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Hijos de Sánchez

Por ATL DEL DESIERTO

Hace 1 mes

Oscar Lewis vivió en el área de CDMX allá por los años 60 y nos regaló, como nación, un estudio antropológico del mexicano. Las dos obras más importantes fueron: Antropología de la pobreza y Los hijos de Sánchez.

Diferentes opiniones y pasiones se generaron por ambas obras, pero desgraciadamente muy pocos se detuvieron a leer y pensar su contenido.

En todo estudio sobre el comportamiento, no hay “mejor que ni peor que”, solo se describen las diferencias; el lector tiene la facultad de digerir o cambiar lo descrito, o seguir adelante.

Lewis describe minuciosamente el alto ingrediente que ocupa la miseria en la cultura mexicana. En Antropología de la pobreza, describe la vida diaria en diferentes niveles económicos, lo que al lector lo lleva a ver que la miseria ocupa en todos un lugar preponderante en sus comportamientos.

Las prioridades en el gasto o el ahorro, la actitud cuando se tiene dinero y muchas otras reflejan esa falta de sabiduría que muchos esperarían que se consiguiera; pero es justo mencionar que tampoco esos poderosos tienen obligación de actuar para ser admirados.

En la historia de las grandes fortunas, casi siempre aparece la imagen del escalador social o trepador, quien, tras haberse integrado a la familia por matrimonio, le toca educar a la descendencia. Muchas veces influye en el comportamiento y, a veces, acaba saboteando la fortuna del heredero. Adivinamos muchos complejos adquiridos por el hijo del gran rico, pero también hacen que adopte actitudes que aprovechan sus allegados para abusar, silenciosamente, de él, algo que algunas veces los lleva al fracaso.

En el ambiente del rico, ocupa un lugar notable su círculo social, con comportamiento equivalente a las rémoras, quienes tienden a exagerar las actitudes del rico, actuando como si ellos fueran, cuando menos, igualmente afortunados.

El veneno o droga que ronda ese ambiente es el glamour, una competencia no declarada entre gente que siente necesidad de mostrar su triunfo o superioridad y cae en la trampa de pagar excesivamente por detalles que lo hagan ver superior.

(En la crítica de fines del siglo 19, en Ciudad de México, a ellos se referían con el mote de “fifis”, emulando al perrito faldero que tiende a ser muy sangrón).

En niveles medianos, muchos de esos bizarros comportamientos los encontramos en los funcionarios, tanto de la iniciativa privada como del gobierno, que cambian sus preferencias a situaciones más elegantes, no solo en la vestimenta, claro, en los vehículos y en lo que beben o comen (respetable cuando algo les gusta, pero irrisorio cuando solo es un desplante), y claro, coronan adquiriendo propiedades a las que, un periodo antes, solo aspiraban acceder a limpiarlas o hacer alguna reparación (o vandalizar o saquear, cumpliendo con la historia de México).

Una película de Stanley Kubrick, allá por el 80, la cual me extraña que raramente mencionan, es: “Barry Lyndon”, la historia de un oportunista quien, tras rebotes, escala en la sociedad; al estar en el mando, atenta contra la riqueza de su familia política, hasta que se le agota la suerte y acaba en la inopia.

Ambas obras me recuerdan a varios personajes de la política que pretenden haber superado esa distancia entre la sopa de fideo y el abolengo.

 

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