Coahuila
Hace 38 minutos
A todos nos queda muy claro que el proceso globalizador ya no dio para más pues todos buscaron que la economía estadounidense lo financiara mediante la apertura indiscriminada de sus fronteras lo mismo a personas que a productos. Los adalides de dicha apertura clamaban que a sus bienes no se les impusiera barrera o tarifa alguna para ingresar a los EUA, pero a la inversa se mostraban muy celosos de la sacrosanta independencia y soberanía bajo cuyo manto las relaciones, en la realidad, dejaron de ser parejas. No vamos a clamar que los EUA representen un símil de bondad franciscana, pero ningún país, por más poderoso que sea, puede operar bajo un sistema de una sola vía en sus relaciones con el exterior.
En ese contexto, hoy, vemos un proceso de reacomodo en el contexto mundial que por momentos nos provoca escalofríos, pero que, visto desde la perspectiva de quienes gobiernan al norte del Bravo, es el camino único disponible si quieren preservar su liderazgo en el entorno externo y recomponer el interno. En ese proceso, el presidente Donald J. Trump estimó como un factor fundamental reordenar sus relaciones con los países de América Latina.
Es frecuente que al momento de analizar la forma en que se han dado las relaciones entre las naciones latinoamericanas y los Estados Unidos de América, lo primero que invoquemos es que éstas se han desarrollado bajo el manto de lo establecido en la Doctrina Monroe, la cual es resumida de manera simplista en la frase América para los americanos. Pocas veces es analizado el contenido y contexto bajo los cuales se originó. Asimismo, en ocasiones no escasas, se ha juzgado el actuar del estadista Benito Pablo Juárez García durante la intervención francesa, denostándolo por su reclamo para que se utilizara lo señalado en la Doctrina mencionada. Vayamos a los orígenes y cómo se transformó su interpretación a finales del Siglo XIX, inicios del XX.
La Doctrina Monroe debe su nombre al quinto presidente estadounidense James Monroe (1817-1825), siendo proclamada, en 1823, por el secretario de Estado, John Quincy Adams, justo al momento en que los países latinoamericanos lograban su independencia de España. La Doctrina establecía la prohibición de una nueva colonización europea; la no implantación de los sistemas políticos europeos en el hemisferio occidental; la no intervención para sofocar revoluciones; y la no intervención de los EUA en los asuntos internos de Europa. Esto fue un acto unilateral de los estadounidenses, no un tratado. En ningún momento estaba dirigida específicamente a un país. Asimismo, cabe mencionar que, en 1845, el periodista John O’Sullivan emite el Destino Manifiesto de América sustentado en la creencia de que El Gran Arquitecto encomendó a los EUA liderear el mundo en su transición hacia la democracia. Bajo estas dos percepciones, la de Monroe y Sullivan, América Latina estaría englobada, al transcurrir del tiempo, bajo la esfera de influencia de los EUA.
En estos días, ya vimos lo acontecido en Venezuela en donde China, Rusia e Irán estaban apoltronados cómodamente haciendo “negocios” con el tal Putrefacto quien nunca imaginó que le harían efectivos los preceptos de la Doctrina Monroe y su Corolario. Por descreído, hoy, está sometido a un régimen de pérdida de peso que ni “Weight Watchers” lo haría tan efectivo, ya lo veremos en un par de meses. Una vez que Venezuela se encuentra en un proceso para erradicar a sus sojuzgadores, el cual no será nada fácil, ni tan rápido como fuera deseado, llega el turno para otras naciones.
La que parece más próxima es Cuba, país que a lo largo de su historia ha vivido en la dependencia perene, España-EUA-URSS-la dictadura castrista-escarceos con China. Hoy, busca como salir de la dictadura en que devino la revolución fracasada que solamente proveyó a sus ciudadanos con pobreza, represión, ciudadanos acostumbrados a recibir la dadiva, algo que, se acepte o no, termina por matar la iniciativa individual, y líderes viviendo en la opulencia. ¿Alguna semejanza por ahí? En el ayer, a finales del Siglo XIX, Cuba buscaba salir de la opresión ejercida entonces por España. Al final, lo lograría vía la utilización de la Doctrina Monroe que la llevaría a otra dependencia. Pero, revisemos lo acontecido en aquellos tiempos.
