Si queremos rescatar a la familia, habremos de empezar, rescatando a la mujer. Frase fuerte sin duda, pero, ¿qué quiero decir con esto? Quiero decir, que habría que empoderarla nuevamente, pero en el sentido, de hacerla recuperar los valores humanos y cristianos con todo el poder, que estos tienen.
Sólo desde la mujer, la familia podrá ser sana y fuerte, generadora de vida, y no sólo en el sentido literal, sino en otros muchos sentidos: vida espiritual, cultural, artística, además de sacar una y muchas veces a los hijos que caen en los oscuros pozos de la vida. Esta generación de vida incluye también: la educación en los modales, el cuidado y dirección práctica de los hijos, el tener nociones de enfermería y medicina del corazón, enseñar el arte del buen vivir, el aprecio por la belleza, los modos de responder, de vestir, de hablar (hoy tan necesario), de comportarse, de cómo tratar a los mayores, de cómo resolver conflictos interpersonales.
La madre es el corazón del hogar, si el corazón se enferma, todo el cuerpo está enfermo. La evangelización de la familia pasa por la preparación de la mujer, por la formación de su madurez, de su autoestima, de la fortaleza de sus convicciones, de la construcción de su carácter, y al mismo tiempo, de su reciedumbre, y de su liderazgo.
La mamá aporta en la familia, la ternura, el cariño, la acogida, la sensibilidad, y constatado a través de la historia, el alimento de la fe, que no sólo lo llevan a la casa sino que lo custodian con su ejemplo y con su vida, enseñando la piedad, la virtud, la devoción, el amor a la eucaristía, el ir a misa los domingos, el llevar flores a la virgen, el visitar a los enfermos, el atender a los ancianos, el visitar a los abuelos, eso lo lleva principalmente la mujer.
Por eso, digámoslo de una vez: ¡Fuera máscaras! Para apuntalar a la familia, habremos de apuntalar a la mujer, para que se reconozca a sí misma, no sólo como ser valioso, sino que acepte y asuma con sabiduría, este rol, esta misión tan importante que el Señor le ha confiado. Como pilar de la familia, como sustento, como generadora de concordia y armonía, de atención, escucha y consejo.
Pero, ¿y entonces, qué aporta el hombre? ¿Qué no juega el papá un papel relevante en la familia? Sin duda, pero el papel del hombre es diferente, aporta lo suyo por supuesto, seguridad en los hijos, su parte de estabilidad en el hogar, el timón del barco en la familia, el norte en la brújula familiar, el respeto y promoción de la riqueza femenina en sus hijas, y la personalidad viril y gallarda en sus hijos. También enseña, cómo vencer las adversidades, el enfrentar y superar los miedos, por ejemplo. Aunque dicho poéticamente, si el hombre fuera la barca, la mujer sería el mar.
Por lo que el peso, para que se formen buenos hijos, reiteramos, cae más en la guía de la mamá, como mujer educadora. Por eso, y muchas cosas más, felicidades mamás.
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