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Agencias
Publicado el domingo, 29 de mayo del 2016 a las 22:15
New York Times | Washington, EU.- La comparación resultaba ofensiva, por decir lo menos. El exgobernador de Massachusetts William F. Weld equiparó el plan migratorio de Donald Trump con la Noche de los Cristales, la horrorosa jornada de 1938 cuando los nazis destruyeron casas y negocios judíos en Alemania y mataron a decenas de judíos.
Pero si la analogía era una provocación, no se trataba de la única. La campaña de Trump ha generado un apasionado debate en torno a la naturaleza del atractivo del precandidato y alertas de críticos de izquierda y derecha sobre el potencial ascenso del fascismo en Estados Unidos. Los opositores más estridentes han comparado a Trump con Adolfo Hitler y Benito Mussolini.
Para sus seguidores, dichas comparaciones resultan tácticas difamatorias profundamente injustas empleadas a fin de perjudicar con fuerza a los conservadores y asustar a los electores.
Para un institucionalismo bipartidista cuyos cimientos se han visto cimbrados por la influencia de Trump, dicen estos seguidores, es más fácil desacreditar el apoyo hacia éste que reconocer la generalizada ira popular ante el fracaso de ambos partidos por hacer frente a los desafíos del país.
Pero el debate se da al tiempo que alrededor del mundo surgen preguntas acerca del renacimiento del fascismo, en general definido como el sistema gubernamental que ejerce poder completo y enfatiza el nacionalismo agresivo y a menudo el racismo. En sitios como Rusia y Turquía, líderes tales como el ruso Vladimir Putin y el turco Recep Tayyip Erdogan utilizan tácticas de hombres fuertes.
En Austria, un candidato nacionalista estuvo a tres décimos de un punto porcentual de convertirse en el primer jefe de estado de extrema derecha electo en Europa desde la Segunda Guerra Mundial.
En Hungría, un gobierno autoritario se apoderado de la prensa y puso vallas con alambre de navajas con el propósito de mantener a los migrantes fuera. Existen inquietudes de que Polonia llegue a seguir el ejemplo. Los partidos tradicionales de Francia, Alemania, Grecia y otros países se han visto retados por movimientos nacionalistas en un ambiente de crisis económica y oleadas de migrantes.
En Israel, las analogías fascistas de un exprimer ministro y un general de alto nivel han vuelto a enardecer el prolongado debate en torno a la ocupación de los territorios palestinos.
“La crisis del 2008 mostró la manera en la cual la globalización crea tanto perdedores como ganadores”, dijo Mark Leonard, director del Consejo Europeo para Relaciones Exteriores.
“En muchos países, los salarios de la clase media están estancados y la política se ha vuelto una batalla por el pastel de menor tamaño. Los populistas han cambiado las competencias entre izquierda y derecha en una lucha entre las élites cosmopolitas y los nacionalistas enojados”.
Probablemente el desencajamiento no conduzca a la repetición de la Europa de los años 30, pero sí ha echado leña al debate relativo a las tendencias políticas globales. Por momentos existe la tendencia a intentar definir los movimientos actuales como ideas comprensibles –en Medio Oriente hay quien se refiere a los grupos terroristas como islamofascistas– pero los académicos dicen haber un espectro que incluye el nacionalismo de derecha, la democracia iliberal y la autocracia populista.
“A nivel mundial, la situación que afecta a numerosos países es el estancamiento político y el arribo de inmigrantes”, dijo Robert Paxton, profesor emérito en la Universidad Columbia y uno de los estudiosos más eminentes sobre el fascismo.
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