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La Captura (o En México alguna vez hubo héroes)

Por Diana M. González D.

Hace 1 mes

Hay películas que uno termina y simplemente abandona en el territorio de la ficción. Y hay otras que, aun cuando duran apenas hora y media, obligan a mirar hacia atrás.

“La captura”, dirigida por Chava Cartas y escrita por Bernardo Esquinca a partir de las crónicas de Héctor de Mauleón, pertenece a estas últimas. Está en Netflix, es un thriller eficaz y, en apariencia, cuenta una historia conocida: la recaptura de Joaquín Guzmán Loera, “El Chapo”, en Los Mochis, Sinaloa, el 8 de enero de 2016.

Netflix la presenta como un drama policial basado en hechos reales, centrado no en la trayectoria del narcotraficante, sino en dos agentes federales que, casi por accidente, se encuentran frente a él.

Pero hay algo más importante detrás de la película.

“La captura” nos recuerda que en México hubo —y hay— hombres y mujeres capaces de hacer lo correcto, incluso cuando hacerlo puede costarles la vida.

Y eso, en un país que ha vivido dos décadas de violencia, corrupción, desapariciones, asesinatos y miedo, no es poca cosa.

LOS AÑOS EN QUE APRENDIMOS A TENER MIEDO

Conviene recordar el México en el que ocurrió esta historia: el 8 de enero de 2016 no era una fecha cualquiera. Joaquín Guzmán acababa de escapar por segunda vez de una prisión de máxima seguridad. La llamada “guerra contra el narcotráfico”, iniciada en 2006 durante el gobierno de Felipe Calderón, había dejado ya una estela de violencia cuyo verdadero tamaño resultaba difícil de medir. Organizaciones como Human Rights Watch documentaron no solamente la violencia de los grupos criminales, sino también graves abusos cometidos por integrantes de las fuerzas de seguridad, incluidos casos de tortura, desapariciones forzadas y ejecuciones extrajudiciales.

En 2016, precisamente el año de la captura que narra la película, México registró 23,953 homicidios, frente a 20,752 en 2015. La tasa llegó aproximadamente a 20 homicidios por cada cien mil habitantes.

No eran cifras abstractas. Eran padres, hijos, hermanos, amigos, estudiantes (algunos laureados, cursando su posgrado en instituciones prestigiadas de México), trabajadores, policías, soldados y también personas cuyo único delito había sido encontrarse en el lugar equivocado a la hora equivocada.

Para quienes vivimos de cerca el terror de aquellos años, los giros tramposos del lenguaje utilizados por medios masivos, instituciones y funcionarios, tales como “daños colaterales”, “enfrentamientos”, “ajustes de cuentas”, “presuntos delincuentes”, formaban parte de la cotidiana atmósfera de impotencia ciudadana, porque detrás de las palabras había heridos, desaparecidos y muertos.

Pero sobre todo había miedo: mucho miedo.

Por eso resulta tan extraño —y tan necesario— que una película mexicana de 2026 decida mirar hacia aquel episodio desde un ángulo diferente: no desde el poder del narcotraficante. No desde la fascinación por su fortuna ni mucho menos desde la leyenda del capo. Sino desde la perspectiva de dos policías anónimos.

EL HOMBRE QUE SALIÓ DEL DRENAJE

La historia real de “La Captura”, parece escrita por un guionista demasiado imaginativo: en la madrugada del 8 de enero de 2016, fuerzas especiales de la Marina entraron en una casa de seguridad de Los Mochis como parte de la Operación “Cisne Negro”. Se produjo un enfrentamiento. Cinco integrantes del grupo que protegía a Guzmán murieron y otros fueron detenidos. Pero el objetivo principal había escapado.

“El Chapo” y su jefe de seguridad, Jorge Iván Gastélum, “El Cholo Iván”, huyeron por un túnel conectado con el drenaje. Salieron por las alcantarillas, luego, robaron un automóvil, y entonces ocurrió lo que convierte este episodio en una de esas historias en las que el azar parece competir con la ficción.

Unos agentes federales que realizaban un patrullaje de rutina terminaron interceptando el vehículo denunciado por robo. No tenían idea que dentro llevaban al hombre más buscado de México.

A “El Chapo”, ese día no lo capturaron después de una espectacular operación de inteligencia. No lo localizaron siguiendo una pista perfecta. Lo encontraron casi por casualidad, después de un apresurado y descuidado robo de automóvil, donde a la víctima le dejaron su propio teléfono celular, con el cual denunció el atraco.

Y aquellos agentes, que capturaron el reporte en sus bandas de radio, lo vieron simplemente pasar frente a ellos. Luego de una breve persecución, de pronto estaban frente al hombre más buscado del país y quizá del mundo.

DOS NOMBRES QUE NO SON SUS NOMBRES

La película llama Arturo Carmona y Héctor Rosales a sus protagonistas, interpretados por Alfonso Herrera y Noé Hernández. En realidad, esos nombres forman parte de la reconstrucción periodística de Héctor de Mauleón, que protegió la identidad de los policías reales.

