Saltillo

Publicado el lunes, 1 de junio del 2026 a las 03:06
Saltillo, Coah.- Defender la vida desde la concepción no es un retroceso medieval; es el acto más radicalmente vanguardista en un mundo que se está quedando sin futuro porque le estorba el presente. Nos horroriza la violencia en las calles, pero nos parece un avance progresista la violencia legalizada en el vientre, refiere la Diócesis de Saltillo.
En la Editorial “Burocracia contra la biología: El día que la Suprema Corte decidió que el origen de la vida era una opinión legal”, señala que en un despliegue de pirotecnia jurídica, la Suprema Corte de Justicia de la Nación invalida la Ley de la Protección a la Vida en Aguascalientes, una legislación cuyo único pecado original es afirmar, lo que hasta un niño intuye: que la vida comienza cuando empieza y no cuando un decreto gubernamental lo decide.
La Consejería Jurídica del Poder Ejecutivo Federal y la Comisión Nacional de Derechos Humanos interpusieron acciones de inconstitucionalidad, contra una ley que reconoce la vida desde el momento de la concepción.
“ Es un espectáculo verdaderamente contradictorio: las instituciones creadas con el propósito explícito de proteger los derechos humanos y defender al más débil se esmeran hoy, con rigurosa burocracia, en desproteger al más indefenso de todos”.
“ Para salvar los derechos del hombre, han decidido que lo mejor es abolir al niño. Se nos propone la ilusión de que el aborto es una solución, ignorando el hecho evidente de que eliminar el problema eliminando a la persona no es una victoria de la medicina ni de la política, sino una capitulación de la imaginación humana”.
La modernidad, dice el documento, ha inventado un humanismo tan perfecto que ya no necesita de los humanos. No se trata de una batalla ideológica, sino de un rescate de la cordura. La Iglesia no defiende el “no” al aborto por un mero capricho dogmático; defiende el “sí” rotundo a la mujer, a la familia y al porvenir.
“ Si la ley ya no protege al inocente por el simple hecho de existir, entonces la ley ya no es una garantía de orden, sino el capricho del más fuerte. Y una sociedad que se vuelve ciega ante sus propios hijos terminará, irremediablemente, devorándose a sí misma en el altar del progreso”.
“ Una de las supersticiones más extrañas del hombre moderno es su convicción de que, para avanzar hacia adelante, primero debe destruir lo que viene detrás. Nos hemos vuelto una civilización sumamente sofisticada en el arte de construir andamios teológicos inversos: adoramos la libertad, pero únicamente si se ejerce eliminando al que no puede defender la suya”.
Buscamos con desvelo la justicia universal, pero nuestro primer acto de justicia consiste en declarar que ciertos seres humanos no tienen derecho a serlo, advierte la Editorial.
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