Queridas personas lectoras:
Hace un año, en este mismo espacio, reflexionamos sobre el derecho a decidir qué cosas y personas son importantes para nosotras y nosotros. Hablábamos de equilibrio, de coordinación y de esa “paz interior” que se logra cuando nuestras relaciones son recíprocas.
En aquella ocasión, les propuse un ejercicio para revisar si sus vínculos (en particular los de amistad o de pareja) eran equilibrados. Les invité a reflexionar si, por ejemplo, daban más de lo que recibían, si eran la persona que siempre renunciaba a sus deseos con tal de complacer a los demás o si sentían que había personas que no les daban la misma importancia que ustedes les otorgaban.
Este último punto es crucial: no solo tenemos el derecho de elegir quien es importante en nuestras vidas, sino que también tenemos el derecho fundamental a que nuestra importancia y valor sean reconocidos. Y, quizás, muchas veces esto no sucede, ¿verdad?
A veces, por un fuerte sentido de humildad o por el miedo a parecer egoístas, olvidamos que también merecemos reconocimiento; no necesariamente por haber hecho algo extraordinario, sino simplemente por lo que somos. No debería ser necesario un esfuerzo extenuante y sin tregua para que las demás personas reconozcan nuestro valor.
Hace unas semanas, en un encuentro de reflexión, realizamos un ejercicio que me pareció muy revelador y que quiero compartirles. Imaginemos nuestras relaciones a través de un semáforo emocional: como los semáforos que regulan el tráfico, hay una luz verde, amarilla y roja.
Bajo la luz verde, colocaríamos a las personas que nos hacen sentir bien, que nos nutren y, sobre todo, que nos ven. Son aquellos vínculos donde el valor es mutuo y no hace falta vivir en una tensión permanente tratando de demostrar algo. Con estas personas, cada persona puede ser ella misma.
En las relaciones con luz amarilla podríamos poner las relaciones en las que estamos en alerta. Quizás sean espacios que nos hacen sentir bajo crítica y cuestionamiento, y donde nuestro valor personal está en un estado de constante escrutinio.
Finalmente, bajo la luz roja, residen todas aquellas personas, relaciones y situaciones que nos hacen sentir mal, por desprecio e inclusive, en algunos casos, odio. Como el rojo indica un alto total para los vehículos, esta luz indicaría un lugar donde nuestra importancia se anula.
Estar en vínculos donde nuestro valor es reconocido no es un lujo ni un privilegio; sino que es una necesidad. Si no nos ven ni nos reconocen como personas valiosas, el equilibrio se rompe: en una relación “horizontal”, la reciprocidad es el pilar de la calma; si esta falta, el vínculo se destruye.
Si decidimos permanecer en relaciones donde nuestro valor no es correspondido con la misma medida con la que nosotros valoramos a la otra persona, somos las y los primeros en fallar ese autorreconocimiento.
Porque, ¿adivinen qué? La decisión de avanzar hacia donde realmente nos valoren es siempre nuestra.
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