La película convierte esa reconstrucción en personajes cinematográficos. El crédito oficial de la cinta reconoce precisamente a De Mauleón como autor de la crónica en que se basa. Y allí empieza lo que para mí constituye el verdadero valor de “La captura”.

Porque aquellos hombres no eran héroes de cómic. No tenían superpoderes. No eran generales, ni mandos medios: eran agentes federales, por cierto de una corporación que ya para entonces apestaba a colusión y delito flagrante.

En el mejor de los casos, eran, simplemente, unos policías. Hombres que estaban trabajando porque tenían familia. Por lo cual, eran hombres vulnerables, que sin duda tenían miedo de su entorno laboral, y no con poca razón.

Por ello, y como la mayoría, seguramente eran hombres sobre los que pesaba la sospecha de tener un precio en la frente, al cual alguien con capacidad suficiente pudiera llegarles. O eso parecía.

EL CAÑONAZO DE LOS DÓLARES

La película acierta al presentar estas consideraciones como centro moral de la historia. Porque el verdadero enfrentamiento no ocurre únicamente entre las armas de la policía y las del crimen organizado. Ocurre dentro de cada uno de los hombres que tienen delante a un detenido como “El Chapo” Guzmán.

El propio Gobierno mexicano publicó en 2018 el testimonio de uno de los agentes bajo el título “El tiburón”. Allí el policía cuenta que permaneció a solas con Guzmán y que éste le ofreció dos o tres empresas en Sinaloa y “50 millones de dólares” para que lo dejara ir.

Cincuenta millones de dólares. Es una cifra que cuesta incluso imaginar.

Y precisamente por eso la escena adquiere una dimensión que trasciende el thriller. Porque todos sabemos que el dinero puede comprar casas, automóviles, viajes, educación, comodidad, poder. Pero hay momentos en los que el dinero deja de ser dinero y se convierte en una pregunta: “¿Cuál es tu precio?”

El policía, según la película, contestó que estaba haciendo su trabajo. Y no aceptó. Pero el testimonio oficial lo detalla aún más poderosamente: el agente explicó que había visto a Guzmán sucio, mojado y maloliente después de salir del drenaje, y que pensó que, aun con cincuenta millones de dólares, él no quería terminar convertido en un hombre que tuviera que vivir huyendo como rata por las alcantarillas de la ciudad.

No sé si exista una definición más sencilla y más profunda de dignidad.

EL DEMONIO

Hay otro elemento de “La captura”, que me parece especialmente importante: Héctor Kotsifakis no interpreta a “El Chapo” como una celebridad del crimen.

Lo convierte en algo mucho más perturbador: en un hombre.

Pero uno que parece un demonio.

Y quizá ahí reside uno de los mayores aciertos de la película.

Durante años, la cultura popular mexicana —y también buena parte de la industria audiovisual internacional— ha producido alrededor de los grandes narcotraficantes una especie de mitología involuntaria: riqueza, poder, mujeres, armas, automóviles, extravagancia, astucia.

El peligro consiste en que la representación termine produciendo fascinación. Pero Kotsifakis hace otra cosa.

Su “Chapo” aparece sucio, cansado, acorralado, pero con una mirada maligna y casi desorbitada, que se sabe capaz de ejercer poder psicológico sobre quienes lo rodean. Aun esposado, sabe que no necesita disparar para amedrentar. No necesita gritar para dominar la situación.

Y cuando ofrece los millones, la película deja de mostrar al narcotraficante como una figura folclórica y comienza a mostrarlo como lo que pudo significar para muchos mexicanos: la encarnación de un poder criminal imopsible de vencer, porque parecía capaz de comprarlo todo.

Ese demonio, además, no viene de la imaginación. Viene de nuestra historia reciente.

POR ESO IMPORTA QUE ESTOS HÉROES TENGAN UNA PELÍCULA

Durante aquellos años conocimos los nombres de los capos, sus apodos, los vimos en fotografías. Sabíamos sus nombres, seguíamos sus fugas. Escuchamos historias sobre túneles, mansiones, helicópteros, ejércitos privados y fortunas.

Pero, ¿cuántos nombres de policías honestos recordamos? ¿A cuántos mencionaron?, ¿a cuáles de ellos pudimos conocerlos?, ¿cuántos de ellos arriesgaron su vida sin convertirse jamás en personajes públicos?

Ésta es, para mí, la verdadera razón por la que vale la pena ver “La captura”. Porque aunque sea una película pequeña frente a la magnitud del episodio histórico que reconstruye, hace algo que el cine mexicano necesita hacer de vez en cuando: devolverle rostro humano a quienes hicieron su trabajo correctamente.

No todos los héroes tienen estatuas. Algunos tienen una patrulla. Algunos pasan veinte años en una corporación. Algunos regresan a casa después de un turno. Algunos simplemente reciben una orden y la cumplen. Y algunos, una noche, tienen delante a un hombre que puede ofrecerles cincuenta millones de dólares y deciden esposarlo.

