Hace unos meses, en este mismo espacio, hablamos de recetas. No, este espacio no se convirtió —aunque yo, como buena italiana, ame cocinar— en un rincón de cocina. Las recetas de las que hablamos eran, respectivamente, sobre la felicidad y la infelicidad.
Y para continuar con la analogía culinaria, si existe una receta para “cocinar” la felicidad, ¿cuál sería su sabor? Probablemente, según el gusto particular de cada persona, la felicidad tendría un sabor distinto.
Yo probé la felicidad hace unos días, durante la inauguración de las nuevas instalaciones de la AIDH: la “Casa Morada” de los derechos humanos. No se trató únicamente de la apertura de un espacio físico. Fue la materialización de un sueño.
Más de 300 personas asistieron al evento; sin embargo, más allá del aspecto institucional y de los reflectores, el significado de esta inauguración es mucho más profundo.
Este valor se manifestaba en la emoción visible en los ojos de nuestros estudiantes de la Licenciatura en Derecho con Perspectiva en Derechos Humanos. Jóvenes conscientes de que, al elegir esta carrera, adquirían un compromiso significativo hacia la causa más importante: la de los derechos humanos. Su compromiso es serio y auténtico. Son conscientes de la gran tarea que les espera y estoy segura de que la enfrentarán con la más alta especialización y profesionalismo, pero también con solidaridad y empatía.
Este valor también se notaba en la llama de esperanza que iluminaba la mirada de los familiares de personas desaparecidas que nos acompañaron en el evento y que siempre están con nosotros en los momentos más cruciales de nuestra institución. Es la esperanza de que, dentro de esas paredes que estábamos inaugurando, continúen formándose los agentes de cambio social que nuestro país necesita para construir una sociedad más libre, igualitaria y solidaria. Una esperanza de que sus peticiones sean atendidas y sus derechos, finalmente, garantizados de manera plena.
Last, but not least: el verdadero valor de la inauguración también se reflejaba en el orgullo evidente en los rostros de los miembros de mi equipo de trabajo. Ellos también apostaron por este gran proyecto, creyeron y continúan creyendo en él, como lo demuestra su compromiso inquebrantable, la disciplina con la que trabajan y su profunda lealtad hacia la institución y, aún más importante, hacia la causa que nos impulsa: la protección de los derechos humanos.
Todas estas personas —estudiantes, familiares de personas desaparecidas y el equipo de AIDH— son la fuerza morada. Todas y todos llevan con orgullo la camiseta morada.
Ver sus sonrisas, que reflejaban un profundo sentido de responsabilidad y al mismo tiempo la esperanza de poder generar un cambio significativo en la sociedad me hizo comprender que todos los esfuerzos y todo el trabajo que realizamos en poco tiempo, que implicó numerosos sacrificios y renuncias, incluso personales para muchos de nosotros, valió la pena.
Esas instalaciones han sido ideadas y creadas por y para todas estas personas. Nuestro sueño ya es también su sueño, y no hay nada más hermoso en el mundo que ver tus sueños haciéndose realidad.
Entonces, para mí, a esto sabe la felicidad: a los sueños que se hacen realidad…
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