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Coahuila

A cincuenta años del trenazo

Por Carlos Gaytán Dávila

Hace 4 años

El pasante de medicina de la Cruz Roja era hijo del maquinista del peor accidente ferroviario de América Latina y tal vez del mundo, registrado en Saltillo, el 5 de octubre de 1972.

Mil 900 almas viajaban en el tren peregrino, tras ocurrir el percance. Habían viajado a Real de Catorce, en San Luis Potosí, para venerar a la milagrosa imagen de San Francisco de Asís.

Los carros del ferrocarril tenían una capacidad de 80 personas pero fue tanta la demanda que viajaban 120 peregrinos de todas las edades en cada uno de ellos.

El convoy estaba a cargo  del maquinista Melchor Sánchez Echeverría, el fogonero Ignacio Carrizales, el conductor Jesús Rocha, los garroteros Juan Juárez Alvarado, Rodolfo Fernández y Vicente Martínez Torres. Se componía de un total de 16 vagones con miles de toneladas de peso.

Al tomar la pendiente previa a Puente Moreno, el tren resultó incontrolable pues le fallaron los frenos y es que ya el armatoste había sido registrado para entregarlo como chatarra a Altos Hornos de México, aun así, lo programaron para el viaje a Real de Catorce. ¡Yo lo vi, a mí nadie me lo contó!

El escenario que vi unos minutos después de la tragedia, era dantesco. De entre los hierros retorcidos y las llamas, surgían los ayes  de dolor y los gritos de angustia de personas que pedían que los salvaran.

Los carros del ferrocarril se telescopiaron y causaron la muerte de más de mil personas. Voluntarias, bomberos, socorristas, policíacas y soldados, no se daban abasto para rescatar a los sobrevivientes. Muchos cuerpos quedaron sepultados en el  mismo lugar de la tragedia.

Ferrocarriles Nacionales de México pagó 80 mil pesos como indemnización por cada desaparecido. Muchos no reclamaron esa efímera cuota, pues familias enteras se perdieron en esta tragedia que enlutó a Saltillo. En cada barrio o en cada colonia, había uno o varios muertos víctimas del trenazo.

Le presidente Luis Echeverría. Él envió al nefasto procurador general de la República, Pedro Ojeda Paullada, y al no menos celebérrimo director de  los Ferrocarriles, un hostil individuo de apellido Villaseñor, que quiso obligar al director del Hospital local Ferrocarrilero, para que levantara un acta donde constara que la tripulación venia en estado de ebriedad y conviviendo con mujeres, lo cual fue desmentido categóricamente por el director del nosocomio el valeroso médico saltillense Luis Morales Benavides, quien fue obligado a renunciar y repuesto en su cargo por el presidente Echeverría a pedimento del entonces senador de la República Óscar Flores Tapia, quien en tribuna defendió al galeno y luego lo hizo ante el propio Mandatario. Ocho años después hizo lo mismo por los miembros de la tripulación que obtuvieron su libertad, pues a los ojos de todos eran inocentes de la tragedia que puso a Saltillo en las noticias que dieron la vuelta al mundo.

Ante la prensa nacional, el director de Ferrocarriles se lavó las manos como Pilatos y los trabajadores que excepcionalmente eran de una conducta intachable, pero además aunque parezca raro en el medio rielero no eran adictos a las bebidas alcohólicas, fueron sacrificados.

El ulular de muchas sirenas, de muchas ambulancias, que no había ocurrido nunca, alarmó a los habitantes del pacífico poblado. Muchas preguntas surgieron, pocas respuestas se tuvieron de inmediato, pues el ir y venir de socorristas en sus vehículos hizo marcar el presagio de que algo terrible había ocurrido, pero no sabían qué.

Melchor había tenido una jornada hasta cierto  punto saturada de pacientes y se dispuso a cenar antes de continuar la consulta en la benemérita Cruz Roja, donde prestaba su servicio social, como aspirante a médico de la única escuela de Medicina de la ciudad. Había estado de acuerdo con su novia Rosario, que pasaría por él después  para platicar un rato y luego dejarlo a bordo de su vocho en su domicilio, para descansar y continuar con su labor al día siguiente.

Se mostraba preocupado porque recordó que su papá, maquinista de los Nacionales de México, había salido por la mañana en viaje a Real de Catorce, San Luis Potosí y no sabía si  habría regresado.

Pidió a su novia que desde su domicilio llamara a la estación de los ferrocarriles para indagar sobre el asunto que tanto le angustiaba.

Mire es muy importante y urgente que me diga, si el tren accidentado era conducido por el maquinista don Melchor, pues es papá de uno de los médicos que hacen su servicio social en la Cruz Roja y está muy preocupado.

-Sí, así es señorita, don Melchor era el maquinista del tren accidentado, es todo lo que le puedo decir.

De inmediato se comunicó a la Cruz Roja. Él esperaba ansioso. Juanita Cisneros, la comandante de Guardia, le pasó la llamada.

Melchor corroboró que no había llegado su padre a casa y que efectivamente era el maquinista del fatídico convoy, y solicitó a un chofer de una de las ambulancias de la Cruz Roja que lo llevara al lugar del accidente. Una vez ahí, se identificó, primero como médico de la humanitaria institución y luego como hijo del maquinista del convoy. No lo dejaron llegar hasta los carros accidentados. Recorrió los hospitales y nada. Hasta que alguien de la propia empresa lo reconoció y le dijo que su papá estaba preso, como presunto responsable del accidente.

El joven pasante de medicina se adentró en las leyes penales mexicanas para abogar por su padre hasta  que con la ayuda de otras personas logró su libertad.

 

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