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La aristocracia del Bienestar

Por Carlos Loret de Mola

Hace 1 año

Cuando llevaba unos cuantos meses en el Gobierno, el entonces Presidente de México, Andrés Manuel López Obrador recibió en Palacio Nacional a uno de sus más relevantes secretarios de Estado.

AMLO no se imaginó el tema que traía en agenda su estratégico funcionario. Llegó a denunciar lo que estaban haciendo dos de los más íntimos colaboradores del Presidente: su jefe de Oficina y su secretario particular.

Sobre Alfonso Romo, jefe de la Oficina de la Presidencia de AMLO, el Mandatario escuchó y anotó las denuncias. No le sorprendieron. Se ve que ya las había escuchado por ahí: conflictos de interés, negocios a la sombra del poder.

Sobre Alejandro Esquer, su secretario particular, el alto funcionario le relató transas, presiones, irregularidades, cochupos. Un cochinero de verdad. López Obrador sonrió y restándole toda importancia al tema, soltó: “ya le tocaba”.

¿Ya le tocaba? Sí. Ya le tocaba estar en una posición de poder y hacerse de una lana. Ya le tocaba no que le dieran, sino que lo pusieran donde hay. Ya le tocaba que le hiciera justicia la Revolución. Ya le tocaba poder meterle mano al presupuesto.

Esta anécdota la contó el propio secretario de Estado involucrado. Revela de manera diáfana la permisividad del Presidente para la corrupción de los suyos. Les bajaba los sueldos oficiales, pero les permitía compensar con entradas ilegales. Les quitaba prestaciones, pero les daba manga ancha para hacerse de otras fuentes de ingreso.

Y todos aprovecharon. López Obrador pareció entender que mientras él guardara la apariencia de pobre, todos los demás podrían enriquecerse… y así a él nunca le faltaría nada.

Sus hijos manejaron contratos de miles de millones de pesos, sus hermanos Pío y Martín recibían mensualmente sobres con 400 mil pesos en efectivo, su hermano Pepín compró 13 ranchos, su prima Felipa se llevó 400 millones de Pemex, Alejandro Esquer fue captado en video haciendo un carrousel de cash para evadir al fisco y a la UIF formándose repetidamente en la misma sucursal bancaria con tal de hacer depósitos de a poquito en poquito. Los que no repartieron contratos a sus amigos se compraron casas en México y el extranjero. Ropa de lujo, viajes, cuentas, propiedades, un montón de propiedades.

Todo fue celosamente escondido en un clóset que estaba prohibido abrir. Podías tener, pero no mostrar. De eso se encargaba Andrés Manuel: de que el clóset, por lleno que estuviera, fuera capaz de contener adentro todos los cadáveres.

Así se creó una nueva aristocracia del Bienestar. Una extendida élite de morenistas que disfrutan de excesos y lujos que no se pueden financiar con sus recortados sueldos oficiales.

Hasta que se fue el guardián del clóset. Se escondió en su rancho y entonces se agotó la necesidad de guardar las apariencias. Hoy estamos atestiguando el desfile de los excesos. Es una confesión al día: un avión privado, unas vacaciones, un guardarropa, un cuadro, un shopping, una casa, un departamento, un rancho.

En Morena llueven los lujos. “Ya les tocaba”.

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