Carbonífera
Por
Fabiola Ferrer
Publicado el lunes, 11 de mayo del 2026 a las 04:00
Sabinas, Coahuila.- “Sonríe maestra, eres inspiración para la mirada de muchos niños”.
En exclusiva para Periódico Zócalo la historia de la maestra Beatriz Albeza Rodríguez Moreno, quien comparte la complejidad que existe entre la fusión de la maternidad con la docencia.
“ En mis recuerdos más bonitos de la infancia, está cuando acompañaba a mi mamá, que siempre tuvo notoria habilidad con las manualidades, a decorar el aula de mi tía, que era maestra.
Desde ahí supe que iba a ser maestra, toda la vida quise ser maestra.
Con los años ese sueño se cumplió.
Mi primer trabajo fue en el 2005 en Acuña, en el jardín de niños Apolonio M. Avilés.
En el 2008 debuté como mamá de mi hermosa niña.
Fueron años muy difíciles, porque entre elegir una guardería de una ciudad que recién conocía y dejarla al cuidado de mi mamá, la opción siempre fue mi mamá, nadie me iba a dar la seguridad de su bienestar como me la daba mi mamá.
Pero esa sensación de estar presente en el día a día de muchos niños y faltarle a la tuya, genera un sentimiento de culpa constante.
Así que tomé la decisión de trasladarme a diario de una ciudad a otra.
Así transcurrieron siete años, en los que estuve lo más presente posible para mi hija, pero a la vez me enamoraba cada día más de mi profesión.
Trabajar con niños pequeños es un conjunto de amor, creatividad, paciencia, ternura, que si tienes la vocación te atrapa.
A los siete años de mi hija, nació mi segundo hijo, y con él, la respuesta de Dios para desempeñarme en mi ciudad de origen.
Pero el precio de ejercer una profesión tan noble, es dividirte todo el tiempo.
Te pierdes bailables, desfiles, juntas, cumpleaños en el aula de tus hijos y aunque mi esposo también maestro y mi red de apoyo familiar siempre están para ellos, tu corazón todo el tiempo está dividido, porque los niños de tu aula te necesitan y los niños de tu hogar también te necesitan.
Por eso en estos más de veinte años de ejercicio laboral, mi mayor meta y aprendizaje ha sido tratar a mis pequeños alumnos como quisiera que cualquier maestra y cualquier adulto tratara a mis hijos.
Siempre doy la milla extra, siempre trato de ser para ellos lo que quiero que alguien sea para los míos.
Han sido tantos pequeños que con su fortaleza y sabiduría me han dado las mejores lecciones de vida.
Dios ha sido tan bueno, que hoy me permite tener al más pequeño de mis hijos estudiando en el mismo preescolar para el que trabajo, logrando estar presente como su mamá en todos sus eventos, mientras sigo creciendo como profesional en el trabajo que tanto amo.
Porque lo que más deseo en la vida, es que Yaretzi, Logan y Luka recuerden que su mamá siempre fue esa maestra que deseó todo lo bueno para ellos.
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