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Coahuila

A una ciudad y a una mujer les debo todo

Por Carlos Gaytán Dávila

Hace 5 años

Don Amado Chapa, originario de Zuazua, Nuevo León, llegó a Saltillo en busca de mejores oportunidades y aquí fundó una familia ejemplar y estableció varios negocios, que fueron ejemplo de perseverancia y trabajo.

Don Amado solía decir que a Saltillo y su esposa, Antonia Esquivel, les debía todo. “Ella era mejor comerciante que yo”.

De ahí de Zuazua era otro empresario saltillense, don Enrique Martínez y Martínez, que del más humilde origen se encumbró hasta llegar a ser uno de los más prósperos hombres de nuestra ciudad.

Esta es la historia…
“Mi padre –contaba don Amado–, tenía uno de los pocos automóviles de Zuazua y en él iba a visitar su rancho. Enrique era pastor de cabras, traía huaraches, esperaba a mi papá cada tarde después de guardar su rebaño, para que lo llevara al pueblo”.

Don Emilio, el papá de Amado Chapa, era comerciante y decía que no había oficio o profesión mejor que el comercio. “Manejas dinero que no es tuyo –decía–, y si te mueres el negocio que creaste sigue haciendo vivir a tu mujer y a tus hijos”.

Don Emilio instaló en Monterrey una tienda. A las 4:30 de la madrugada estaba ya en pie para recibir el pan y la leche, que a sus hijos Víctor y Amado les tocaba llevar a los domicilios que tenían entrega. Su padre lo puso de aprendiz en una panadería y le dijo al dueño: “Ahí se lo dejo para que lo enseñe a ser hombre. No le hace que me entregue el puro pellejo”, y enseñó a Amado a ser hombre de bien.

Tenía 15 años cuando se abatió sobre Monterrey una epidemia de fiebre tifoidea. En seis meses murieron su padre, su madre y una hermana de 19 años. Buscaría nuevos caminos.

Era el año de 1940, y el chamaco contaba con 700 pesos de capital, ahorrados penosamente. Su hermano Víctor, 10 años mayor que él, había venido a Saltillo a trabajar con los Jiménez, uno de los más grandes mayoristas de abarrotes de la ciudad. Víctor estableció después su propia tienda en el Mercado Juárez y ahí llegó Amado como dependiente. Eran vecinos de otra tienda de abarrotes propiedad del ciudadano chino Antonio Chío, quien cansado y enfermo, Amado lo veía atender trabajosamente a su clientela, de modo que con permiso de su hermano iba en ratos a echarle una manita. “Cuando yo ya no pueda venir a la tienda te la voy a dejar” –decía a Amadito–. Y el presagio se cumplió. Pagó 7 mil pesos por el traspaso, año de 1945.

En 1952 el mercado se quemó por un cortocircuito y dejó en la calle a los comerciantes. Toda la noche estuvieron los comerciantes viendo cómo su patrimonio se volvía cenizas.

Fueron comerciantes de ese lugar junto a don Amado, Manuel Durón, José L. Udave, Roberto Gil, de los hermanos Max y Beto Hernández, de Jorge L. Udave. Y de famosos carniceros, Sotero Ramos, Rafael Flores, quien acudía a su negocio vestido como un gentleman. Se despojaba del saco y el sombrero y en mangas de camisa blanca y corbata, portaba su delantal limpísimo para atender a su selecta clientela. Otros entregados servidores públicos lo fueron José Hernández, los comerciantes en ropa Genaro Valdés, Guillermo Esquivel, así como Eustolio Valdés, que tenía un modesto puestecito donde vendía jugos de naranja, desde muy temprano.

El mercado lo abría al amanecer y permanecía hasta las ocho de la noche. Con tres toques de campana, faltando 15 minutos para las 8, anuncia a los clientes de aquel mercado el cierre del vetusto edificio.

Don Amado fue todo un ejemplo de comerciante, pues de aprendiz de panadero, entregador de leche y pan, decidió radicar para siempre en Saltillo donde no solo hizo una gran carrera comercial, sino que incursionó en la política, siendo ejemplar regidor del ayuntamiento.

Tras la quemazón del mercado en diciembre de 1950, Chapa González se repuso económicamente y reinició una vertiginosa labor como abarrotero que lo llevó a innovar el primer supermercado de la ciudad. En doña Antonia Esquivel, su esposa, encontró gran respaldo, pues decía que “ella era mejor comerciante que yo”. Así queda grabada en nuestra mente aquella pareja enamorada mutuamente del negocio, que atendía a la clientela en el supermercado en Acuña y calle Nueva en el Centro Histórico. Los artículos que ofrecía eran de primerísima calidad. Me gustaba el jamón, el pan de caja de la marca Regiomontano, la mantequilla casera y la crema de cacahuate de la marca Aladino, entre otros productos que eran una delicia.

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