En ocasiones, escuchar a López Obrador es como escuchar un sermón, una homilía dominical en alguna parroquia, en la que se plantean cosas que no dejan espacio más que para abrazar el principio de fe. No hay pruebas, e incluso se puede vapulear la lógica y el sentido común, y aun así se demanda creer.
Sí, en ocasiones escuchar a López Obrador es como escuchar a un pastor que se dirige a su más incondicional feligresía, y que tiene certeza plena de que no necesita probar, demostrar, argumentar nada. Basta con su palabra y le creerán.
Esta es una lógica de comunicación cotidiana, pero hace unos días, nuestro Presidente, la máxima autoridad de todos los mexicanos, estiró un poco más la liga y afirmó que, y cito: “si no se hubiese dado el cambio en el 18, ya Pemex estaría en bancarrota, la CFE lo mismo, y un caos en el país; México estaría hundido, no hubiesen podido enfrentar la pandemia como lo hicimos, hubiese costado muchísimo más vidas; estaría el país destrozado”.
¡Ay, pueblo bueno y sabio, todo lo que tienes que escuchar -y por los resultados de las encuestas, ese reciente 62% de aprobación-, crees ciegamente! En fin.
El detalle es que no existe ninguna ruta lógica o sensata que permita afirmar que las cosas podrían haber sido distintas, mejores o peores, a como lo son. El podría haber sido es imposible de comprobar y por lo tanto nadie, y mucho menos un gobernante, puede contrastar lo que es con lo que simplemente no es.
Pero eso no le importa al pastor que se dirige a su rebaño; sabe que le creerán, aunque lo que diga, sus otros datos, sean imposibles de comprobar.
Finalmente, le invito a considerar lo siguiente: una persona con criterio, una persona que no rinde culto a nadie, que no otorga estatus de verdad absoluta todo lo que le dicen, no podrá ser reducido a etiquetas. No será ni de izquierda ni de derecha, ni chairo ni fifí; será una persona libre, un verdadero ciudadano.
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