persiste.

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Cerca había una noria, yo siempre la rodeaba y miraba hacia el fondo, veía que no tenía fin, siempre estaba el pensamiento ‘¿y si me aviento?’, pero me daba miedo sentir dolor. Un día salí ya con la idea. ‘Ya me voy’. Unos vecinos me vieron que iba y dijeron que andaba sonámbula, pero yo estaba totalmente despierta. Cuando me entregaron en brazos de mi madre sentí su vergüenza, no su angustia”.

Años más tarde, después de cumplir los 8 años, María sufrió abusos por parte de un familiar, dejando en ella un impacto sicológico grave, somatizando sus emociones a través de llagas en el cuerpo, esto y su situación económica volviéndola además víctima de bullying en la escuela; una vez más, contempló la idea pero, a pesar del dolor, María agrega que no culpa a nadie en su casa, pues así “eran las familias de antes”.

Por ello, siempre buscó fuera de casa la protección que le hacía falta, sin embargo, su primer noviazgo se tornó también violento, ella con 12 años y él con 15: “A esa edad no tienes la suficiente madurez para nada de eso, pero vivir en la casa ya era insoportable. En mí ya se había instalado una insatisfacción a vivir y estaba buscando a quien me rescatara”.

La relación no duró mucho, pero la sensación de vacío y desesperanza volvió. Una vez más, en el mismo techo, María no dudó y se lanzó al vacío… Pero nada pasó, siquiera una fractura, pero la atención que le dieron sus padres después del incidente fue suficiente y, aunque sus padres buscaron desarrollar las habilidades artísticas de María, como el arte y el canto, ella asegura que sólo se dedicó “a sobrevivir”.

Con el paso del tiempo, María volvió a buscar quién la “salvara”, sin embargo, el entorno hostil persiste, pero esta vez un bebé fue el fruto de la relación, cuando María tenía 17 años. Ahora, aunque anteriormente quería salirse de su casa en un principio, al verse obligada a casarse, ella indica que hubiera preferido quedarse en su hogar porque, a los días de la boda, en su matrimonio hubo violencia y la presencia constante del alcohol, aunado a la depresión posparto.

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Pensé en morirme, e incluso en llevarme a mi hijo conmigo. No había satisfacción en nada, ni siquiera siendo mamá”, revela. Un año más tarde, María da a luz a un segundo bebé, ahora a una hija, también dentro de un entorno de violencia: “Había mucha neurosis, violencia física, verbal, yo me preguntaba por qué iba a ser mamá de nuevo, si no sabía lo que es y ni siquiera quería serlo”. 

Entre cambios de hogar y violencia en todos los entornos, a la problemática se sumó el consumo de drogas: “Yo probé el alcohol a los 12 años, una cerveza, y luego hasta los 22 años, pero una botella de ron completa”; a esa misma edad, indica probar también con estupefacientes, desarrollando una adicción. 

Pese a los pocos lazos que María asegura mantener con su familia, el fallecimiento de su padre le afectó, llevándola una vez más a contemplar la idea, abrumada por las circunstancias de su vida y afrontando más soledad.

El escenario seguía igual un año más tarde. María relata que, por primera vez en ese tiempo, comprendió un detalle muy importante: “Soy mamá, soy esposa, soy drogadicta. Tengo a mis padres a unas calles y no puedo ir con ellos. Veo a mis hijos dormidos y no puedo ser mamá”. Afuera de su patio, en la oscuridad de la noche, María volvió a intentarlo.

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En eso, salió mi hijo al patio y me gritó: ‘¡Mami!’, atrás de él, su hermana, y la cuerda se soltó. Los dos corrieron conmigo y me abrazaron, y yo a ellos. Ahí fue donde entendí que necesitaba ayuda, pero no puedo decirte que en ese rato se me quitaron las ganas de morirme”, cuenta, agregando que, minutos después, se fue a acostar junto con los menores, no sin antes pensar que “no podía ser mamá de mis hijos”.

La adicción fue tan grave que María decidió anexarse donde pasó tres meses internada alejada de sus hijos, a quienes comenzó a ver como un faro de luz. Empero, los años subconsiguientes, asegura, han sido de prueba y error; con el paso del tiempo, llegó la inminente separación, el divorcio y la sanación de todas las partes involucradas.

