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El corredor de la muerte

  Por Abdel Robles

Publicado el domingo, 4 de enero del 2009 a las 21:17


Los habitantes de Creel no tienen miedo, afirman, porque los sicarios les hicieron cuanto daño era posible

Chihuahua.- Al terminar la misa, una mujer se acerca al sacerdote Javier Ávila, lo abraza y le dice preocupada: “Padre, cuídese, tengo miedo de que le pase algo”. Una pareja le pregunta nerviosa lo mismo que escuchará todo ese domingo: “Padre, ¿cuándo balearon la iglesia?”. Él se ríe y dice que los hoyos de la fachada del templo fueron causados por clavos, no por balas.

Desde el 16 de agosto pasado, cuando un comando a bordo de tres camionetas Suburban entró al pueblo y asesinó a 12 jóvenes y un bebé, para salir después por la calle principal sin que nadie lo detuviera, la calma huyó de este pueblo serrano.

En las noches Creel parece desierto. Desde que oscurece, la gente se encierra en sus casas y corre las cortinas. No hay fiesta en los hoteles ni turistas buscando diversión, ni carros manejados por sombrerudos con música norteña a todo vuelo, como antes. Sólo se oye el concierto de ladridos, a veces interrumpido por camionetas que pasan veloces o por tiroteos. Los últimos, el 23 y 26 de diciembre, dejaron un muerto y un herido.

Cada tanto circulan rumores desbocados: que si fue baleada la iglesia, que si los narcos regresarán a rafaguear las escuelas con todo y alumnos, que si en el Lago de Ararareko apareció una camiseta con los nombres de los próximos ejecutados.

Pero desde que el estado llegó al primer lugar nacional en el número de homicidios y se consolidó como escenario de la disputa de poder entre cárteles de la droga, la gente vive temerosa.

Aunque no toda. En Creel vive un grupo de locos que se dicen inmunes al miedo.

Locos de dolor

La noche del 29 de diciembre este grupo se reúne en una oficina que está junto a la iglesia y en contraesquina con la plaza central. A la entrada del local cuelga el letrero: “Derechos Humanos”. Es la oficina del jesuita Javier Ávila, “El Pato”, como lo apodan desde niño.

Ahí Gloria Lozano, que no ha dejado de mentar madres contra el gobierno, suelta de pronto: “Ya me advirtieron que me van a mochar la lengua por andar hablando de más, pero no tengo miedo. Hace cuatro meses me mataron”.

El que se hizo indispensable es el sacerdote Ávila, que hace dos décadas estuvo entre los fundadores de la Comisión de Solidaridad y Defensa de los Derechos Humanos, A.C. (Cosyddhac). Él dio aviso de la masacre al Gobierno estatal, resguardó la escena del crimen ante la extraña ausencia de los policías, fotografió los cadáveres a falta de agente del Ministerio Público y apoyó moralmente a los familiares. Desde entonces los encabeza en su demanda de justicia.

Su testimonio detallado del trágico día fue publicado en los periódicos locales y reproducido en Internet. Narró:

Nadie me impidió el paso, nadie cerró la carretera, nadie había tendido un círculo de protección en todo el espacio donde se habían dado esos acontecimientos…No sabía yo cuántos eran, a la primera vista vi como 5, empecé a recorrer y conté 12. Después me dijeron ‘aquí falta uno’ y al levantar la cobija vi al pequeñito en los brazos de su padre, su padre boca abajo y el pequeño protegido por el cuerpo de su padre… Ver los cuerpos mutilados, las gargantas abiertas, los estómagos abiertos, el cerebro por un lado, las caras desfiguradas…de esa manera masacrada, tan animal y tan inhumana, en ese momento fue que me quebré, empecé a llorar y cuando oí los reclamos de la gente ‘ayúdenos padre, ayúdenos’, dije ‘Pato, te tienes que controlar’. Tomé mucho aire y empecé a tratar de calmar a la gente, acompañarla, controlar la situación… No había nadie, me sentí solo.