Era el mes de febrero de 1898, habían transcurrido tres años desde que José Martí Pérez y otros patriotas iniciaran el movimiento para que Cuba se independizara de España. En ese punto de la lucha, los Estados Unidos decide que era necesario proteger sus intereses en la isla caribeña y envía la embarcación USS Maine. La lucha independentista era seguida muy de cerca por los enviados de los periódicos The New York World, propiedad de József Pulitzer, y The New York Journal cuyo dueño era William Randolph Hearst. Ellos fueron los creadores de la prensa amarillista, ese era el color de las páginas de sus diarios en las cuales competían por ver quien alcanzaba el grado mayor de sensacionalismo en sus notas. En esas andaban cuando, el 15 de febrero de 1898, Pulitzer y Hearst recibieron como maná caído del cielo la noticia de que la embarcación estadounidense Maine había explotado. Un evento acerca del cual, hasta nuestros días, aún no se define que fue realmente lo acontecido. Unos dicen que fue una mina y otros que una explosión en la cocina. Sin embargo, para ese par de editores, entonces, y siempre, 274 muertos representaban un número suficiente para inflamar el fervor patrio. La narrativa periodística que prevaleció, compartida por autoridades y ciudadanos estadounidenses, fue que los responsables eran los españoles y deberían de pagar.
Para revisar lo sucedido, recurriremos a Walter Lafeber en “The American Age: United States Foreign Policy at Home and Abroad Since 1896” (1994). En dicho texto, se apunta que entre el 20 y 28 de marzo de 1898, el presidente William McKinley (1897-1901) presentó una serie de demandas a España. Entre ellas destacaban que: deberían de pagar una indemnización por el hundimiento del Maine; prometer que no utilizarían la política del reconcentrado [la política de mover a los civiles cubanos a poblaciones del centro en manos del ejército español]; declarar un cese al fuego; y, negociar la independencia de Cuba, sí fuera necesario, a través de la intervención de los EUA. España aceptó todas las demandas, excepto la última. Como consecuencia, se incrementó la presión en los EUA; entre las voces más demandantes se encontraban la del subsecretario de marina, Theodore Roosevelt. El 11 de abril, el presidente McKinley solicitó al Congreso autorización para declarar la guerra dado que tres años de lucha en la isla amenazaba la vida de los cubanos, las propiedades de los estadounidenses, y la tranquilidad misma de los EUA.
Tras un debate feroz, ambas Cámaras aprobaron, el 19 de abril, la declaración referida que al día siguiente fue firmada por McKinley. El presidente aceptó la llamada Enmienda Teller en la que se especificaba que el objetivo no era obtener el territorio de Cuba sino de Hawái. Tras una serie de acciones militares, el 25 de abril, los EUA declararon estado de guerra con España, lo cual persistiría durante los 113 días siguientes. En ese inter, tan pronto como los buques estadounidenses destruyeron, en mayo de 189, la flota española en Filipinas, el presidente solicitó al Senado la anexión de Hawái. Esta solicitud revivió después de que, en 1897, Japón envió buques de guerra a esa isla con la finalidad de que formara parte de su territorio. Sin embargo, no todos los estadounidenses estaban convencidos, los productores de azúcar temían ser desplazados por las importaciones del producto de aquellas tierras. Al no contar con los 60 votos requeridos, McKinley promovió una resolución conjunta de ambas Cámaras, utilizada en 1846 para incorporar Texas. Así, el 12 de agosto de 1898, Hawái pasó a ser parte de los EUA. Meses antes, McKinley declaraba: “necesitamos a Hawái y un buen acuerdo, tanto como lo hicimos con California. Este es el destino manifiesto.” Era tiempo de atender totalmente el conflicto en Cuba.
