Coahuila
Hace 50 minutos
Hay estudiantes que llegan al salón con una sonrisa, saludan a sus compañeros y encuentran la manera de hacer reír a los demás. Entregan sus trabajos, participan en clase y, cuando alguien les pregunta cómo están, responden casi de inmediato: “Bien”.
A veces esa respuesta cuenta toda la verdad. Otras veces es lo único que se sienten capaces de decir.
Al terminar la jornada, lejos de sus compañeros, algunos de esos jóvenes enfrentan una tristeza que nadie ha notado. Lloran en su habitación, se sienten solos o cargan preocupaciones que todavía no saben cómo compartir.
La vida escolar nos exige aprender a mirar con atención. Una sonrisa puede expresar alegría, pero también puede convivir con el cansancio, el miedo o la necesidad de aparentar que todo está en orden.
Quienes educamos debemos recordar que conocemos una parte de la vida de nuestros estudiantes. Los vemos durante ciertas horas, en un espacio determinado y bajo las expectativas propias de la escuela. Fuera de ese entorno hay historias familiares, relaciones, dudas y dificultades que pueden permanecer en silencio.
Por eso conviene ser prudentes cuando afirmamos que un alumno “no tiene ningún problema”.
Quizá todavía no hemos encontrado la forma de escucharlo.
Un joven puede guardar lo que siente por muchas razones. Tal vez teme preocupar a su familia, piensa que sus dificultades serán consideradas insignificantes o recuerda alguna ocasión en la que intentó hablar y recibió una burla. También puede ocurrir que ni él mismo comprenda lo que le está pasando.
A veces solo sabe que, cuando se queda solo, deja de tener fuerzas para sostener la sonrisa.
Ante esa posibilidad, la escuela necesita ofrecer algo más que una invitación general a pedir ayuda. Necesita construir relaciones en las que hablar resulte seguro.
La confianza se forma en los encuentros cotidianos: cuando un docente escucha una pregunta sin ridiculizarla, cuando atiende una inquietud con discreción o cuando evita convertir un error en una humillación frente al grupo.
Esos gestos enseñan al estudiante qué puede esperar de nosotros cuando tenga algo difícil que contar.
Como directivos, tenemos la responsabilidad de procurar que existan espacios de orientación y que el personal sepa a quién acudir cuando observa una situación preocupante. La buena disposición de un maestro es valiosa; contar con una ruta de acompañamiento permite que esa disposición se traduzca en ayuda.
También debemos revisar a quiénes prestamos atención. Con frecuencia, nuestras preocupaciones se concentran en quienes faltan, reprueban o tienen conflictos de conducta. Sin embargo, el alumno cumplido, sociable o destacado también necesita que alguien se interese por su bienestar.
Tener buenas calificaciones no nos dice cómo duerme, qué le preocupa o cómo se siente al llegar a casa.
Acercarnos puede comenzar con una conversación sencilla, en privado y sin prisas: “He notado que estás más callado estos días. ¿Quieres contarme cómo te has sentido?”.
Después viene una parte que a los adultos a veces nos cuesta: escuchar sin adelantarnos a resolverlo todo.
Frases como “no es para tanto”, “tienes todo para ser feliz” o “a tu edad yo tenía problemas de verdad” pueden cerrar una puerta que al joven le costó mucho abrir. Comparar su dolor con el de otras personas no nos ayuda a comprenderlo.
Podemos empezar por agradecer su confianza y reconocer lo que nos está diciendo: “Gracias por contármelo. Vamos a buscar cómo apoyarte”.
Si en ese momento no desea hablar, podemos respetar su decisión y mantenernos disponibles. Acompañar requiere constancia; una sola pregunta rara vez alcanza para construir la confianza que ha faltado durante mucho tiempo.
En casa también hace falta abrir esos espacios. Preguntar por la escuela puede incluir las tareas y los exámenes, pero conviene dejar lugar para otras conversaciones: con quién se sintió acompañado, qué le resultó difícil o si hay algo que le preocupa.
Muchas veces el diálogo aparece mientras se comparte la comida, durante un trayecto o al realizar juntos una actividad. Para aprovechar esos momentos, los adultos necesitamos estar presentes y dispuestos a escuchar respuestas distintas de las que esperábamos.
Al mismo tiempo, debemos evitar interpretar cada silencio o cada lágrima como una enfermedad. La tristeza forma parte de la vida y las personas tienen maneras diferentes de expresarla. Lo que sí merece atención es un malestar que persiste, se intensifica o empieza a afectar la vida cotidiana.
Cuando esto ocurre, buscar orientación profesional es una forma de cuidar. Ni la familia ni la escuela tienen que resolver por sí solas todas las dificultades emocionales de un estudiante.
Habrá situaciones en las que nuestro papel sea escuchar; en otras, acompañar a solicitar ayuda y dar seguimiento con respeto y discreción.
La privacidad importa. Lo que un joven comparte en un momento vulnerable no debe convertirse en comentario de pasillo. También es necesario explicarle con honestidad que, si su seguridad está en riesgo, habrá que involucrar a quienes puedan protegerlo.
Una comunidad educativa cercana permite que sus estudiantes se muestren como son, incluso en los días en que no tienen ánimo para participar o hacer reír a nadie.
Esa libertad también se aprende: al descubrir que expresar tristeza no provoca rechazo, que pedir ayuda no merece vergüenza y que el afecto de los demás no depende de estar siempre de buen humor.
Al recibir mañana a nuestros alumnos, podemos recordar que cada saludo es una oportunidad para acercarnos. Tal vez alguno necesite una explicación, otro una segunda oportunidad y otro una conversación que lleva días intentando comenzar.
Ojalá encuentre entre nosotros a alguien con tiempo para escucharlo, aun cuando llegue sonriendo.
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