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Publicado el jueves, 30 de diciembre del 2021 a las 04:09
Ciudad de México.- Interesado en el sistema nervioso central, e intrigado por la novedad tecnológica de entonces, que permitía registrar la actividad de una sola neurona mediante microelectrodos, Pablo Rudomín dejó México en los 50 para irse a la Universidad Rockefeller, en Nueva York, becado por la Fundación Guggenheim.
Ahí pasaría un tiempo registrando la actividad de neuronas en la corteza cerebral con microelectrodos. Posteriormente, saltaría al Laboratorio de Biología Marina, en Woods Hole, Massachusetts.
La investigación que realizaban sobre fibras motoras en langostinos, encaminaría su carrera al estudio de la inhibición presináptica, proceso en el que las fibras sensoriales del sistema nervioso transmite información del entorno bajo el control de un mecanismo central.
Con una beca de la Fundación Rockefeller, partió después a Siena, Italia, donde analizaría la representación sensorial en el hipotálamo, como parte también de un plan mucho más favorable para él y su familia.
Fue una estancia sensacional de un año, resalta en entrevista. Y es que ahí conoció al futuro Nobel de Fisiología o Medicina, John Carew Eccles, a quien vio trepado en un árbol durante el descanso de un simposio en el que presentó la primera evidencia de inhibición presináptica en vertebrados.
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Regresé a México con estas ideas del control de la transmisión sensorial; eso era lo que me parecía muy interesante”, rememora Rudomín, que de vuelta en el país optó por integrarse al naciente Cinvestav (1961), cuyo director fundador era ni más ni menos que Arturo Rosenblueth, su mentor.
Para Rudomín, la cuestión de la inhibición presináptica lo llevó incluso a entablar diferencias con Rosenblueth, abierto opositor de Eccles.
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Demostrarle que la inhibición presináptica era un fenómeno se me volvió una especie de obsesión”, confiesa el investigador titular emérito del Departamento de Fisiología, Biofísica y Neurociencias del Cinvestav, del que fue jefe en el periodo 1992-2000.
Al final, todo ese trabajo le granjearía reconocimiento internacional, empezando por lo realizado con sus colegas para diferenciar entre los dos tipos de inhibición, presináptica y postsináptica: el diseño de una técnica para estudiar los cambios en los estímulos en las fibras nerviosas.
A diferencia de lo propuesto por Santiago Ramón y Cajal, Rudomín y su equipo demostraron que las fibras sensoriales no eran rutas invariables de transmisión de información, sino un sustrato dinámico donde ésta se podía transmitir en distintas direcciones.
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Este control de la información sensorial (desde la corteza cerebral y otras estructuras) es un modo que tiene el sistema nervioso para definir qué tipo de información necesita para realizar tal o cual trabajo. Esto nos ha llevado con los años a enfocar, precisamente, cómo se modula el flujo de información cuando lo que se transmite es información dolorosa, por ejemplo”.
En relación con esto, un análisis relevante y vigente al día de hoy ha sido el de los mecanismos que regulan las relaciones funcionales entre las neuronas en la médula espinal de los vertebrados, y cómo estas se modifican durante la inflamación producida por la inyección intradérmica de capsaicina –el principio activo del chile–. Un tipo de investigación como la galardonada este año con el Nobel de Fisiología.
A pregunta expresa sobre si sueña con el Nobel, Rudomín zanja, entre risas: “No, yo sueño con mi esposa”. Pero su trabajo sí se ha hecho merecedor a un premio Princesa de Asturias.
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Lo que me parece importante es que esta sea una línea de trabajo que se considera significativa. Para mí, lo importante no son los premios, sino el que se entienda que el trabajo que hacemos muchos en México es de calidad competitiva internacional”, concluyó.
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