Arte

Publicado el miércoles, 22 de abril del 2026 a las 04:02
Ciudad de México.-La obra de la pintora María Sada (Monterrey, 1954) viró hacia la naturaleza tras visitar el jardín de Edward James, en Xilitla, San Luis Potosí. Experimentó lo que el escritor francés Romain Rolland llamó una “sensación oceánica”.
Hasta aquel 1993, la figura humana predominaba en su pintura como respuesta a la necesidad de entenderse a sí misma y al ser humano, pero la visita a la huasteca potosina lo cambió todo.
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Me sentí muy muy conmovida”, dice en entrevista. “Es algo que no puedes explicar, te sientes muy dentro de esa naturaleza, no como el humano ser superior, sino una parte (de esa naturaleza)”.
Rolland hablaba de una “conexión espiritual o existencial con la inmensidad del mundo exterior”, refiere la artista de la Ciudad de México.
Aquel primer paisaje incitó su curiosidad, recorrió reservas de la biósfera, como El Triunfo, en Chiapas, y a partir de ahí se ha dedicado a pintar la selva y el bosque tropical, las plantas y, en ocasiones, flores.
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Pinto la selva porque es el estado más puro y abrumador del orden natural”, expresó la artista al inaugurar hace unos días Memorias de la Tierra en el Centro Cultural San Pablo de la Fundación Alfredo Harp Helú, en la Ciudad de Oaxaca.
Con la curaduría de Héctor Palhares, esta muestra exhibe alrededor de 70 pinturas, hasta el 28 de junio.
Considera sus cuadros con acercamientos de flores y plantas más como retratos que decorativos: “Quiero entender lo que proyecta esa planta, sus formas. ¿Por qué está hecha de esa manera? Es increíble que de una semilla pueda brotar algo de esa complejidad”, dijo.
Comparte con los naturalistas del siglo 19 y sus predecesores el asombro ante los paisajes desconocidos, similar al de los pintores viajeros ante la vegetación exuberante del continente americano.
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