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Creo que me enfoqué en estar abstinente de las drogas, y no fue hasta apenas hace cinco años que comencé realmente a trabajar en las emociones, porque todo este tiempo me ha costado mucho hablar”; María indica que la ideación suicida nunca se ha ido, y el temor incluso alcanzó a su hija, quien intentaría quitarse la vida años más tarde.

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En mi enfermedad, lo primero que pensé: ‘Si me la hubiera llevado conmigo, no hubiera tenido que pasar por nada malo’. Desde ese día, tengo un temor muy grande. Hoy no me quiero quitar la vida, pero cada noche pienso en mi hija. ‘¿Y si está muerta allá arriba, en su cuarto?’. Es un temor que nunca se va, y aunque hoy despierto con la energía que siempre he querido para desarrollar todas mis habilidades, y tengo a quién platicarle todo lo que siento… Ese día fue como regresar el tiempo y querer hacerlo yo también”.

María, ahora licenciada en sicología y docente de profesión, señala que ya no piensa en drogas y en alcohol, simplemente observando las circunstancias en las que creció. Reconoce el abuso del que fue víctima, sabe que el ser mamá joven le jugó en contra dentro de un entorno violento, al mismo tiempo que lidia con las secuelas que estas vivencias dejaron en sus hijos.

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Tener una hija con depresión crónica y ansiedad, que también haya intentado quitarse la vida, no es un retroceso, más bien hacen que continúe en este proceso. Para mí el antídoto a este tipo de situaciones es hablar. Rodearte de personas que realmente pueden acompañarte en tu recuperación. Creo que eso es lo único que te puede salvar de querer morirte todos los días”.

El papel de la sociedad

En cuanto a la demanda de atención por intento suicida, la Conasama observó que, de enero y septiembre 329 personas (97 hombres y 232 mujeres) acudieron a alguno de los servicios de salud del país por dicho motivo, advirtiendo que algunos estados no reportaron la información precisa, por lo que la cifra podría ser mayor:

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Hemos hablado mucho del qué se tiene que hacer, pero no profundizado en el porqué las personas llevan a cabo estas conductas, y en cómo abordar la problemática”, externa Marycruz Sandoval, sicóloga diplomante en Terapia de Aceptación y Compromiso y con experiencia en terapia cognitivo-conductual.

Las personas no buscan simplemente terminar con su vida, asegura, sino “darle fin al dolor emocional, o incluso físico, que no surge siempre en aislamiento, sino como resultado de múltiples factores presentes en su entorno”.

Las cadenas por romper

Además del acompañamiento sicológico, Sandoval subraya que la derivación a especialistas en siquiatría, o en otras ramas de la salud, es crucial para un tratamiento integral, pero reconoce las barreras:

El colectivo Cero Desabasto, desde finales del 2022, registró un incremento alarmante en los reportes de falta de acceso a medicamentos siquiátricos en su plataforma, ocupando el primer lugar en 2022 y 2023 con más de 760 reportes en los dos años.

La sicóloga agrega que hay una carencia de especialistas y que no se da de forma aislada, precisamente, interviene la falta de recursos que estos enfrentan al buscar actualizarse: “Desde lo público no hay especialidades ni maestrías que estén basadas en la evidencia científica, y esas carencias nos rebasan a todos”.

Sandoval indica que la ideación suicida abarca un amplio panorama que no sólo compete a especialistas ni a familiares de pacientes, sino a la sociedad como comunidad para intervenir en las prácticas que perpetuan su estigma.

Cultura de la alta exigencia

Entre los factores que detonan la ideación suicida, Marycruz Sandoval destaca la cultura laboral de alta exigencia y el crecimiento urbano acelerado, que privilegia la vivienda y el comercio por encima de los espacios públicos:

Esto, explica, contribuye a un estilo de vida en entornos densamente poblados, pero con escasas oportunidades para construir vínculos profundos y significativos con otras personas.

Asimismo, el acceso limitado a recursos médicos y personal actualizado en la evidencia científica.

¿Necesitas apoyo? 

No dudes en buscarlo:

Emergencias911

Cesame 844 415 0763 

Línea de Vida (estatal) 00 82 3737

Línea de Vida (federal) 800 911 2000

DIF Coahuila 844 417 2555

Psicología UAdeC 844 314 1440

 

 

 

Con información de Liz Hernández

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