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Por Columnista Invitado

Hace 4 meses

POR: JORGE VOLPI

Heredero de una estirpe de pícaros que se tiende de Ulises al Lazarillo y de allí a Cantinflas o Mauricio Garcés, Martín de la Torre, el presidente de la Federación Mexicana de Futbol que consiguió traer a nuestro país el Mundial de 1986, sería el antihéroe perfecto –mentiroso compulsivo, zalamero, vividor, narcisista patológico– si no fuera porque, en buena medida, para México continúa siendo el modelo de héroe a secas. Es decir, aquel individuo que, a fuerza de puro ingenio –nuestra virtud más celebrada–, es capaz de sortear cualquier atolladero, engatusar a cualquier enemigo y salirse siempre con la suya; al menos, hasta que la última vuelta del destino castiga su hubris, aunque nunca tanto como para arrebatarle un mínimo margen de confort.

Acaso el mayor mérito de México 86 (2026), de Gabriel Ripstein, coescrita con buenas dosis de agudeza con Daniel Krauze, es que revela mucho más sobre la política mexicana que sobre nuestro futbol, en el fondo un mero pretexto para desnudar a su impresentable protagonista y el sistema que lo ampara y lo cobija. Y, a la vez, quizás la mayor tragedia de esta comedia es que, aunque hayan pasado más de 40 años del momento que retrata –ese momento otoñal de la hegemonía priista–, nuestra cultura política apenas ha evolucionado entre un Mundial y otro.

De la Torre, interpretado con la medida justa de astucia y patetismo por Diego Luna, sabe que la única forma de triunfar en un medio dominado por la improvisación y la corrupción pasa por ejercitar al máximo la proverbial labia mexicana –esa acumulación de eufemismos, dobles sentidos, retruécanos, halagos desmedidos e insultos velados– y con usar cualquier recurso disponible para llegar a la meta planteada.

Los estereotipos, que por supuesto camuflan una pulsión más que una curva de normalidad, mantienen su odiosa vigencia: cuatro décadas después de los hechos, hoy sigue sin extrañarle a nadie que un todopoderoso empresario (Emilio Azcárraga, interpretado por un Daniel Giménez Cacho que parece disfrutar al máximo de su reencarnación) sea el dueño absoluto del futbol patrio y haga con él lo que se le antoja; que la manera de obtener tanto la sede del Mundial en una reunión de la FIFA en Suiza, como la de conservarlo tras el terremoto, sea con una espinosa mezcla de simpatía y sobornos, no muy distintos de los que lo llevaron a Qatar; o que al final los poderosos, llámense dirigentes de la FIFA o políticos en turno, sean los únicos que siempre ganan.

Mientras aún contemplamos las imágenes de la devastación de los terremotos en Venezuela, el recuerdo de nuestro 1985 no puede resultar más repulsivo: en la película, es De la Torre quien proclama que mantener el Mundial es una prioridad en medio del desastre, lo cual no permite olvidar aquellas obscenas imágenes, en Televisa, que celebraban la solidez de los estadios en tanto el resto de la ciudad no era sino una acumulación de ruinas. El ingenio, que tanto celebramos, siempre viene acompañado del cinismo: ese desdén que el PRI de Miguel de la Madrid mostró ante la tragedia, que provocó en buena medida –Monsiváis dixit– el despertar de la sociedad civil que años después provocaría el fin del modelo de partido hegemónico –y, muchos años después, su restauración–, y que le valió, en la mayor ausencia que sufre la película, la rechifla generalizada en el Estadio Azteca, hoy rebautizado con el nombre de un banco.

Nadie duda que, entre el Mundial de 1986 y el de 2026, México ha cambiado, pero el regusto que deja el filme es que, tal vez, el cambio de mentalidad no ha sido tan drástico. Esta excéntrica celebración de nuestro inagotable ingenio no apunta a ser un cautionary tale, sino más bien la desfachatada constatación de que en el fondo nuestro futbol y nuestros políticos no han hecho otra cosa que maquillarse un poco desde entonces. Entretanto, en el Ángel –y ahora también en cada Fan Fest–, la fiesta continúa aun si, al final, nunca dejan de ganar los mismos.

 

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