Pues pasó lo que se anticipaba, ni más ni menos: la 4T ganó cuatro de las seis gubernaturas en juego y dio otro paso para consolidarse como un poder hegemónico, con todo lo que ello implica.
Se habla de que algunos estados habrán de resolverse en tribunales, que se aplicó una elección de Estado, que abundaron las irregularidades… pero, ¿a quién le importa un carajo?
Ahora todo es distinto, aunque sea igual. Antes había descarado acarreo de las fuerzas más siniestras que en ello alteraban la intención popular mayoritaria, y ahora hay descarado acarreo, pero es del “correcto”, para ayudar al pueblo bueno y sabio para que emita su sufragio.
Antes se entregaban despensas y otros apoyos como maniobras viles para comprar votos, y ahora se reparten despensas y apoyos para ayudar a los más necesitados, aunque sea día de elecciones.
Antes se cuestionaba a la autoridad que violaba la veda electoral, ya que ello suponía la intención de influir de manera ilegal en el proceso electoral, y ahora se anuncian obras de la 4T el mismo día de la elección, ya que el pueblo tiene derecho a saber lo que hace su Gobierno por él.
Pero no pasa nada, son formas, las mismas de siempre, las del “viejo PRI” que ahora conocemos como Morena.
El fondo es lo que importa y lo que sucedió el domingo es una prueba más de que mientras los mismos de siempre, anclados en sus personales y mezquinos intereses, ostenten la representación y por ello tomen decisiones en la llamada oposición, no habrá resultados distintos al del empoderamiento de la 4T.
Sí, no hay de otra y los “Alitos”, los “Chuchos” y los Markos deberían, por el bien del país, y de una buena vez y para siempre, irse al carajo.
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