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Publicado el martes, 31 de marzo del 2026 a las 11:47
Ciudad de México.- En un acto de bibliomancia, a petición de este diario, Juan Villoro busca en Los héroes numerados, su más reciente libro, un augurio para la próxima justa mundialista.
Abre al azar el volumen y la práctica adivinatoria -a la manera de las Suertes de Virgilio, que se jugaban en la Edad Media con un ejemplar de la Eneida- lo conduce a una de las páginas que dedica a Andrés Iniesta, “el genio incalculable”. En específico, al párrafo donde habla de la enxaneta, el más pequeño de la tribu coronando la torre humana en las fiestas populares de Cataluña.
“Yo creo que es una buena imagen de los jugadores frágiles que, sin embargo, son decisivos”, dice en entrevista Villoro, a propósito del habilidoso canterano de Fuentealbilla que fuera esencial para el Barça de Pep Guardiola y para la propia Selección de España que se coronó campeona del mundo en 2010.
“Entonces, creo que eso expresa mucho la fuerza de la fragilidad, y el fútbol tiene, para mí, esa grandeza. Ahora, México es un bastión de la fragilidad. Ojalá surgieran jugadores como Iniesta”, añade el escritor y periodista, transfigurando el vaticinio en anhelo.
El sábado se encontraba en Estados Unidos, de visita en la Universidad de Harvard. Desde allá vio el duelo amistoso entre México y Portugal con que fue reinaugurado el otrora Estadio Azteca; “partido flojo, pero gran público, como siempre”.
“Una metáfora de lo que es el fútbol nacional, donde el público hace más esfuerzo que los jugadores”, apunta.
Es ahí, en la “tremenda discrepancia entre la pasión nacional y los magros resultados en el campo”, donde está lo que el autor de títulos como Dios es redondo (2006) y Balón dividido (2014) -nuevamente puestos en circulación por Grupo Planeta- puede anticipar con mayor seguridad de cara a la próxima Copa Mundial de Futbol, que arranca en México.
“Tenemos una de las selecciones que más ha participado en los mundiales junto a otras que han sido varias veces campeonas del mundo; hemos cosechado récords negativos, desde la primera derrota en un Mundial hasta la mayor cantidad de goles en contra. En México, la pasión futbolística tiene que ver con una extraordinaria capacidad de autoengaño, que no necesariamente es negativa porque nos permite lo más importante del fútbol, que es celebrarnos a nosotros mismos.
“La maravilla de estar juntos hace que el fútbol se convierta en un tenue pretexto para la verdadera fiesta, que es vernos a nosotros, hacer la ola, compartir tortas en las tribunas, lanzar gritos de ingenio, etcétera. Entonces, creo que en este Mundial una vez más ocurrirá lo que ha pasado tantas veces en el fútbol desde que yo escribo de él, que sería desde 1990″.
Su debut en tal cancha, en realidad, ocurrió unos años antes, en 1978, con la publicación del cuento El mariscal de campo en el suplemento deportivo del Unomásuno, que le celebró Augusto Monterroso, su maestro. Pero no fue sino hasta el 90 que acudió al Mundial de Italia como colaborador del periódico El Nacional y escribió Los once de la tribu, matriz de todas sus crónicas de futbol.
“Cuando los héroes numerados saltan a la cancha, lo que está en juego ya no es un deporte. Alineados en el círculo central, los elegidos saludan a su gente. Sólo entonces se comprende la fascinación atávica del futbol. Son los nuestros. Los once de la tribu”, plasmó Villoro en un texto del que ahora presenta una actualización.
“Ahí yo quise sintetizar lo que consideraba que era el secreto que estaba detrás del juego, la flama oculta que anima la pasión futbolística. Me pareció interesante actualizar ese texto”, cuenta el autor, cuyo nuevo lanzamiento se aboca a componentes fundamentales de la liturgia pambolera, como la afición, la camiseta, el balón, las celebraciones y hasta los cronistas.
Es precisamente en los mundiales, observa Villoro, cuando tal sentido de pertenencia cristaliza con la ilusión de formar parte de una comunidad que nos trasciende. En esta ocasión, no obstante, aquello está siendo rebasado tanto por la desoladora situación política actual como por la desmesurada especulación económica de la FIFA.