Mientras tanto, un escuadrón español cruzaba el Atlántico, a la vez que por el Pacifico se desplazaba el USS Oregon para atravesar el Cabo de Hornos y de ahí subir por el Atlántico hasta el Caribe en un viaje que duró 68 días. En ese contexto, se reafirmó la idea de que era necesario construir un canal ístmico que atravesara América Central.
Cuando ambas flotas se encontraron en Cuba, doce embarcaciones estadounidenses destruyeron la flota hispana, una lucha en donde un estadounidense perdió la vida. Para entonces, Theodore Roosevelt al frente de los Rough Riders ya había tomado la Colina de San Juan y curado parcialmente el trauma que lo aquejaba desde que se enteró como su padre pagó a otro para que combatiera en su lugar, el del padre, en la Guerra Civil Estadounidense. Al finalizar la contienda que el secretario de estado, John Milton Hay, llamara “una guerra pequeña esplendida,” 2900 estadounidenses perecieron, de los cuales 2500 fue debido a enfermedades, se erogaron 250 millones de dólares, se obtuvo el control de Cuba y ya se habían anexado Hawái. Sin embargo, eso no fue todo, mediante los Acuerdos de Paris, firmados el 10 de diciembre de 1898, se conviene la futura independencia de Cuba, concretada en 1902, y España cede, a los EUA, Filipinas, Puerto Rico y Guam. Por su parte, el subsecretario de estado, John Basset Moore, citado por LaFeber, mencionaba que la nación pasó de una situación de libertad relativa con enredos a ser considerada una potencia mundial.
Los EUA no ocuparon territorialmente Cuba, pero mediante la Enmienda Platt ejercieron su influencia. En ella, se estipulaba que los EUA tenían derecho a intervenir como lo desearan para proteger la independencia de Cuba; la deuda cubana debía de ser limitada para que los acreedores europeos no la usaran como excusa y utilizar la fuerza para cobrarla o tal vez apoderarse como compensación del territorio cubano; los EUA demandaban rentar por 99 años la base naval de Guantánamo (extensión de 117 km² arrendados a partir de 1903), y, desarrollar un programa sanitario extenso para la población cubana que permitiera hacer la isla más atractiva para los inversionistas estadounidenses. La Doctrina Monroe era llevada a la práctica. Pero los EUA ya eran una potencia mundial y tenían que actuar en otras arenas.
En ese contexto, el secretario de estado, John Milton Hay, al igual que muchos estadounidenses, padecían una fascinación con Asia, especialmente con China. Hay veía que el futuro del comercio estaba en aquella región y mencionó que quien entendiera a China tendría la llave del mundo de la política por las próximas cinco centurias. En lo que se conoce como “The Open Door Notes,” escritas en 1899 y 1900, Hay pidió a las otras potencias (especialmente Rusia y Alemania) que no cargaran a los extranjeros más de lo que sus propios ciudadanos pagaban por los privilegios de transporte de carga y ferrocarril en las llamadas esferas de influencia en China que cada potencia clamaba detentar. Hay insistía en que la tarifa general de China se utilizase para todas las esferas de influencia, y que China recolectara los derechos. Era necesario reforzar la integridad territorial de China. Ninguna de las otras potencias estuvo de acuerdo con las Notas de Hay, pero tampoco las rechazaron. Hay logró un acuerdo con Gran Bretaña, Japón y Francia. Ante esto, Alemania y Rusia, que se detestaban mutuamente, no tuvieron otra alternativa que aceptarlas o desafiar a las otras potencias. Pero algo más sucedería en China por aquel entonces.
A principios de 1900, la Emperatriz Dowager, Cixi, quien encabezaba la dinastía Manchú que se encontraba en decadencia plena, promovió una política radical anti extranjera para lo cual utilizó a una sociedad militarista conocida como los Boxers cuyos miembros procedieron a atacar a los foráneos y sus propiedades. Rusia, Alemania y aun Japón tuvieron que hacer uso de esos mismos Boxers para sellar algunas partes de China dentro de sus propias esferas de influencia. La situación empezó a revelar las ventajas de las acciones realizadas por los EUA a finales del siglo XIX.
