El voceador de periódicos era el dueño de la mañana y el portador de las buenas o las malas noticias. Se enteraba de primera mano y bajo la consigna del director o administrador del periódico, daba a conocer el encabezado principal del matutino o lo más sobre saliente de la nota roja.
Lamentablemente su pregón desapareció del espacio saltillense, no sé cuándo, pero todavía por la década de los años 70 del siglo pasado se veía recorrer las calles de la ciudad, divulgando los aconteceres de un día anterior o tal vez del mismo día, si el periódico era vespertino.
Del puesto de Antonio Martínez “Toño la Bola” salía todos los días un regular enjambre de chamacos, jóvenes, señores y hasta señoras, con su tambachi de periódicos y revistas, pues “La Bola” era uno de los principales distribuidores de matutinos locales, regionales, nacionales y revistas. Su puesto se ubicaba en la esquina de Padre Flores y Victoria.
El voceo nació casi al inició de la Conquista de México, cuando una hoja impresa ofrecía la noticia del horrendo terremoto que prácticamente acabó con Guatemala la antigua. Por más de 500 años los papeleritos mexicanos pueden presumir de acompañar en su desarrollo a la prensa nacional.
Hubo una época en la Ciudad de México en que los voceadores inflaban las noticias, alterando su contenido para atraer la atención de los futuros lectores, sin importar manchar la reputación de las personas y elevar a la máxima expresión de horror un crimen.
En Saltillo no era mucha la diferencia, sobre todo cuando apareció el primero periódico de la tarde en tono horrendamente amarillista, donde la nota roja y las mujeres semidesnudas eran el atractivo de los lectores.
Antonio Martínez “La Bola” nació voceador, imitando a su hermano mayor , Lucio, que se dedicaba a este menester para informar brevemente de las noticias que aparecían en los modestos periódicos de tres o cuatro páginas de mediados del siglo pasado, “El diario de Cabrerita” y el Heraldo del Norte. El chamaquito aquel, subía y bajaba de los pocos autobuses locales y foráneos de ese tiempo para vender su mercancía de noticias. Le hacía competencia a otro que también fue gran voceador y ciclista Clemente Zapata García, “La Saeta de Saltillo”. El instaló su puesto en Aldama y Padre Flores. Y ahí sigue a cargo de su hijo Olímpico Zapata Sifuentes.
Un tiempo “La Bola” dejó de ser el último eslabón de un ciclo que comienza en la redacción de los periódicos y que llega a su culminación al entregar el ejemplar impreso a los lectores. Se enlistó en la Marina Armada de México, como soldado raso siendo un jovencillo. Terminado su reclutamiento pidió su baja y regresó al lugar que le tendría deparado el destino y donde se consagró por más de 50 años.
Antonio Martínez, fue asesor de algunos directores de los diarios, pues él conocía mejor que los periodistas a los lectores y contribuía para incrementar la circulación (la venta) del matutino. Sabía cuál era la nota buena para pregonarla o darle seguimiento.
Cuando fui director de uno de esos diarios de la tarde, me dio su conseja sobre el contenido vespertino que más interesaba al lector y así logramos vender hasta 10 mil ejemplares diarios. El periódico se imprimía al mediodía, de tal suerte que a las 12 ya estaba en circulación por las calles, barriadas y colonias de la ciudad.
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