De modo que no es ninguna sorpresa que, a casi 70 días de que arranque el torneo de un deporte que “se promueve o se desacredita solo“, palabras de Villoro, el asco pareciera ir ganando por goleada sobre el gozo.
Más bien, el mundo actual no debió ser como es.
En la Grecia clásica, las Olimpiadas representaban una tregua sagrada; todos los conflictos que hubiera en ese momento se suspendían para que pudiera haber competencias. Hoy en día no habrá tregua de ningún tipo.
La geopolítica revela que estamos en un mundo roto, en donde hay situaciones tan contradictorias como la de que Estados Unidos (coanfitrión del torneo junto con México y Canadá) bombardea Irán, y al mismo tiempo invita a su selección a jugar en su territorio. Es un mundo de delirio () El mundo está mal y, realmente, no merece un Mundial.
***
Villoro tenía 9 años cuando sus padres se divorciaron, y de pronto su papá, el filósofo Luis Villoro, tuvo que idear qué hacer con él los domingos.
“Me llevó al fútbol, y me fascinó”, recuerda el también editorialista de Grupo REFORMA.
“El lugar donde yo vi más veces a mi padre en toda mi vida fue un estadio de fútbol, primero el Olímpico Universitario, luego el Estadio Azteca”.
El autor de Creer, saber, conocer (1982) e investigador del Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM, rememora su hijo, era puma por razones universitarias; “había apoyado al equipo Asturias antes, pero cuando surgieron los Pumas, que pasaron de Segunda División a Primera, ya se quedó con ellos”, dice sobre quien, ante todo, siempre fue un “académico crónico”.
“Cuando salían los rivales al campo y la gente los abucheaba, mi padre se levantaba en las tribunas enardecido y decía: ‘¿Pero por qué los abuchean si son nuestros invitados? ¿Qué sería de nosotros si no tuviéramos rivales? ¡Aprecien ustedes la grandeza de tener un oponente! ¡Es la dialéctica de los contrarios!’.
“Gritaba como loco, y la gente le hacía caso: empezaba a aplaudir sólo para que se callara y pensando que se trataba de un perturbado, porque la Filosofía puede parecer una perturbación para muchas personas. Pero él era filósofo de tiempo completo, entonces pensaba así; a mí me daba mucha vergüenza que gritara de esa manera, pero él estaba metido en su personaje de filósofo”.
Ya entrado en la adolescencia, el futuro escritor de conocida afición por el Necaxa comenzó a frecuentar los juegos con amigos, y su padre dejó de asistir.
“(A la postre) entendí que él no había ido al estadio por ser fanático, como yo pensaba, sino por ser padre, para estar conmigo, lo cual era todavía más valioso. Y eso explica, sin necesidad de psicoanálisis, mi pasión emocional por el fútbol, porque ahí vuelvo a estar con mi padre”.
A la pregunta sobre si alguna vez sintió esa “comezón del juego”, el deseo de dedicarse profesionalmente a la sphaeromachia -latinismo acuñado por el Vaticano para referirse al balompié, según cuenta el autor-, Villoro responde, franco: “No, porque una de las maravillas del ejercicio físico es que te demuestra muy rápidamente cuáles son tus límites”.
“Cuando tú te dedicas a la poesía, nunca sabes qué tan cerca o qué tan lejos estás de César Vallejo; es un enigma, y puedes pensar que a lo mejor serás un genio descubierto en el futuro. Pero en los ejercicios físicos es muy fácil saber quién te supera”.
Si bien dice haber sido “un muy esforzado jugador” desde sus años en Pumitas hasta Pumas categoría juvenil AA, admite que su principal aliciente era pasar el tiempo con sus amigos.
“La mayoría de las cosas que he hecho en la vida han sido para poder platicar. Eso lo descubrí mucho tiempo después y, bueno, estos libros son una manera de continuar esa conversación”, confía, y acaso tan celebrado ejercicio pueda inscribirse en ese “tercer tiempo que sólo se juega con palabras”, como ha descrito.
“El fútbol sería mucho más aburrido si no pudiéramos comentarlo”, sostiene. “Somos criaturas que nos comunicamos, y para mí el fútbol fue una escuela narrativa porque en sí mismo es un relato, y acompañado por las palabras vale mucho más”.
