Arte

Publicado el viernes, 15 de mayo del 2026 a las 17:49
Ciudad de México.– En un panorama cinematográfico nacional donde el género de terror suele estancarse entre remakes estériles de clásicos o copias asépticas del modelo hollywoodense de exorcismos, emerge una propuesta que busca romper el molde desde las raíces del México profundo. Se trata de El ritual del nahual, el más reciente largometraje del director Carlos Matienzo Serment, estrenado en salas comerciales del país el pasado 7 de mayo.
Inspirada implícitamente en la premisa del filósofo Mircea Eliade —quien sostenía que lo sagrado continúa irrumpiendo en el mundo moderno—, la producción se adentra en la Huasteca potosina para edificar una atmósfera de horror cósmico y comunitario, alejada de los sustos fáciles (jump scares) y las fórmulas de importación.

La trama sigue a un hombre que atraviesa un sendero nocturno y lodoso en la Huasteca. Sin recurrir a monstruos explícitos ni a música estridente, la tensión se construye a través de la fragilidad humana frente a un territorio desconocido. El silencio repentino de los perros, la niebla densa y las deformaciones en la oscuridad sumergen al espectador en una zona donde las leyes del mundo ordinario dejan de funcionar.
El mayor acierto de Matienzo radica en la elección y uso de la locación. La Huasteca potosina deja de ser un mero decorado para convertirse en una entidad espiritual. El monte, las chozas y el silencio nocturno configuran un horror que confronta directamente la psique del espectador urbano, aquel que observa con temor la supervivencia de fuerzas ancestrales con las que aún se convive en la ruralidad.

A diferencia de producciones contemporáneas que abusan del formato de found footage (metraje encontrado) o el falso documental, El ritual del nahual logra deslizarse fuera de los lugares comunes. Si bien el cine anglosajón ha definido el “horror folclórico” reciente con títulos como The Witch o Midsommar, la obra de Matienzo evita la imitación servil y permite que el terror emerja de las mitologías locales, las lenguas indígenas y la violencia rural.

Uno de los puntos más destacables de la crítica especializada es el tratamiento de la criatura homónima. El filme evita transformar al nahual en una versión nacional del hombre lobo cinematográfico; por el contrario, recupera la ambigüedad del símbolo original de la cosmogonía prehispánica: el doble espiritual y la deformación del tonalli.

A pesar de presentar algunas fallas de tono en su ejecución, la película se aproxima a la visión del horror cósmico de H.P. Lovecraft, donde el monstruo habita en los márgenes geográficos donde el Estado nunca llegó, obligando a la razón occidental a fracasar ante una realidad mucho más antigua. El ritual del nahual se posiciona así como una propuesta necesaria y refrescante para la cinematografía de género en México.
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