LA REALIDAD FUE TODAVÍA MÁS EXTRAORDINARIA

La película no inventó lo esencial. La Operación “Cisne Negro” ocurrió. “El Chapo” huyó por el drenaje. “El Cholo Iván” estaba con él. Ambos fueron interceptados después de robar un automóvil. Los policías consiguieron retenerlos. “El Chapo” fue llevado a un motel. Hubo un cerco de fuerzas criminales. Llegaron refuerzos… y existió aquella oferta de cincuenta millones de dólares.

Incluso la fotografía del detenido en la habitación del motel tiene una historia real: los agentes necesitaban demostrar a sus superiores que, efectivamente, tenían a Guzmán. La imagen terminó llegando hasta el entonces presidente, Enrique Peña Nieto.

Horas después, el presidente anunció: “Misión cumplida. Lo tenemos”.

La película transforma todo aquello en un thriller de 91 minutos. Algunas situaciones familiares y de amenaza son construcciones dramáticas; los nombres de los policías son nombres protegidos y los diálogos pertenecen, naturalmente, al territorio de la ficción. Pero el núcleo moral de la historia está documentado.

Y quizá eso sea lo más inquietante: la realidad no necesitaba demasiada ayuda.

¿Y DESPUÉS QUÉ?

Aquí es donde la película, deliberadamente o no, deja una pregunta abierta. ¿Qué pasó después con aquellos hombres?

Guzmán fue extraditado a Estados Unidos en enero de 2017 y finalmente condenado a cadena perpetua. La historia de los policías, en cambio, no tuvo la misma proyección.

El testimonio oficial de uno de ellos habla de ascenso, reconocimiento y del enorme impacto que la captura produjo en su vida familiar y profesional. También deja claro que su identidad debía permanecer protegida.

Y ésta es una de las paradojas de nuestra historia reciente: el criminal adquiere nombre, rostro, fama mundial y una fortuna; mientras que el hombre que se negó a venderse debe permanecer anónimo.

Tal vez “La captura” ayude, aunque sea modestamente, a invertir esa proporción.

DIEZ AÑOS DESPUÉS

Hay también una distancia inquietante entre aquel México y el de 2026: hace diez años, el país venía de una década marcada por la llamada “guerra contra el narcotráfico”, y por una violencia que había alcanzado niveles extraordinarios. Ese mismo año ocurrieron hechos que profundizaron la crisis de confianza en las instituciones: Ayotzinapa seguía sin una respuesta satisfactoria y la CNDH había documentado graves irregularidades en Tanhuato; organizaciones de derechos humanos denunciaban además una larga cadena de abusos cometidos por fuerzas de seguridad.

Diez años después, en 2026 el país es institucionalmente distinto y el discurso oficial sobre seguridad también ha cambiado. Pero México no ha salido de la violencia.

Los datos más recientes del INEGI registran 27,989 defunciones por presunto homicidio en 2025, cifra todavía preliminar; y la ENVIPE 2026 estimó que durante 2025 ocurrieron 33.8 millones de delitos, de los cuales 93.4% no se denunció o no derivó en una carpeta de investigación.

Es decir: diez años después, sería difícil afirmar que el problema que rodeaba aquella captura pertenece simplemente al pasado.

Cierto que ha cambiado el escenario: han cambiado los gobiernos, han cambiado las instituciones y las estrategias, pero todavía vivimos con las consecuencias de aquella larga crisis de violencia, impunidad y desconfianza.

Y por eso la película resulta más oportuna de lo que podría parecer.

UNA PEQUEÑA PELÍCULA CONTRA UNA GRAN AMNESIA

No sé si “La captura” vaya a quedar como una de las grandes películas mexicanas sobre el narcotráfico. Ni siquiera creo que ésa sea su mayor importancia.

Su importancia está en otra parte.

En recordarnos que, durante uno de los periodos más oscuros de nuestra historia reciente, no todos se vendieron.

No todos se arrodillaron.

No todos tuvieron miedo suficiente para entregar su conciencia.

Y que, cuando llegó la hora de la verdad, hubo policías que pudieron haber aceptado una fortuna y no lo hicieron. La película tiene a bien recordarnos (o hacernos saber apenas), que esos hombres existieron aunque durante mucho tiempo nadie supiera sus nombres.

Por eso agradezco que esta película exista.

Porque México ha contado demasiadas veces la historia de sus monstruos.

Ya era hora de contar, aunque fuera en voz baja, la historia de algunos de sus héroes.

Que no son héroes perfectos ni de bronce y mucho menos héroes de propaganda. Son simplemente, héroes humanos. Hombres que tuvieron miedo. Hombres que pudieron haber aceptado. Hombres que sabían que quizá nadie conocería jamás sus nombres y que, sin embargo, cuando tuvieron enfrente al demonio y éste les puso cincuenta millones de dólares sobre la mesa, hicieron algo impensable y, en algún otro universo, algo extraordinariamente sencillo: cumplieron con su trabajo.

Esa quizá sea una de las formas más difíciles —y más necesarias— de heroísmo que tanto y tan urgentemente todos necesitamos desarrollar, y cuidar, en nuestro México amado.

 

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