¿Hubo o no hubo este fin de semana un rompimiento entre López Obrador y Sheinbaum, a causa del regreso de Rocha Moya a la Gubernatura de Sinaloa? Quiero pensar que así fue, sin embargo, no podría asegurarlo, pienso que esta fractura le haría mucho daño al movimiento, lo cual no se lo permitirían los morenistas ni tampoco los lopezobradoristas. Pero entonces, ¿quién tiene realmente el control político de Morena y del Gobierno?
Siempre he escuchado decir que en este país, no se mueve una hoja del árbol sin la autorización del Presidente, en este caso de la Presidenta. Dadas las circunstancias y la personalidad del expresidente súper necio, soberbio y renuente al máximo de dejar el poder, se diría que él todavía lo tiene pero desde las sombras y que por ningún motivo dejaría el poder en manos de su sucesora.
En otras palabras la doctora “reina pero no gobierna”, tal como sucedía con los expresidentes Emilio Portes Gil (1928-1930), Pascual Ortiz Rubio (1930-1932) y Abelardo L. Rodríguez (1932-1934). Hagamos un poco de historia. Tras el asesinato de Álvaro Obregón en 1928 (Presidente electo), México quedó sin salida constitucional clara para la sucesión. Calles, que terminaba su propio sexenio, dio un paso que pareció audaz: anunció que no se reelegiría y que México entraba en una etapa de “instituciones y leyes” en vez de “caudillos”. Pero en la práctica se convirtió en el poder detrás del trono. Calles impulsó a Lázaro Cárdenas como candidato para 1934, pensando que sería otro Presidente manejable. Se equivocó.
Cárdenas, ya en el poder, hizo algo que ningún antecesor había logrado: construyó su propia base con obreros y campesinos, se rodeó de gente leal a él y no a Calles, y poco a poco desmontó la red de control callista en el Gabinete, el Ejército y el Congreso. El desenlace llegó en 1936: Cárdenas expulsó a Calles del país, enviándolo al exilio en Estados Unidos. Con eso terminó el Maximato y comenzó lo que sería el verdadero fortalecimiento del presidencialismo mexicano –la figura que después definiría décadas de vida política en el país.
Recuerdo que mi padre me contaba que los militares enviados por el general Cárdenas habían sorprendido a Calles enfundado en una piyama rayada azul y blanco. Contaban que ese día Calles padecía una fuerte gripa y que se encontraba leyendo el libro Mi lucha de Adolf Hitler justo cuando fue aprehendido por las fuerzas de Gobierno en su maravillosa residencia de la colonia Roma.
Bueno, el caso es que al otro día, el 10 de abril de 1936, Calles ya vestido con su traje de tres piezas, fue conducido al Puerto Central Aéreo (como se decía antes al aeropuerto) donde en compañía de otros activos callistas –Luis L. León, Luis N. Morones y Melchor Ortega– abordó el avión que lo llevaría al exilio a San Diego California, donde estuvo cinco años sin regresar al país. Tengo entendido que lo acompañaba su hija Hortensia Elías Calles de Torreblanca, quien al morir su madre, hacía las veces de primera dama cuando su padre fue Presidente.
Fue tan intempestiva su salida, que el embajador estadunidense, Josephus Daniels, tuvo que tramitar un permiso de emergencia para recibirlo en territorio estadunidense –ni siquiera Washington estaba preparado para la velocidad de la operación. El mismo día de la expulsión, los periódicos ya daban la noticia antes de que el Gobierno difundiera un comunicado oficial, en el que Cárdenas explicaba las razones y asumía la responsabilidad legal y política del hecho. Con esto, Cárdenas puso fin al Maximato, aunque conservó el Partido Nacional Revolucionario que el callismo había fundado en 1929.
Algo semejante podría suceder estos días en nuestro país, la captura por parte de las fuerzas estadunidenses de Rocha Moya, también en piyama, o bien, lo mismo le podría suceder a Andy, con su bata carísima y con sus iniciales bordadas, mientras compra en línea unas chamarras de piel. Y por último por qué no imaginar a Andrés Manuel López Obrador, en su finca “La Chingada”, con su piyama de franela, mientras lee su libro de cabecera: Grandeza.
Mientras la presidenta Claudia Sheinbaum escribe en su X, con una sonrisa en los labios: “¡Ahí te ves, Andrés!”.
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