Pronto, McKinley pudo mostrar porque había sido importante adquirir las Filipinas. Ordenó la movilización de cinco mil elementos del ejército estadounidense para que se dirigieran de Manila hacia China. Mientras tanto, Hay solicitó a todas las potencias que directamente declararan comprometerse a preservar la integridad territorial y administrativa de China. Todos aceptaron cumplir el requerimiento realizado por el secretario de estado de los EUA. Hay entendió la necesidad que su país tenía de mercados comerciales y religiosos y el limitado poder que podía ejercer en la región. McKinley no veía otra opción sino tratar de mantener a las otras potencias alineadas voluntariamente respaldando la política de puertas abiertas. Esto no se podía alcanzar mediante el uso de la fuerza militar estadounidense.
Al realizar todas estas acciones, McKinley había convertido a los EUA en una de las grandes potencias, emergiendo como un rival para los europeos. Sin embargo, el objetivo primordial de los estadounidenses ya no era la adquisición de más territorio, lo que deseaban era apoderarse de los mercados. En ello, veían una alternativa que les permitiría estar a salvo de situaciones como las que vivieron durante la post depresión de 1893. El presidente McKinley proclamó que no era posible, ni deseable vivir en un estado de aislamiento. Por ello, los EUA tendrían que diseñar un esquema nuevo de tarifas, acompañado de otras políticas, que les permitiera conquistar los mercados comerciales del mundo. Con la prosperidad rampante y los territorios adquiridos, los estadounidenses no tuvieron mucha dificultad para reelegir, en 1900, a McKinley quien derrotó nuevamente a William Jennings Bryan. Todo lucía esplendoroso para McKinkley quien fue un ejecutivo moderno que proveyó a su país con una clase de liderazgo diferente.
Sin embargo, el 6 de septiembre de 1901, al inaugurar la Exposición Panamericana, en Búfalo, New York, William McKinley recibió los disparos del anarquista Leon Czolgosz. El 14 de septiembre de 1901, víctima de gangrena, fallece el vigésimo quinto presidente de los EUA. En caso de que alguien hubiera pensado que este hecho detendría el avance estadounidense, el porvenir les mostraría cuán equivocados estaban.
Inmersos en el proceso para consolidar su presencia mundial en lo general y en América Latina en lo particular, el sucesor de McKinley, Theodore Roosevelt, habría de imprimir un sello propio a la utilización de la Doctrina Monroe como vehículo para llevar las relaciones con las naciones latinoamericanas. Este tópico lo abordaremos la semana próxima, siempre y cuando usted, lector amable, decida acompañarnos en su revisión. [email protected]
Añadido (26.03.08) ¿Será tan difícil de entender que la terminación del TMEC no implica la desaparición de las relaciones comerciales México-EUA, sino simplemente un replanteamiento bajo una perspectiva bilateral? Reconozcámoslo, los hombres de negocios mexicanos y nuestro gobierno no fueron capaces de aprovechar las oportunidades generadas al amparo del TLCAN y el TMEC. Prefirieron un país maquilador a uno generador de bienes que añadieran valor agregado, prevaleció el espíritu de comerciante sobre el de empresario.
(Añadido 26.03.09) “Corruption News Network”, conocida por sus adoradores en Mexico como CNN, publicó el 14 de marzo de 2023: “La inflación en los EUA continúa siendo alta, pero descendiendo. El mes pasado, el Índice de Precios al Consumidor alcanzó una tasa del 6 por ciento lo cual representa un descenso comparado con el 6.4 por ciento registrado en enero”. La misma cadena, el 13 de enero de 2016, dio a conocer que “la tasa de inflación en los EUA fue de 2.7 por ciento en diciembre, lo que pone de relieve los persistentes desafíos relacionados con el costo de la vida”. Ni quien lo dude, la “objetividad” informativa en todo su esplendor.
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