En la mayor parte de la República mexicana tenemos panoramas muy diferentes en lo referente al agua proporcionada por el medio ambiente.
En la mayor parte del norte es técnicamente imposible producir en el campo dependiendo exclusivamente de las precipitaciones pluviales.
Gracias a obras de infraestructura, en varias regiones se captan escurrimientos en presas que sirven para regar zonas agrícolas; pero también, como alrededor de esas zonas agrícolas se asientan agricultores y familias que dependen directa o indirectamente de ellas, crecieron ciudades enormes que compiten con la agricultura por sus necesidades del vital líquido.
En esas regiones empezamos a ver limitada la superficie arable, al existir competencia con las necesidades de agua de la población.
En la agricultura se usan cantidades enormes de agua, pero la mayoría se filtra a los mantos que finalmente llegan a otros yacimientos. En sociedades educadas, esa ciclicidad es sabiamente determinada y administrada para lograr un uso eficiente.
Aparte, y muy importante, son raras las ciudades en el mundo ubicadas lejos de una gran fuente de agua, ya sea el mar, un río o un lago, excepto en México.
En las poblaciones la historia no es igual: por cada habitante se gastan entre 150 y 300 litros diarios, y su aprovechamiento posterior es nulo por motivos de sanidad; entonces, el agua pasa a ser un problema en su manejo. En algo se solucionan los problemas con plantas tratadoras, pero, aun así, su uso por la población es cuestionable y hasta peligroso.
En buena parte del país la sequía es más antigua que la corrupción, y la cultura mexicana ha sido indolente ante el problema; en cada poblado con frecuencia hay problemas de desabasto.
Cuando llegaron hace más de 500 años Cortés y sus extremeños al valle de lo que ahora es la CDMX, encontraron una cultura amante de hacer pirámides y observar el cielo, pero deficiente en la solución de sus problemas. Después de todo este tiempo, los descendientes de esa fusión heredamos ese nulo interés en esa cultura.
Es más cómodo culpar al destino o a nuestros supuestos enemigos.
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