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Adaptarse a la pérdida de un ser querido en esta época decembrina y COVID

Por zocaloadmin

Hace 5 años

“Hay que vivir el dolor sintiéndolo. Cuando el corazón quiera. A veces son dosis pequeñas e intensas de dolor, como si una ventanita se abriera y dejara escapar la presión tan tremenda que lo sofoca. Duele el alma, es algo que solo el que lo sufre lo siente, y se puede manifestar físicamente. Atiéndete, come bien y duerme bien aunque no quieras. Aunque sea poco, pero hay que alimentar al transporte del espíritu. Hay que reconocerse y autoauscultarse. Duele tanto, que no te pelees con el dolor, reconcíliate con él y adóptalo. Aprenderás a vivir con él en la medida de que vayas aceptando que tuviste una pérdida y que estás incompleto. Si tienes creencias espirituales aférrate a ellas como a un mástil en medio de la tormenta. Ora por tu fe, que es el escudo y arma más fuerte de la vida” Maristela de la Peña.

Samuel Albaz decía que cuando el alma pierde a un ser querido es cómo si el corazón llorara y solo Dios pudiera escucharlo. Un llorar silencioso y sin salida, con una sensación de pocas fuerzas para seguir. Después de la muerte de un ser querido, ni uno sigue siendo el mismo. Es posible que el día a día se perciba como una agonía que controla la vida. Y es que en cierta forma el dolor siempre estará con nosotros.

Comienza diciembre, y con él la nostalgia de tantos recuerdos y fiestas, dónde solíamos vernos, abrazarnos, tocarnos, acompañarnos y hoy no siendo esto posible, es natural que sintamos más pesada esa ausencia. La carga se percibe más difícil, y ese ser amado y las memorias nos remueven fibras, que nos duelen y desestabilizan emocionalmente.

¿Cuántos seres queridos he perdido? ¿Qué ausencias me duelen hoy? ¿Quién se ha ido en este Covid y qué emociones incompletas tengo? Ya sea de este año o de años anteriores, hoy puedes sanar y abrazar esas emociones incompletas. Atravesar el dolor nos lleva al corazón mismo de la vida. Y no tienes que atravesarlo completamente solo. Sanar esa pérdida no es un destino, es una travesía.

Desde que la muerte toca; el ser humano siente que su rompecabezas personal está incompleto. Recuerda que no estás solo, estás unido a la otra persona en la travesía de la luz. Debemos continuar viviendo como si estuviéramos completos sabiendo que somos incompletos. Estás incompleto porque esa parte de ti se ha ido y ha dado pie a un dolor que asfixia. Pero hay que buscar la fuerza para declarar que ante ese dolor queremos seguir adelante. Porque hemos elegido seguir, recordar con amor a esa persona, con sus ideas, ideales, cualidades y defectos. De esa forma se quedan con nosotros en la vida. La lealtad a la vida y el aferrarnos a ella es lo que va curando esa soledad.

Marcelo Rittner tenía razón al decir que “Nadie puede decir que sabe mucho sobre la vida, si su sabiduría no incluye una relación con la muerte”. Abraza tu dolor y apóyate en estos consejos para atravesar tu dolor con mayor paz.

-No te aísles. Es natural sentirte solo o incomprendido, pero es importante que hagas un esfuerzo por hacer tus actividades y rodearte de esas personas que quieres y te quieren para fortalecerte.

-Confía en alguien y date permiso de compartirle lo que pasa en ti. Las cargas compartidas son menos pesadas. Busca un familiar, amigo, terapeuta o religioso, a quien explicarle lo que te sucede con el corazón abierto y, de su mano, busca una guía efectiva que te ayude a descubrir esas emociones incompletas.

-Habla sobre la muerte de tu ser querido. El negarte o decidirte a no hablar solo te aísla, te frustra y te lastima. Habla sobre tus emociones y acéptalas. Cuando las emociones no tienen salida no avanzamos.

-Pídele a esa persona que te escuche sin buscar aconsejarte. Al hablar de tus emociones identifica qué estás sintiendo en ese momento o recuerda cómo te sentisteen esa situación. Lo que tú sientes ESTÁ BIEN y es completamente natural.
-Como diría Neimeyer, haz un ritual de la pérdida que tenga sentido para ti. Si el funeral no pudo ser como tu hubieras querido, prepara un acto que satisfaga esa necesidad de tu corazón.

-No te ocupes demasiado ni te llenes de cosas. El estar ocupado y activo nos distrae, pero no necesariamente nos ayuda a recuperarnos de ese dolor. Realiza actividades pero tampoco te evadas en ellas.

-Encuentra formas sanas de descargar el estrés. Ejercicio, entrenamiento en relajación u oración.

-Suelta la necesidad de controlar tu entorno y a los demás. Las otras personas que han sido afectadas por la pérdida tienen su manera de elaborarla y su ritmo de llevarla. No podemos ni debemos obligar a otros a adaptarse al camino que nosotros seguimos para elaborar nuestro dolor.

-No te resistas al cambio. Las pérdidas de personas que ocupan un rol central en nuestra vida nos transforman para siempre. Lo mejor es abrazar estos cambios, abrazando los sinsabores, mirando los aprendizajes, el legado de esa persona y los aspectos en los que esta pérdida nos nutre o empobrece.

-Dale sentido a tu pérdida. En vez de querer no pensar, nos obsesionamos con ello. Al querer desterrar las imágenes dolorosas solo les damos más poder. Identifica el legado o aprendizaje de esa persona y lo que te deja esta pérdida. Cada pérdida nos hace revisar nuestras prioridades vitales. Construye y encauza tus reflexiones.

-Aférrate a tus creencias religiosas. Agárrate de lo que te conecta con tu divinidad y te fortalece.

-Evita desahogar tus emociones en la comida o en el alcohol. Tendemos a sentirnos mejor después de comernos un pastel y a relajarnos al tomar alcohol. Pero el efecto es temporal y después viene la tristeza. Al comer o tomar en exceso de alguna forma también disfrazamos nuestras emociones.

Kierkegaard escribió “La vida solamente puede entenderse mirando hacia atrás pero debe vivirse hacia adelante”. La vida no puede vivirse hacia atrás, porque esa no es la vida. Recuerda que los planes y los tiempos de Dios son perfectos para nuestra vida. Es muy difícil en ocasiones entender sus planes, pero hay que confiar en él. Si no hay confianza, pídesela y decide levantarte cada día aferrándote a la vida, porque aún tienes algo que vivir, dar, compartir y aprender.

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