“Yo creo que el feminismo abolicionista es una manera revolucionaria de pensar para derrotar el capitalismo y el colonialismo”. A. Davis
El pasado 26 de agosto durante el conversatorio donde la filósofa y activista Ángela Davis presentó su libro sobre el feminismo abolicionista la resistencia y la esperanza. Un grupo de estudiantes realizó un performance de protesta contra las muertes de mujeres bajo custodia estatal en el penal de Santa Marta Acatitla. La moderadora utilizó toda la autoridad institucional de quién convoca el evento para callar esa denuncia legítima sobre las terribles condiciones carcelarias y la represión punitiva, todo esto en la cara de la invitada de honor que sostiene que el sistema penitenciario es violento, racista y patriarcal y por lo mismo debe ser abolido.
Lo más lamentable del hecho fue la instrumentalización de la consigna de emancipación feminista: “un vato no me va a decir que hacer”. Porque ahí transformó una denuncia colectiva legítima y estructural sobre hechos reales que pudieran configurar feminicidio en un simple reduccionismo liberal de un hombre ejerciendo mansplaning.
Ángela Davis sostiene que la liberación de las mujeres exige desmantelar el complejo industrial carcelario, el capitalismo racial y el hetero patriarcado; al mismo tiempo fusiona el feminismo negro y el marxismo al demostrar que género, raza y clase social son opresiones indivisibles.
Desde esta perspectiva, las feministas burguesas no sólo se quedan cortas sino que dañan la verdadera emancipación femenina porque invisibiliza la lucha de clases, promoviendo la meritocracia individual, perpetúan el sistema capitalista y patriarcal y legitiman la explotación sexual y reproductiva.
Su tibio discurso funciona como un mecanismo de contención que vacía el contenido revolucionario de los movimientos de las mujeres al pretender hacernos parte del sistema que nos oprime.
Un dedo teclea los
recuerdos.
la tinta ensucia la uña y el
auditorio calla en sinfín de gritos
Dedo de contumacia oficial
su chasquido revela al déspota
esfuma la conciencia de un borrón.
La goma mancha ahí donde rasgó las palabras que
terminaron extraviadas
tras el truco de la ilusionista
El instante que un dedo
índice cierra las bocas
y luego amontona ideas
encima
ellas son enemigas de nosotras.
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