Pocos presidentes han tenido tan mala prensa como Andrés Manuel López Obrador. En parte, porque ninguno la refutó ni recortó el presupuesto para publicidad e imagen, y menos aun abrió la información sobre el pago a periodistas por concepto de divulgación y “otros servicios”, como lo ha hecho el Gobierno de la cuarta transformación. La costumbre era condescender con los medios de comunicación y tratar bien a los columnistas, así fueran pícaros o
barbajanes.
En el fondo se trataba de valores entendidos. La mayoría de los presidentes había ganado en elecciones fraudulentas y buscaba legitimidad y consensos, no ahondar más los conflictos. De esa manera se acorazaban frente a escándalos de corrupción y de otro tipo. En esa relación, empresarios mediáticos devinieron contratistas del Gobierno y muñidores: colocaban a incondicionales en puestos de la Administración, promovían candidaturas y sentaban en sus mesas a procuradores, magistrados y funcionarios de alto perfil. El modelo se reprodujo en los estados.
Peña Nieto excedió todos los límites. Además de torpe, ha sido uno de los presidentes más venales junto con Miguel Alemán y Carlos Salinas, cuya relación con algunos mass media, en especial con la televisión, fue más allá del simple intercambio de favores. Heredero de la cultura de Atlacomulco según la cual el dinero todo lo compra, Peña gastó en su sexenio más de 60 mil millones de pesos en medios afines y desdeñó a los adversos. De nada valió, pues terminó como el Presidente peor calificado.
Lo anterior permite extraer una lección: los medios y periodistas que más aplauden y siguen a pie juntillas los dictados del poder no son los mejores puentes entre sociedades cada vez más críticas y gobiernos cada vez menos creíbles. Para el “telepresidente” Peña las cosas marcharon al principio más o menos bien. Ovacionado por la oligarquía, en febrero de 2014 apareció en la portada de la revista Time como el “salvador de México”. Las reformas pactadas con el PRI, PAN y PRD eran su carta de presentación en las ligas mayores. La educativa y la energética ya fueron revertidas.
Diez meses después, el pedestal se convirtió en paredón. El 9 de noviembre, Aristegui Noticias presentó un reportaje sobre la compra de una mansión de 7 millones de dólares a Grupo Higa, contratista del Gobierno, por parte de la primera dama Angélica Rivera. El escándalo dio la vuelta al mundo, la imagen de Peña se pulverizó y a López Obrador le sirvió la presidencia en bandeja de plata. Indefendible, la cleptocracia se hundió en su propia inmundicia y, de alguna manera, arrastró a los medios y periodistas que hicieron la vista gorda.
Impugnado por la mayoría de los medios y líderes de opinión en sus tres candidaturas presidenciales, López Obrador dio la vuelta a la tortilla. El periodista Jorge Zepeda Patterson, cuya posición enfurece a los antagonistas de AMLO, escribió al respecto: “El pulso entre el Presidente y la llamada comentocracia es inédito en el país. Por lo general el Gobierno en turno solía afrontar algunas plumas críticas, pero el aparato publicitario y de comunicación terminaba por conseguir una cobertura favorable o comprensiva con el soberano, por más que hubiera excepciones. Hoy el panorama se ha invertido. La mayoría de los periodistas estelares, los que cuentan con cientos de miles o millones de seguidores en redes sociales, tunden al Presidente”.
¿Y qué ha pasado? Hasta hoy, nada.
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