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Coahuila

El cereso

Por Mons. Alfonso G. Miranda Guardiola

Hace 40 minutos

Llegué temprano a la cita, a eso de las 9:30 a. m., antes de que el equipo de pastoral penitenciaria arribara a la gendarmería del Cereso de Piedras Negras, por lo que me preguntaron los celadores: «¿Viene usted solo, señor obispo?». Mmmh, pues sí, contesté en medio de numerosos custodios fuertemente armados, pero aquí espero a mi equipo, que no tardará en llegar, dije con impostada voz grave. Sin embargo, una oficial con inusitada voz gentil me dijo: «Pásele, por favor, a las oficinas a tomar un cafecito con el director». Con mucho gusto, respondí.

Después de recorrer los laberínticos pasillos, llegamos a una reforzada, pero elegante, sala de juntas, donde compartimos una amena charla con el equipo directivo, para después regresar a la entrada principal, donde ya nos esperaba el padre capellán con el resto del equipo, debidamente uniformados, formaditos y bien portados, para acceder al penal.

Era el 28 de octubre de 2026, fiesta de San Judas Tadeo, día en que fui invitado a celebrar la misa a los más de 1600 internos en el auditorio abierto, y donde contemplé, impactado y conmovido, hermosos gestos y experiencias que ahora comparto:

Hablo de las miradas de los presos al celebrar la Eucaristía, su atención, su respeto, su participación, las respuestas litúrgicas, el orden, la seriedad al acercarse a comulgar, muchos de ellos de rodillas.

Sus manos que con fervor se levantaban para persignarse, manos que trabajan ahí mismo la madera, la cortan, la esculpen, la pintan, la barnizan, la clavan, para crear hermosas imágenes de santos, de Cristos crucificados, de San Judas, de la Virgen de Guadalupe, así como para fabricar mesas, bancas y escritorios.

Manos con las que tocan bajos y guitarras, y que, unidas a sus voces, sentidamente aclaman y cantan.

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