Cuando el Gobierno ruso de Vladimir Putin invadió Ucrania en febrero de 2022, la reportera Carolina Chimoy vivía en Washington, donde era corresponsal de la cadena alemana DW. El hombre que más tarde adoptaría el alias de “Cóndor” vivía en su país, en América Latina, donde tenía un negocio, un apartamento y una novia. Poco después, ambos terminaron en Kiev, ella para cubrir la guerra, él para pelearla.
En los últimos cuatro años, miles de soldados latinoamericanos, como “Cóndor”, se han incorporado a las filas ucranianas. No hay cifras oficiales de cuántos son, pero se calcula que son más de 10 mil y que representan la mitad de todos los soldados extranjeros que combaten por ese Ejército.
Quizá por eso –porque es una de las historias menos conocidas de esa guerra, a pesar de que abarca a miles de personas y familias en América Latina–, Carolina dedicó los últimos años a documentar quiénes son estos soldados, por qué viajaron a Ucrania y por qué decidieron quedarse allí.
Es fácil pensar que cuando alguien, casi siempre un hombre, se alista en un ejército extranjero, no lo hace por ánimo patriótico, sino para ganar dinero. En efecto, los soldados latinoamericanos que han llegado a Ucrania dicen que ganan un salario mucho mayor que el que ganarían en los ejércitos de sus países. Dicen también que llegaron a Ucrania para obtener una buena compensación para su familia: unos 300 mil dólares si caen en combate, cifra mucho mayor de la que recibirían si los matan en sus países durante una misión militar. Pero el trabajo de Carolina como corresponsal de guerra demuestra que el dinero no es la única razón por la que estos soldados están allí.
Cuando un periodista cubre un tema tan difícil como una guerra, lleva tiempo pasar de una cobertura superficial, que cuenta lo que se ve desde fuera, a otra que relata las emociones y el horror, las historias que permiten entender que en los países en guerra la vida sigue, que la gente se enamora, toma café por las mañanas, hace sus vidas, a pesar del miedo. Carolina ha logrado un acceso increíble a estos soldados latinoamericanos, producto de un largo esfuerzo para ganarse su confianza y documentar no sólo sus acciones, sino también sus razones.
“Cóndor” es uno de estos soldados. Después de años de hablar con él, Carolina logró que le diera una entrevista sobre su vida y que le contara por qué fue a la guerra. El resultado es una historia que permite redimensionar todo lo que hemos leído en las noticias sobre esa invasión rusa y los años atroces que le han seguido. Carolina también lo hizo con Panamá, otro soldado latinoamericano, y con el entrenador de estos soldados, un hombre mexicano. Lo hizo con otros soldados, quienes le contaron cómo han encontrado en Ucrania compañía y consuelo para sus traumas. Le contaron cómo ir a la guerra significaba para ellos aspirar a una vida mejor y cómo han hallado en Ucrania una familia, un sentido de pertenencia e incluso el amor.
En los últimos meses, he tenido el privilegio de ver y escuchar estas historias increíbles a través de un podcast, Alias “Cóndor”, que Carolina escribió y que yo edité, junto con mis colegas Marta Martínez y María García, de Futuro Media, donde trabajo, y otros colegas de DW y LA Times Studios. El podcast es duro; te lleva a las trincheras, al horror de que cuando un soldado mata a otros, es “ellos o yo”. Pero también es divertido y conmovedor, porque muestra sus historias fuera de las trincheras y los gestos tremendos de humanidad que ocurren aun en las situaciones más macabras.
Como periodista, he documentado durante años las atrocidades de la violencia en América Latina, asociadas con los cárteles del narcotráfico y con los abusos de los ejércitos que los combaten, que a menudo también matan a civiles que no tienen nada que ver ni con el narco ni con el Gobierno.
Ahora, editar Alias “Cóndor” me ha permitido reflexionar sobre la guerra en Ucrania y también sobre las violencias latinoamericanas que expulsan a sus soldados hacia esa guerra inhóspita y ajena. Alias Cóndor es una ventana que nos permite, desde lejos, entender nuestro presente, mientras nos recuerda que, en las situaciones más extremas, importan un gesto, una ayuda pequeña y la esperanza. Cuánto importa, en este mundo de desinformación y soledades, pelear por algo en lo que crees.
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