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En un insospechado -aunque no exactamente sorpresivo- cambio de juego, la vida de Villoro terminó desembocando al lado de una capitana que anota “goles de museo a balón parado”, como él mismo escribe de Sofía, su compañera desde hace casi una década.
“Cuando yo la conocí, fue una cosa maravillosa porque me dio un aventón desde el Centro de la Ciudad hasta Coyoacán, donde los dos vivíamos. Yo no sabía nada de ella, y me encontré con la sorpresa de que en el asiento del copiloto había un balón”, relata Villoro.
“Una tarde de lluvia tuve la suerte de subir a un coche en el que encontré un objeto profético. El balón estaba ahí desde antes de que yo llegara, pero el amor se alimenta de ilusiones y sentí que Sofía me había dado un pase”, eterniza en la última parte de Los héroes numerados, que cierra con la lupa puesta en las mujeres y la importante transformación del futbol que ellas protagonizan.
Nutren esas páginas episodios de prohibición y desigualdad, así como el histórico Mundial Femenil que México albergó en 1971, y en cuya abarrotada final en el Azteca un joven Villoro de 15 años fue uno de esos 112 mil 500 espectadores colmando las tribunas.
Destaca en tal apartado la conversación que el autor mantuviera con Marion Reimers en medio del significativo momento de maduración personal que atravesaba entonces la periodista deportiva; “se estaba replanteando toda su vida, un momento de examen de conciencia“, refiere el autor.
“Estamos ante una persona sumamente reflexiva y muy valiente para analizarse a sí misma () Ha roto muchos tabúes en una sociedad terriblemente machista, y ha pagado un precio demasiado alto. La han amenazado de muerte. Es una cosa terrible lo que ha sucedido con ella; he podido hablar con el abogado que llevó su caso por los ataques que ha recibido en redes.
“Y, realmente, es totalmente absurdo que una persona que está ofreciendo enriquecer el fútbol a partir de la inteligencia y de otro punto de vista reciba estos comentarios tan primitivos y tan discriminatorios. Entonces, creo que ahí hay una señal importante de decir: Este es el futuro del fútbol, y ella ya lo representa”, opina.
Habla ella, en algún momento, de gente “devorada por su personaje”. ¿Se ha sentido devorado por este personaje de escritor de futbol?
Un poco, sí. Mira. nadie es dueño de sus palabras. Hay una frase que a mí me gusta mucho, que se atribuye al crítico austriaco Karl Kraus: “Quien calla una palabra es su dueño, quien la pronuncia es su esclavo”. Tú dices algo, y lo que dices te compromete.
Entonces, nunca sabes qué cosas de las que tú escribes van a tener cierto impacto. Yo jamás hubiera pensado que iba a ser relacionado con el fútbol como escritor. O sea, esto para mí ha sido una afición paralela () no es lo principal que hago. Y, sin embargo, pues ha tenido una resonancia que me sorprende y que, sí, por momentos me siento retratado como en esta portada de Yo soy Fontanarrosa, como escritor futbolero.
Se refiere a la edición que el Fondo de Cultura Económica publicara de dicho cuento suyo en la colección Vientos del Pueblo, donde el ilustrador Ricardo Peláez -accidental homónimo del conocido americanista- lo retrató uniformado y con un balón como grillete.
“Entonces, ni modo, esa etiqueta sucede. Tú escribes una novela muy profunda, y a lo mejor lo que la gente quiere saber de ti es que le vas al Necaxa”, enuncia, resumiendo su sentir en una máxima: “Nadie es dueño de su destino y la reputación es un malentendido”, o en un hecho: “Hay presentaciones en las que firmo más camisetas y balones que libros, lo cual es una derrota de mi escritura, pero un triunfo de la pasión”.
Entre los planes que tiene para el Mundial, Villoro de nuevo escribirá una correspondencia de futbol con el periodista y escritor argentino Martín Caparrós para el diario El País, del mismo modo que hicieran en 2010 y luego en 2022.
“Me da mucho gusto, es un gran amigo. Y, además, en este Mundial no sufriré tanto porque todo indica que no habrá un partido México contra Argentina, porque varias veces nos ha pasado eso y, naturalmente, Martín se burla de mí con toda la pasión de la que es capaz”.
Los héroes numerados, bajo el sello de Seix Barral, se encuentra ya en las estanterías del País, así como en formato electrónico.
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