Seguridad
Por
Pedro Martínez
Publicado el martes, 13 de septiembre del 2011 a las 22:21
Saltillo.- Las imágenes en su mente eran repetitivas. Los gritos de auxilio de una joven estudiante eran cada vez más desgarradores, es más, él todavía podía ver su apestoso cuerpo arriba de ella… violándola.
Dentro de una de las celdas del Cereso varonil de Saltillo, José Guadalupe Sánchez Segovia, “El Madullo”, no podía permitir que sus sucios actos lo siguieran atormentando; aquella niña de tan sólo 16 años seguía mirándolo desde el rincón de su podrido espacio.
No podía más, todo giraba en torno al dulce susurro del diablo en sus oídos, sugiriéndole que terminara con su vida porque alguien estaba pidiendo su alma.
Así, el 15 de diciembre de 2006, la serie fotográfica de Silvia, torturada, violada y asesinada por él y un amigo, se esfumaron cuando decidió decir adiós para siempre, ahorcándose en su propia celda.
UN DÍA NORMAL
Silvia salió temprano, quería llegar a tiempo a su escuela para platicar con sus amigas, por eso no dudó en caminar por las calles intrincadas de la colonia Lomas de Lourdes.
Con la playera del Conalep y con los jeans favoritos que alguna vez su madre le comprara en uno de los mercados ambulantes de Saltillo, ella caminó por varios minutos y, en un momento de indecisión, tomó por una calle que no debía, pues aunque creía que iba a llegar a tiempo a su primera clase, realmente se dirigía hacia su cita con la muerte.
Corrían las 14:00 horas de un 24 de noviembre de 2003 y la jovencita seguía su curso, tranquila, enamorada de lo que la vida le había otorgado: una familia y amigos que la querían.
Todo se derrumbó cuando, al caminar por los límites del arroyo Las Víboras, ubicado a un costado de la Ciudad Deportiva Solidaridad de la colonia antes dicha, dos sujetos le salieron al paso.
CON LOS OJOS CERRADOS
Sus ojos permanecieron cerrados, mientras “El Madullo” y “El Monroy” la llevaban a la fuerza a un recoveco del arroyo; un lugar siniestro y único para cometer uno de los sucesos más crueles que se han realizado en esta ciudad.
Horas antes, en el arroyo denominado “Las Víboras”, “El Madullo” compartía su resistol y unas caguamas con “El Monroy”; eran las 12:00 horas, para ser exactos, de aquel trágico 24 de noviembre.
Pasaron dos horas y Silvia estaba a punto de entrar a la boca del lobo, uno feroz, con dientes afilados y con muchas ganas de saciar su instinto animal.
“Mira, ahí viene una funda, vamos a agarrarla para violarla”, fueron las palabras que quedaron escritas en la declaración ministerial de José Guadalupe Sánchez Segovia, conocido como “El Madullo”, pero más reconocido como un hombre peligroso y violento.
El resistol quedó tirado en el arroyo, los pasos de los dos sujetos seguían ágiles, con el pulso del corazón a mil por hora, la que sólo le puede dar la adrenalina que el mismo diablo genera: “La vimos caminar y nos gustó, decidimos hacerla nuestra a como diera lugar”.
“Nos levantamos y nos acercamos a ella, Monroy la agarró del pescuezo, por lo que nos metimos al arroyo con dirección hacia abajo para llevarla a un lugar más solitario”, cuenta en el escrito al que este medio tuvo acceso.
Con sus ojos cerrados y tomada tanto de los brazos como del cuello, la estudiante caminaba sin saber en qué dirección y que serían sus últimos pasos.
Su vista seguía mirando al infinito, a oscuras, sin querer darse cuenta de lo que los perversos hombres estaban a punto de hacer, pero en su propia película de horror.
Una escena trágica, aquellas que sólo se pueden vivir en el mismo infierno es la que se comenzó a gestar, pues mientras “Monroy” la sujetaba por el cuello, con cuchillo en mano, “El Madullo” profanaba su joven cuerpo.
“Entre los dos le quitamos el pantalón que traía (…) y la acostamos en el suelo”, expresó en la declaración, en donde jamás hubo un comentario que clamara arrepentimiento.
Los gritos comenzaron, la pobre joven de 16 años expresaba con ellos el dolor que la estaba torturando.
“Mejor la matamos, para no tener broncas, andábamos muy locos y mejor así, porque después los policías nos iban a buscar por todos lados”, dijo.
Se sacó el cuchillo de entre sus ropas maltrechas, todavía con algunos restos de semen y resistol amarillo pegado, por lo que sin dudar comenzó la escena que terminaría con la vida de una estudiante de secundaria.
En varias ocasiones, uno tras otro, comenzó a “tirarle”: una en el pecho, otra en la altura del ombligo y el último en el glúteo.
“¡Auxilio, me están matando! ¡Ayúdenme!
¡Por favor, alguien que esté por ahí!”, fueron las últimas palabras de la joven, que sólo quería llegar temprano a la escuela.
DOS SEMANAS DESPUÉS
Las autoridades de la Fiscalía General del Estado seguían desesperados por encontrar a los culpables, los habían buscado por cielo, mar y tierra, pero nada, seguían escondidos en su guarida.
Tuvieron que pasar dos semanas para que “El Madullo” saliera de su madriguera para entregarse a las autoridades correspondientes, hecho que tranquilizó a la sociedad saltillense, que estaba enardecida por los hechos.
Su ingreso al Cereso varonil fue inmediato, ya que agentes del Ministerio Público del Cuarto Grupo de Homicidios contaban con los elementos suficientes para hundirlo, pero sobre todo para cerrar el caso de horror en el que él fue el actor principal.
De esta manera, en un acto de justicia, el juez segundo de Primera Instancia del Ramo Penal le giró la medida condenatoria de 49 años y seis meses de prisión por el delito de homicidio calificado, cometido con ventaja y con motivo de una violación.
De igual manera su cómplice, Víctor Pérez Martínez, también conocido como “El Monroy”, quien en ese momento contaba con 28 años, fue condenado a los mismos años por el mismo delito.
No pasó mucho tiempo, sólo mil 95 días desde que la autoridad penal le giró al “Madullo” la condena por su acto, pues en un momento de desesperación, pero sobre todo de una lucha interna con su misma naturaleza, lo llevó a dejar su vida en su misma celda, al colgarse con una cuerda.
JUZGADO SEGUNDO PENAL
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