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Coahuila

La casulla y el manutergio

Por Mons. Alfonso G. Miranda Guardiola

Hace 1 mes

 Habíamos llegado a buena hora a la Capilla Stella Maris, a escasas cuadras de la playa, justo para celebrar la Misa de inicio del Encuentro Nacional de Pastoral. 

Ya estaban todos listos para empezar la Misa, los sacerdotes, el coro, los asistentes al encuentro, los vasos sagrados, las velas encendidas, el misal, el leccionario, y ya eran las 8 a.m., pero faltaba algo. 

Los padres ya estaban revestidos con su alba y estola, casi formados para empezar la Eucaristía, sin embargo, un servidor estaba en un rincón del Templo, a falta de sacristía, en medio de las bancas, esperando que me trajeran la casulla. 

Había preguntado al que servía de sacristán, a los encargados del encuentro, y nadie sabía nada, y mientras, el tiempo pasaba. 

De repente empecé a sentir miradas un poco extrañas, como diciendo, por qué no empieza la misa el obispo. Pero yo pensaba, ¿cómo celebrar la misa sin casulla? Es como celebrar sin mantel en el altar. Finalmente le dije al sacerdote encargado, que me fue a preguntar, qué pasaba: No puedo empezar si no hay casulla, por favor, vaya a la parroquia más cercana. Está a 15 minutos, me contestó, no importa, esperamos. Se arrancó por ella. 

En eso el maestro del coro, al ver que no empezaba la Misa, se puso a ensayar los cantos, con la gente sentada en las bancas, y con su coro, con una maestría absoluta. 

Pasaba el tiempo, y yo empezaba a dudar, ¿no estaré siendo demasiado exigente? ¿No estaré pecando de exagerado? Pero veía al maestro del coro que se deshacía por enseñar, ensayaba con majestuosidad y pulcritud, queriendo alcanzar las mejores notas no sólo de la gente sino de su propio coro; e incluso, con firmeza y decisión les llamaba la atención, y les mostraba cómo elevar la voz, cómo hacer las entonaciones, en qué momento entrar, y cuándo terminar. 

Y yo me decía, si este maestro, está ensayando con tanta elegancia y gallardía, yo no puedo permitir la celebración de la Eucaristía sin el decoro propio y adecuado, de por si nos critican por rebajar tanto la calidad de la liturgia, como para no celebrar con la dignidad que se merece y que debemos a nuestro Señor, por lo que me convencí más en ello. Sin embargo, pasaron 15 minutos y nada, pasó media hora, y ahí seguía la pobre gente esperando, el programa se retrasaba, el maestro acabó de ensayar, y en eso, llega el sacerdote encargado del evento y con mucha pena, me informa que la parroquia estaba cerrada, y no pudo conseguir la casulla, y que para traer una, al menos ocuparía otra hora. Viendo en ese momento la situación. Mudé mi percepción de las cosas, y asentí a celebrar sin casulla, y sin mitra, por supuesto, usando solamente la humilde estola. Dejé pasar el incidente para no llevármelo en mi mente y perturbar la celebración, y me concentré en las lecturas, en la homilía, en los fieles y en cada momento de la Misa. Acabamos bien la Eucaristía. Pero algo sí noté: habían preparado unos finos manutergios (toallas blancas para lavarse las manos en la preparación de las ofrendas) grabados y exquisitos, aunque se les había olvidado la casulla. 

Sólo ese pequeño detalle… 

Pregunta de rescate: ¿Reprobamos el examen de Liturgia o pasamos de panzazo? 

Usted es nuestro sinodal. 

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