En Saltillo se registró un suceso que para la ciencia médica no tiene explicación, ¿entonces el milagro es aceptable?
Una gangrena gaseosa en cavidad abdominal es una muerte inmediata. El evento no tiene explicación ni natural, ni fisiológica.
El médico homeopático Alberto de la Peña Rebonato tuvo que enfrentar dos amargas y dolorosas experiencias en muy corto tiempo. La sirvienta raptó a su bebé de escasos meses de nacido, y con la preocupación y el susto el doctor tuvo una descompensación en sus defensas inmunológicas y contrajo una bacteria que le comía los intestinos.
El robo del niño tuvo un final feliz, pues fue regresado sano y salvo a casa. Diego Alberto es el único hijo de Alberto y María Esther. Diego Alberto apareció en la escena de la pareja luego de 14 años, tres meses y cinco días de casados. Batallaron mucho para que llegara y ese también fue un milagro.
Las horas transcurrían lenta y largamente ese día del rapto del pequeño. Gracias a Dios el problema no pasó a mayores, pues la sirvienta que lo raptó regresó al niño.
Pero ese hecho repercutió en su constitución física y emotiva, y nueve días después tuvo que ser internado de urgencia en el Hospital Christus Muguerza de esta ciudad.
El doctor De la Peña sufrió una descompensación en su organismo. Su sistema inmunológico se deterioró, se redujeron sus defensas y una bacteria anaeróbica en el abdomen comenzó a expenderse, creando un cuadro sumamente grave.
Este tipo de bacterias se van comiendo de forma muy rápida el tejido y ningún tratamiento o antibiótico funcionaba para controlar el avance de la enfermedad. En muy poco tiempo la bacteria que se inició en el abdomen ya invadía las piernas del galeno. Tuvieron que hacerle varias operaciones, pues se alojaba en las partes donde no existe oxígeno, solo así no permitían el avance de la enfermedad.
Como ya no toleraba la anestesia, las cirugías se hacían en carne viva y dos veces por día.
Prácticamente los médicos lo desahuciaron, pues no respondía a ningún medicamento y le daban como máximo 48 de vida.
El doctor De la Peña Rebonato, un buen homeópata, contaba con extraordinaria clientela y la gente al ver que el buen médico ya no consultaba, empezó a preguntar por él y pronto se enteraron que estaba al borde de la muerte. Muchos comenzaron a hacer oración pidiendo a Dios por la salud del enfermo, mientras este luchaba contra la enfermedad, denodadamente.
El problema llegó a oídos de las Hermanas Catequistas Guadalupanas, una congregación que fundó el obispo Jesús María Echeverría y Aguirre. Promovieron aún más las cadenas de oración entre la gente, en general entre la población y en los colegios católicos, lo cual agrandó sobre manera el círculo de elevación del pedimento hacia Dios.
Las hermanas catequistas suplicaron angustiadas al obispo Echeverría que intercediera ante Dios por la salud del doctor De la Peña y el milagro operó, aun cuando estaba desahuciado, pues según la ciencia médica, este tipo de enfermos solo dura 24 horas, máximo 48. Pero para sorpresa de médicos y enfermeras, un día amaneció mejor y con la tendencia a la baja de las mortíferas bacterias. Pasaron los días y como suele decir, como por arte de magia, el mal despareció.
Inexplicablemente la bacteria empezó a retroceder, mejoran sus signos vitales y paulatinamente ante la incredulidad de quienes lo atendían empezó a recuperarse, y sorprendentemente sin tener consecuencias; finalmente quedó sin secuelas de la enfermedad.
La beatificación de monseñor Echeverría sigue en proceso ante el Vaticano.
Médicos, enfermeras y demás personal que atendieron al doctor De la Peña dieron su versión original y fidedigna de lo que sucedió. Para que la Iglesia católica acepte la beatificación, se necesita de la más completa comprobación y certeza de que hubo intercesión de Dios para la sanación del paciente.
Más sobre esta sección Más en Opinión