Arte

Publicado el martes, 3 de noviembre del 2026 a las 05:31
Monterrey, N.L.- La muerte del filósofo y escritor regiomontano Humberto Martínez González, ocurrida el 13 de noviembre de 2025, pasó prácticamente inadvertida en Monterrey.
Tenía 83 años y había dedicado buena parte de su vida a leer, escribir, traducir y reflexionar sobre filosofía y literatura. Reservado, el intelectual se mantuvo durante años alejado del ámbito cultural de la ciudad. Sin embargo, dejó preparado un legado que permitirá conocer su pensamiento: una biblioteca de más de 10 mil volúmenes, que comenzó a donar en vida a la UANL y cuya entrega se completó después de su muerte.
Hoy la Biblioteca Raúl Rangel Frías inaugurará oficialmente el fondo que lleva su nombre, junto con el del cronista, actor y locutor Juan Alanís Tamez. La colección incluye obras de filosofía, literatura y pensamiento oriental, ediciones antiguas y libros especializados, algunos difíciles de encontrar en bibliotecas extranjeras. También contiene cuadernos de notas en los que Martínez dejó constancia de sus lecturas y reflexiones.
Para su hermana Leticia Martínez de Arvide, quien vive en Dallas y viajó a Monterrey para asistir a la ceremonia, la donación representa el cumplimiento de una voluntad que el escritor fue definiendo durante años.
“
Me fue preparando a mí para hacer lo que había que hacer después de su muerte”, cuenta Leticia en entrevista. Martínez no tuvo hijos. Se casó y se divorció dos veces, y durante sus últimos años vivió solo en Monterrey. Su biblioteca, explica su hermana, ocupaba un lugar central en su vida. “Todos los libros eran sus hijos y los adoraba”, expresa. “Así los trataba, de una manera muy especial”.
El filósofo nació el 24 de octubre de 1942 en Monterrey. Fue el segundo de seis hijos de Humberto Martínez Villarreal y Esperanza González Villarreal. Leticia, la menor de la familia, recuerda que cuando era niña Humberto jugaba mucho con ella. Pero la diferencia de edades y la partida de él a la Ciudad de México hicieron que durante años se vieran poco. Martínez comenzó Ingeniería Civil en la UANL. Llevaba dos o tres años de carrera, según recuerda su hermana, cuando decidió abandonar esos estudios para dedicarse a la filosofía.
“
Mi papá le decía: ‘Pero ya llevas muy avanzada la carrera de Ingeniería Civil’. Y él no quiso, él decidió irse y se fue”, recuerda Leticia.
BIblioteca y legado
Martínez comenzó a hablar del destino de su biblioteca varios años antes de morir. Leticia recuerda que él mismo le pidió ayuda para encontrar una institución que pudiera recibirla.
“
Me dijo: ‘Leti, ¿qué vamos a hacer con los libros? Necesito que me ayudes, los quiero donar’”, rememora.
Su hermana exploró opciones en Estados Unidos, donde algunas universidades se interesaron por la colección, pero cuando la posibilidad comenzó a concretarse, el filósofo cambió de opinión.
“
Al final, cuando ya lo vio casi que sí era posible, decidió: ‘No, ¿sabes qué? Quiero que se queden aquí, en la Universidad’”, dice.
La entrega se realizó de manera gradual. Personal de la Biblioteca Universitaria Raúl Rangel Frías acudía a su domicilio para recoger los libros que él mismo seleccionaba, empacaba y ordenaba.
“
Fue donando por partes e iban y recogían”, explica. “Él debía tener el control de todo, cómo quería que sus libros estuvieran, precisamente porque quería que estuvieran de una manera muy organizada”.
La hermana conserva fotos y videos de aquellas jornadas. En algunos aparece Martínez frente a sus libreros, explicándole la importancia de determinadas obras.
“
Le tomé fotos, tomamos fotos con él leyendo ahí en su departamento. Tengo videos de él explicándome de sus libros, ahí en su casa, de los libros en los libreros”, afirma.
Martínez decidió quedarse hasta el final con los ejemplares que más consultaba.
“
Yo le dije: ‘Ya no te deshagas de lo que te interesa, síguelos disfrutando. El día que tú te mueras, tú nomás dime qué hago y yo lo hago después’. Y así fue”.
Después de su muerte, Leticia organizó la entrega de los libros restantes.
El fondo, que inicialmente ocupaba dos grandes cuerpos de estantería de la biblioteca universitaria, se extendió hasta cuatro.
“
Es enorme el acervo cultural que les dio. Son más de 10 mil libros”, señala. “Y los leyó todos, algunos hasta dos veces”.
Según cuenta, entre los volúmenes hay ediciones antiguas y obras de gran especialización, difíciles de encontrar incluso en bibliotecas del extranjero.
“
Tiene libros muy especializados y especiales, con ediciones increíbles, unas muy antiguas. Entonces, ese acervo cultural vale, olvídate, no tiene precio”, comenta. La colección conserva, además, un testimonio particularmente significativo de su trabajo intelectual: los diarios en los que Martínez escribía reflexiones sobre sus lecturas. “Tenía reflexiones personales y anotaciones en libros diarios, los diarios esos largos que se usaban hace muchos años”.
En ellos registraba lo que pensaba sobre los libros que acababa de leer y las ideas que esas lecturas le provocaban.
“
Era la reflexión, lo que él veía o cómo descifraba el libro que acababa de comprar o de leer, y su propia reflexión sobre eso. Están esos diarios”.
No todos sus escritos sobrevivieron. Leticia cuenta que, antes de enfermar, el filósofo destruyó muchos textos que consideraba demasiado íntimos.
“
Yo no quería que los destruyera, pero él me dijo: ‘Leti, estas son cosas muy personales y nadie las va a entender’”, explica. Otros cuadernos sí fueron conservados y entregados a la Universidad. Su hermana considera que contienen, más que recuerdos autobiográficos, el pensamiento de un hombre que hizo de la lectura una forma de vida.
Notas Relacionadas
Más sobre esta sección Más en Arte
Hace 8 horas
Hace 12 horas
Hace 17 horas
Hace 20 horas
Hace 1 dia
Hace 1 dia
Hace 1 dia
Hace 1 dia
Hace 1 dia
Hace 1 dia
Hace 2 dias