Después del novenario por los muertos, los familiares no se encerraron en sus casas sino que han hecho sus propias investigaciones. Reciben informes del compadre, la prima de la cuñada o el cliente indignado por los hechos y que escuchó algo, para juntar las piezas. Así consiguieron nombres, direcciones y teléfonos de algunos de los supuestos sicarios y de sus cómplices.

“Tenemos mucho coraje con esa gente que vino a hacer su maldad y mucho coraje con el Gobierno, que nos dijo que iban a agarrarlos cuando les dijimos dónde estaban, y no hicieron nada. Por eso, últimamente nos juntamos con los mandos y nos subimos con ellos a revisar los operativos”, dice el presidente seccional del pueblo, Eliseo Loya. Él sufrió tres pérdidas en la matanza: la de su hijo, que estaba por graduarse como administrador en Chihuahua; y la de su hermano, que murió abrazando a su bebé, ambos atravesados por la misma bala.

Eliseo y tres familiares de las víctimas van a los operativos policiacos para verificar que no suelten a los culpables si llegan a atraparlos. Un trío de mujeres, por iniciativa propia, patrulla las calles de noche. Y tras las balaceras recientes, varios estuvieron tentados a cruzar automóviles en la carretera para retener a los sospechosos y comprobar si eran los que mataron a sus hijos.

“Hemos estado unidos como grupo, por eso no me da miedo”, dice Fernando Córdova, papá de Fernando Adán, otro de los asesinados que estaba a punto de terminar la prepa.

“No peleamos contra el narco porque es demasiado grande y no somos Supermán, no sabemos usar armas, pero sí peleamos por justicia para nuestros hijos, y eso no me da miedo”, explica al día siguiente Bertha Alicia Galdeán, la esposa de Córdova.

Durante la reunión, algunos vigilan de reojo las ventanas de la oficina. Es un hábito adquirido en los últimos meses. “Mucha gente tiene miedo, nos felicitaba por bloquear la caseta pero no quería que pintáramos nada en el vidrio porque tienen miedo”, comenta una señora joven que también perdió a su hijo.

Al terminar la reunión el padre Ávila les recuerda: “No están peleando contra robacoches ni ladrones de bicicletas”.

Como pulgas serranas

“Desde que murió mi hijo empezó la guerra”, dice al comienzo de la entrevista Gloria Lozano, la mujer más brava del grupo, a quien el padre Ávila llama en broma “Juana Gallo”.

Su casa está a unas cuadras del cruce de las vías del tren. En el librero de la sala se ven grandes fotos de dos jóvenes, cada una con su rosario y su veladora.

En una aparece René, de 19 años e hijo de Gloria, y en la otra Felipe, de 17, hijo de Ana Lozano. Eran los hijos únicos de las hermanas, vivían en la misma casa y los dos cayeron en la matanza.

“Nos han dicho que nos callemos, que ya hablamos mucho, pero el coraje me hace gritar. No me importa que me maten, si ya me mataron con mi hijo. Si no grito me voy a volver loca”, dice Gloria, llena de vitalidad. En el sillón, frente a ella, Ana la escucha.

Las Lozano celebran cada vez que los narcos se matan entre ellos. Sin planearlo detuvieron el tren, e hicieron tal escándalo en la Vuelta Ciclista Internacional que, a su paso por Creel, un español dijo que ellas eran “verdaderas hijas de Pancho Villa”.

“Un mando de la Policía Federal nos dijo que el día que despertemos vamos a ver la marranada que es esto, que estamos en un polvorín que pronto va a estallar porque Creel es el paso de todos los cargamentos”, dice Gloria.

“Cada vez que despertamos se nos revuelve el estómago. Esto es un marranero. Las películas se quedaron cortas”, interviene Ana.

Como pulgas serranas, picarán y picarán al Gobierno hasta que los capture.

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