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Coahuila

El enfermero y la poeta

Por Gerardo Hernández

Hace 8 meses

El Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) es visto con el mismo terror y repulsión que infundía la Policía Secreta de la Alemania nazi. No todos estaban a favor del régimen e incluso muchos de quienes al principio lo apoyaron al final abominaron de él por sus atrocidades y la insania de sus líderes. Hoy sucede lo mismo al norte del río Bravo. El presidente Donald Trump —ya se dijo— no le ha disparado a nadie; fue él quien recibió un tiro en la oreja derecha durante un mitin, el 13 de julio de 2024. Uno de los asistentes falleció y dos fueron heridos de gravedad. Thomas Matthew Crooks (21 años), autor del ataque, fue abatido en el mismo lugar. Militaba en el Partido Republicano.

Barack Obama y su esposa condenaron la agresión y se solidarizaron: “No hay cabida para la violencia política en nuestra democracia. Aunque aún no sabemos exactamente qué ocurrió, todos deberíamos sentirnos aliviados de que el expresidente Trump no haya resultado gravemente herido y aprovechar este momento para renovar nuestro compromiso con la civilidad y el respeto en nuestra política. Michelle y yo le deseamos una pronta recuperación”, publicó el mismo día el expresidente en su cuenta de X. Frente al comedimiento de Obama, la ira patológica del nuevo Nerón.

Tres meses después del atentado contra Trump, en Pensilvania, Charlie James Kirk, activista ultraconservador y uno de sus mayores aliados, murió de un disparo en el cuello mientras celebrara uno de sus encuentros con jóvenes en la Universidad del Valle de Utah. Trump dirigió su inquina contra la “izquierda radical” por equiparar “a estadunidenses estupendos con los nazis y los peores criminales del mundo”. Antes había pedido, a su país y a los medios de comunicación, “afrontar el hecho de que la violencia y la muerte son la trágica consecuencia de caracterizar como si fueran el demonio a aquellos con los que se discrepa día tras día, año tras año, de la manera más odiosa y despreciable posible”.

El ICE cumple, bajo ese mismo influjo, la tarea deleznable de cubrir las cuotas de detenciones impuestas por sus jefes, tal como lo hacía la Gestapo. Los predecesores de Trump deportaron a millones y separaron familias, pero jamás llegaron a los extremos que ahora vemos ni levantaron olas de indignación entre sus conciudadanos. El Presidente no le dispara a los migrantes, de eso se encarga el ICE. La maquinaria mata a sangre fría incluso a su propia gente. El 24 de enero, Alex Jeffrey Pretti, enfermero y veterano de guerra de 37 años, fue acribillado por grabar un operativo del ICE, cuando ya estaba caído. Stephen Miller, subjefe de gabinete de Trump, calificó a la víctima de “aspirante a asesino” por llevar un arma (tenía licencia de portación) que nunca empuñó.

Días atrás, el 7 de enero, otro agente del ICE asesinó a Renee Nicole Good, poeta de 37 años y madre de familia, también en Mineápolis. Le dispararon dentro de su vehículo mientras grababa un video con su móvil. Kristi Noem, secretaria de Seguridad Nacional, la llamó “izquierdista trastornada”. Si en otro tiempo la población negra salió a las calles para defender sus derechos, apoyada por estadunidenses blancos, hoy son los latinos quienes concitan el respaldo de una sociedad horrorizada por el trato que reciben. Trump se ha mostrado tal cual es ante su pueblo. Al quitarle la venda de los ojos le recuerda su historia, enfatiza su realidad pluriétnica y conciencia a la mayoría, no fanatizada, de la importancia de reflexionar su voto para el 6 de noviembre.

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