Tan solo en los dos primeros meses de este año nueve personas en Monclova se han quitado la vida y aunque digan que no somos una sociedad fallida definitivamente algo no está funcionando; de mantenerse la tendencia este año terminaría con una cifra de escándalo.
Ante la ola de suicidios las autoridades no han podido ni sabido revertir este serio problema al estar más preocupadas por cuestiones electoreras y soñar con su futuro político.
Hasta el momento solo se han abocado en atender los efectos evadiendo enfrentar las causas que originan los suicidios, limitándose a declaraciones huecas y actividades de dudosa efectividad e intrascendentes. Atacar este problema de raíz no es rentable políticamente hablando ya que los resultados se verían a largo plazo y por lo mismo carecen del efecto mediático que todas las autoridades persiguen apasionadamente con toda inmediatez.
A nadie le importa que la cultura del esfuerzo esté agonizando para dejar su lugar a la ley del mínimo esfuerzo y al universo de las redes sociales donde todo es efímero, todo sucede demasiado rápido, donde los límites y las responsabilidades se van desvaneciendo, las quejas, el canibalismo y la inconformidad se han vuelto el común denominador y la mayoría de las veces no se pasa del “like” y todo se reduce a navegar, opinar y señalar culpables.
Esta situación es más crítica en las nuevas generaciones que se distinguen por vivir pegadas a sus dispositivos digitales y por estar sobreprotegidas, en la que sus padres desean que sus hijos tengan un mundo más cómodo y sin dolor, que confunden confort con bienestar, que sus hijos tengan lo que ellos no pudieron tener y que no sufran, aunque eso sea imposible.
Son generaciones que han estado creciendo bajo un pesado manto de sobreprotección que les impide obtener las herramientas necesarias para salir adelante en la vida y que padecen una severa inmadurez emocional que las incapacita para sobreponerse a los fracasos y sin tolerancia a la frustración. Son generaciones de chavos que no saben cómo afrontar el mundo fuera de su burbuja de sobreprotección, que sus padres no dejan que se tropiecen y que se caigan y por lo mismo no han aprendido a levantarse. A estas nuevas generaciones se les conoce como la generación de cristal porque son sumamente frágiles, que se rompen fácilmente, lo que explica el por qué la salida por la puerta falsa resulta una opción atractiva. Sin mencionar el fácil acceso a las diferentes drogas destructivas y el alcoholismo entre adolescentes.
La sobreprotección en el hogar -si es que se le puede llamar hogar- repercute en las escuelas donde los padres de familia intervienen directamente con la disciplina escolar evitando que aprendan a enfrentar y resolver sus problemas. Son padres de familia que se quejan continuamente por las tareas y que si el profesor les exige responsabilidad a sus alumnos hacen un plantón y cierran la escuela.
Lamentablemente son padres que no están preparados para educar ni para enseñar el equilibrio entre el sacrificio y la diversión, que pretenden que la vida para sus hijos sea color de rosa sin saber enseñarles que hay días de todos colores, incluso grises y negros, que ocasionan que sus hijos tengan muy baja autoestima, que busquen el reconocimiento constante y que sean intolerantes a la crítica. Basta ver lo que publican en Facebook.
Esto contribuye notablemente para que seamos una sociedad fallida que confunde apoyar con sobreproteger, educar con solapar, felicidad con riqueza, descanso con flojera y que a menudo ya no distingue la realidad del mundo virtual dominado por la incontenible influencia y ejemplo de los youtubers, tik-tokeros e influencers que pregonan y presumen los valores de fama, dinero y poder que todo mundo debe tener, que su meta en la vida es ser admirados, tener miles de seguidores y millones de “likes” para hacer dinero fácil.
Ante esta situación se desconoce dónde están y qué están haciendo las autoridades encargadas de atender a la juventud, qué programas tienen, dónde están las autopsias psicológicas de los suicidas, dónde están y quiénes son los psicólogos preparados para atender a los jóvenes, dónde están los estudios que permitan a familiares y maestros identificar los factores de riesgo que describen el perfil de la conducta suicida para lograr su prevención y – de existir- cómo los están difundiendo, dónde están las opciones de entretenimiento para los jovenes tanto deportivas, recreativas y culturales.
No es con marchas ni declaraciones banales como se ayuda a quienes tienen la intención de quitarse la vida, tampoco con buenos deseos para hacer frente a este serio problema que afecta a todos y en especial a las nuevas generaciones. No basta con preocuparse, urge pasar a la acción y eso es obligación de todos.
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