Lento… pero seguro, ante cada día la proliferación de las estéticas unisex (lo mismo para caballero, que para dama), las peluquerías en Saltillo, tienden a desparecer. Al pasar de los años, nuestra juventud se ha acostumbrado a asistir a estos negocios, donde una estilista o un estilista (da lo mismo el sexo o la tendencia), atienden estos negocios, que pronto nos llevarán a recordar con nostalgia a los fígaros de nuestros abuelos y padres, y de nosotros mismos.
Fígaro era barbero, o peluquero, muy diferente a un estilista. Fígaro era un personaje de una barbería de Sevilla, España, pero no era peluquero, sino que limpiaba pelucas y quienes las arreglaban eran los peluqueros, cuyo oficio era además el afeitado y cortar el cabello de la clase media pudiente, también realizaban cirugías menores, hasta que les fue prohibido.
Actualmente, algunas personas por ignorancia fusionan al barbero fígaro con el estilismo y la peluquería, cuando son distintos oficios generando confusión.
Ahora encontrar una peluquería es como magia, pues te encuentras una, cuando menos lo esperas, pero si te propones buscar una, difícilmente la encuentras o está saturada de clientes, o bien, atendida por mujeres y hombres, pues algunos peluqueros se asociaron con estilistas.
Artemio de Valle Arizpe, nuestro Artemio de Saltillo, gran cronista de la Ciudad de México, recordaba que antaño los barberos además de la excelencia de utilizar el peine, tenía la costumbre de rasurar al cliente, obligándole a meterse un hueso de aguacate o una bola de cualquier material en lo cachetes para rasurar la cara, además eran expertos en sacar muelas podridas, hacer sangría, aplicar cataplasmas y corregir huesos desviados o arreglar torceduras. Era necesario, dice don Artemio que los peluqueros de aquella época, pasaran arduos exámenes para poder ser aprobados como expertos en estos vericuetos.
Esos negocios de antes eran verdaderas salas de tortura. Entre el instrumental con que contaban se hallaban tenazas y lancetas de hierro. Eran muy naturales los gritos de dolor de los clientes, pues en el caso de las muelas, eran tratados “al rojo vivo”, sin anestesia. No pasó mucho tiempo en que se prohibieran estas prácticas en las peluquerías mexicanas y del mundo. La extracción de piezas dentales y la reparación de estas quedaron a cargo de los odontólogos profesionales, egresados de las universidades.
Hoy vamos a recordar a un peluquero “de los de antes”, don Fidel Luna, que estableció su negocio en un local de la calle Acuña, al sur de Victoria, y por ende llevaba el nombre de Palacio, por la cercanía con este famoso cine, ya desaparecido, ahora convertido en zapatería
Ahí se desempeñó también, por muchos años, el inolvidable peluquero José Cruz “don Pepe”, en sociedad con Fidel.
Fidel nació en el rancho La Paz, municipio de Galeana, Nuevo León, y decidió buscar fortuna y, a la edad de 16 años, se vino a Saltillo para trabajar como aseador de calzado en la en aquel entonces popular bolería La Única, ubicada en la calle de Aldama, propiedad de don Paz, quien por cierto era agente de Tránsito.
En el año de 1957, entró como ayudante de peluquero y bolero con Elpidio Medellín Pérez, en el local ubicado en las calles de Múzquiz y Centenario. Una vez terminado el aprendizaje, recorrió varias pulquerías, hasta que, en 1974, decidió instalar su propio negocio y para ello invitó a don José de la Cruz y como socios, abrieron un local de la calle Manuel Acuña, primero en la acera oriente bajando la calle de Ramos Arizpe, posteriormente entre el callejón de Jiménez y Victoria.
Entre sus múltiples satisfacciones fue el de atender a gente conocida e importante, como el inolvidable Adrián Rodríguez, economista non, también conocido como “el rey de los manifiestos”, el maestro y director de orquesta Lorenzo Hernández Flores, al gobernador Braulio Fernández Aguirre, a varios de los integrantes de la familia Gutiérrez, al doctor Felipe Calderón Mireles, a infinidad de veteranos de la Revolución y a Juan Pablo Rodríguez, Alcalde de la ciudad, entre otros muchos.
Recuerda Fidel Luna Bustos que en esa bella época el corte de pelo y rasura costaban tres pesos y que don Braulio siempre le dejaba un billete de los azules (50 pesos).
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