En el sexenio pasado se popularizaron los Amlitos, descritos por Almudena Barragán —periodista de El País— como la “imagen de un simpático anciano sonriente: el Presidente, Andrés Manuel López Obrador”. La figura del caudillo también se reprodujo en peluches, tazas, pines, camisetas y hasta en un muñeco parlante. La reseña se publicó el 14 de septiembre de 2024, en vísperas de que AMLO entregara el poder a Claudia Sheinbaum, primera Presidenta de México en su historia. El caudillo se retiró después de la política activa y se confinó en su rancho de Palenque, Chiapas.
Los Amlitos —contra lo que pudiera pensarse— no tienen que ver con una estrategia gubernamental de publicidad, advierte Barragán, sino “con toda una industria en la que trabajan cientos de familias y que surgió a raíz de la alta popularidad del Presidente (en torno al 65% de aprobación). El éxito de los Amlitos ha sorprendido a expertos en publicidad y a los propios políticos, convirtiéndose en todo un fenómeno”.
La idea surgió de un pucherazo, dice su autor: el caricaturista José García Hernández, quien emplea como firma el segundo de sus apellidos. Hernández, quien colabora en el diario La Jornada y conduce el programa El Chamuco TV, que producen los canales 22, Once y TV UNAM, contó a Barragán: “En 2006, durante la campaña electoral y antes de que nos hicieran fraude, la oposición había lanzado el mensaje de que López Obrador era un peligro para México. Así que para contraatacar se me ocurrió dibujar al candidato de manera simpática y alegre”, acompañado de la frase: “Sonríe, vamos a ganar”.
Quizá AMLO ganó, pero a quien el Instituto Nacional Electoral (INE) y el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) le alzaron el brazo fue al panista Felipe Calderón. Los Amlitos permanecieron en escena hasta que López Obrador arrolló en las elecciones de 2018. El éxito en las urnas provocó el boom de los Amlitos, los cuales se volvieron infaltables en mercados, actos políticos y celebraciones populares. La historia es muy distinta a la de otros presidentes, representados con antifaz y una gran cola, símbolos de la corrupción.
Marta Sahagún, esposa del expresidente Vicente Fox —y aspirante a sucederle—, no tuvo muñecas ni playeras con su figura, pero sí una “doble”: Raquel Pankowsky, quien la interpretó en la sátira política El privilegio de mandar, en el papel de “Martita Según”. Pankowsky también participó en el espectáculo Desde Gayola y en obras de teatro que recorrieron el país. Su muletilla “¿Verdad, Chente?” quedó grabada en el imaginario colectivo.
El Privilegio de mandar contó, en su primera etapa, con la participación de Tamara Henaine, nieta del popular y entrañable comediante Gaspar Henaine, Capulina. No imaginaba que 18 años después su notable parecido físico con la presidenta Claudia Sheinbaum dispararía sus bonos dentro y fuera de los escenarios. Imitar la voz, los gestos y la sonrisa —casi idénticos— de la Mandataria ha llevado a esta artista y socióloga a las pasarelas políticas. El 27 de agosto fue invitada por Simey Olvera Bautista a su segundo informe legislativo. La senadora, quien figura entre los aspirantes de Morena a la gubernatura de Hidalgo, fue removida después como secretaria de la mesa directiva de la Cámara Alta. “Claudita” hace proselitismo, pero es Sheinbaum, con su 70% de aprobación, quien le suma votos a la 4T.
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