En estas fechas dedicadas a honrar y conmemorar la vida de los seres queridos que han fallecido, y para dar la bienvenida al regreso de sus espíritus, hoy rindo homenaje a dos almas buenas que ya moran en el infinito.
Quise en mi imaginaria montar un altar de muertos en memoria de doña Isabel Hernández y don Justino López, ella regiomontana, el oaxaqueño. En medio de la flor de cempasúchil, el papel picado, las velas y veladoras, las calaveritas de azúcar, el pan de muerto y algo que les gustaba mucho a ellos las tostadas con carne deshebrada de gallina y el copal o incienso, así como sus fotografías y algunas prendas de vestir cotidiano como los mandiles con los cuales atendían a su clientela.
Estos elementos se colocan tradicionalmente en altares u ofrendas para dar la bienvenida a los espíritus de los difuntos y guiarlos en su camino.
Don Justino y Doña Isabel, que en paz descansen, fundaron en Saltillo hace 58 años el primer restaurant especializado en tostadas con carne deshebrada de gallina, sobre “una cama” de salsa de aguacate y tomate verde, aderezadas con crema.
Ellos forman parte de un cuento de amor y comercio que, aunque parezca irreal, fue cierto. Ambos se conocieron en una taquería en la ciudad de Monterrey, donde trabajaban; tras el correr del tiempo contrajeron matrimonio.
Su patrón puso a unos de sus hijos, un restaurant especializado en tacos y tostadas, estilo los de la Siberia de Monterrey, en Saltillo. El negocio fracasó; el empresario se los cedió a doña Isabel y a don Justino quienes, desde 1967 del siglo pasado, se hicieron cargo del negocio ubicado inicialmente en Aldama y Xicoténcatl, que atendieron hasta hace unos cinco años en que ambos murieron. Pero ellos no sólo se fueron al morir, sino que regresan en espíritu para orientar a algunos de sus hijos que continúan la tradición del negocio para servir a cientos de comensales que los siguen prefiriendo.
La pareja trajo al mundo a 11 vástagos, cuatro mujeres y siete hombres, uno de estos ya fallecido. De ellos sólo tres siguen la tradición de los tacos y las tostadas; José Horacio, Laura Leticia y Luis Arturo. Pero ya viene empujando muy fuerte la tercera generación de los López Hernández.
Con esta colaboración quise homenajear a estos dos personajes de nuestro tiempo, en medio de la festividad de muertos en México, llena de color, respeto y alegría que honra a los seres queridos fallecidos con ofrendas y visitas a los cementerios. Montando altares de ofrendas en los hogares, en las escuelas y en los lugares públicos, decorados con cempasúchil, velas, calaveras de azúcar, papel picado y los platillos favoritos de los difuntos, ya que se cree que sus almas regresan para convivir con los vivos.
Y recuerdo a doña Isabel y a don Justino, ataviados con sus límpidos mandiles, elaborando los tacos y las tostadas y atiendo solícitamente a sus clientes, en aquel negocio primario de las calles Aldama y Xicoténcatl.
Aunque las fechas fuertes de esta celebración son el 1 y 2 de noviembre, es desde el 28 de octubre que se cree hay almas que bajan a estar en este plano, ese día se ofrenda a los fallecidos de manera trágica, por violencia o accidentes; el 30 y 31 son días dedicados a los niños que murieron sin haber sido bautizados, los fieles difuntos.
Es tiempo de visitar los cementerios para limpiar las tumbas y decorarlas con flores y velas. De acuerdo a la tradición indígena y española, existe la creencia de que los difuntos descienden para convivir en la imaginaria con sus seres queridos y que se retiran a las 15:00 horas del día 3 de noviembre.
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