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Coahuila

La injusticia necesaria

Por Enrique Martínez y Morales

Hace 3 meses

Cada cuatro años el planeta presencia el mayor experimento de sicología que existe. El escenario cambia de país. Los participantes visten uniformes distintos. Los idiomas son diferentes. Pero la prueba siempre es la misma: un balón, una portería, 11 pasos de distancia y un ser humano enfrentado a una presión que muy pocos conocerán en toda su vida.

Conforme el Mundial entra en su recta final, los empates dejan de ser una posibilidad para convertirse en un problema. Alguien tiene que avanzar y alguien tiene que despedirse del torneo. Entonces aparecen los penales.

Pocas reglas generan tanta polémica. Para algunos son una lotería. Para otros, una prueba definitiva de carácter. Hay quien sostiene que resulta injusto decidir cuatro años de preparación mediante una serie de disparos desde el manchón penal. Y probablemente tengan algo de razón.

El futbol es un deporte profundamente colectivo. Durante 120 minutos intervienen la táctica, el esfuerzo compartido, el trabajo en equipo. Pero al final, el destino de un país puede recaer sobre una sola persona. Y esa es precisamente la grandeza del experimento: el penal no pone a prueba únicamente la técnica, sino la mente.

En este Mundial, hasta las leyendas han fallado como Lionel Messi y Kylian Mbappé. Nadie está vacunado contra la presión. No fallan porque olviden cómo golpear un balón. Fallan porque el cerebro también juega. Fallan porque son humanos.

El arquero intenta anticipar la decisión del tirador. El tirador intenta adivinar el movimiento del arquero. Ambos saben que millones de personas los observan. En apenas un segundo conviven estrategia, estadística, intuición, memoria, entrenamiento… y, sobre todo, miedo.

No es casualidad que las tandas de penales hayan sido estudiadas por economistas, sicólogos y especialistas en comportamiento humano. Durante años, una de las investigaciones más influyentes encontró que los equipos que cobraban primero tenían una ventaja estadística, atribuida a la presión que soporta quien siempre debe responder. Estudios posteriores han debatido el tamaño exacto de ese efecto, pero prácticamente todos coinciden en una conclusión: la presión sicológica modifica el comportamiento.

La economía conductual ofrece otra pista. Los seres humanos sufrimos más ante la posibilidad de perder que el placer que sentimos al ganar. No es igual cobrar para ponerse arriba que hacerlo sabiendo que un error significa la eliminación. La distancia es idéntica. El balón pesa lo mismo. Lo único que cambia es la carga emocional.

Tal vez por eso los penales nos parecen injustos. Ya no se premia a quien juegue mejor futbol, sino a quien administre mejor la presión e incluso el mejor del mundo puede quebrarse durante unos segundos.

El futbol y la vida no siempre son justos y a veces no gana quien mejor juegan. A veces gana quien entiende que el verdadero rival no está enfrente, sino dentro de uno mismo.

 

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