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AMLO propone Acuerdo Nacional de la Democracia

  Por Columnista Invitado

Publicado el jueves, 4 de marzo del 2021 a las 10:38


Por Francisco Humberto Rangel Turón El Acuerdo por la Democracia es la proposición en la que López Obrador se compromete a actuar con absoluta rectitud, y en defensa de la soberanía popular en el próximo proceso electoral. El presidente de México Andrés Manuel López Obrador, exhorta a los gobernantes de todas las entidades del país […]

Por Francisco Humberto Rangel Turón

El Acuerdo por la Democracia es la proposición en la que López Obrador se compromete a actuar con absoluta rectitud, y en defensa de la soberanía popular en el próximo proceso electoral. El presidente de México Andrés Manuel López Obrador, exhorta a los gobernantes de todas las entidades del país para que actúen con responsabilidad para garantizar, a lado de nuestro pueblo, elecciones limpias que hagan valer el artículo 39 de la Constitución: “La soberanía Nacional reside esencial y originariamente en el pueblo. Todo poder público dimana del pueblo y se instituye para beneficio de este. El pueblo tiene en todo tiempo el inalienable derecho de alterar o modificar la forma de su gobierno”. Cumpliendo con ello, se realizará el sueño de millones de mexicanos por hacer de México un país democrático, de libertades y de derechos.

A través del Acuerdo Nacional de la Democracia hacen patente y pública su adhesión al llamado de AMLO: la Jefa de Gobierno de la CDMX, Claudia Sheinbaum, y los gobernadores Cuitláhuac García de Veracruz, Adán López de Tabasco, Miguel Barbosa de Puebla, Rutilio Escandón de Chiapas, Cuauhtémoc Blanco de Morelos, y Jaime Bonilla de Baja California, todos emanados de MORENA. Tras la suma de estos siete jerarcas morenistas, el Acuerdo por la Democracia sumó 18 gobernadores, incluidos de la Alianza Federalista, dando un total 25 mandatarios. Con entusiasmo y respeto, respaldan totalmente y por convicción el Acuerdo por la Democracia, y su efectiva ejecución para establecer en México la tan ansiada democracia de manera “perdurable”. Se comprometen a que, en esta 4T de la vida pública de México, de la cual orgullosamente forman parte, “actuarán como hasta ahora lo han hecho”. Es así que sin titubeo alguno se unen al llamado en el que “juntos harán historia”. El titular del Ejecutivo federal AMLO, cuenta con los mandatarios de las entidades adheridas para que, “en las elecciones de 2021, den una muestra de verdadera democracia que revindique el anhelo de I. Madero, de un país libre y democrático”.

No me sorprenden este tipo de discursos que se presentan con frecuencia como la forma más eficiente de una insípida “democracia”. Esta demagogia es posible en sociedades de masas, argumentando que permite una decisión eficaz por un número suficientemente pequeño de personas, en nombre del mayor número. El empuje del discurso de este acuerdo se puede juzgar basándose en la métrica de la rentabilidad. Es una forma de acción política en la que existe un claro interés de manipular y agradar a las masas, incluyendo promesas que muy probablemente no se van a realizar. Prometer no empobrece. O, mejor dicho: “De lengua me como un taco”. No es casualidad que el artículo 39, sea la columna vertebral que sostiene a este Acuerdo Nacional de la Democracia ¿Por qué? Pues, porque está compuesto de tres frases sólidas, contundentes, llenas de energía y sentido. Es una bocanada de aire en un ambiente asfixiante. Un poema perdido entre normas legales. El 39 también es un grito ahogado, una caricia previa a las patadas de la realidad. La primera frase dice: “La soberanía Nacional reside esencial y originariamente en el pueblo”. Esa soberanía nacional que es esencial y de origen radica en nosotros, “el pueblo”, ya la cedimos o encargamos de forma derivada en instituciones y servidores públicos que hace tiempo dejaron de representarnos. “Todo poder público dimana del pueblo y se instituye para beneficio de este”. Esta segunda frase reafirma que el poder nació en nosotros y el pueblo se ejerce para nuestro beneficio, el de todos. Sin embargo, hoy lo que los mexicanos vivimos es una pandemia que se salió de

control, un aprieto económico difícil, una enorme brecha de desigualdad, una pobreza incontenible, un rezago educativo, y una inseguridad alarmante. En el país se comete un homicidio calificado cada tres horas. Entonces, ¿cómo creer que el poder público se instituye en beneficio de todos, si la opulencia con la que viven los gobernantes contrasta con la lacerante miseria de los gobernados? ¿Cómo creer que el poder es nuestro beneficio si la justicia se administra discrecionalmente? ¿El poder nace en nosotros y se instituye en nuestro beneficio, mientras se excluye de responsabilidad, dando impunidad a los que detentan el poder, dejando al pueblo, a nosotros, en estado de indefensión frente detenciones ilegales, represión, y flagrantes violaciones a los derechos humanos? Y la tercera frase: “El pueblo tiene en todo tiempo el inalienable derecho de alterar o modificar la forma de su gobierno”.

En el artículo 41 de la Constitución, se explica que la soberanía del pueblo se ejerce por los Poderes de la Unión federales o estatales, es decir, por los diputados, senadores, los jueces, los gobernantes, el presidente y su gabinete. Pero, ¿dónde queda la voluntad popular cuando los representantes se olvidan de su compromiso con el pueblo? Todo el tiempo, se refiere a solo a participar en el gobierno, y ejercer la soberanía con voto acotado a un reducido número de posibilidades, en donde figuran sujetos con antecedentes y moral cuestionable. También se refiere a la conformidad de prevalecer en olvidar el poder público después de votar. Conformarnos con ser testigos del lamentable abuso de poder de nuestros representantes sin poder hacer nada. Demandar consultas populares que deben ser aprobadas por una Suprema Corte, que le negó al pueblo, la posibilidad de que nos consulten sobre la concesión de recursos energéticos a particulares, o la eliminación de legisladores plurinominales.

El artículo 39 otorga la soberanía nacional a los ciudadanos mexicanos, pero el resto de la Constitución se encarga de convertir cualquier momento en calendarios electorales, la representación popular en partidos políticos, la voluntad en la conformación de los Poderes de la Unión, y nuestros derechos en graciosas concesiones de quien detenta el poder.

El 39 tiene su propia vida, la mía, la tuya, y la de 128 millones 230 mil mexicanos. Ver al pueblo unido por una causa como unas “elecciones limpias” nos empodera hasta la convicción de que ese artículo 39 no es solo una hueca retórica. Pero, en el contexto de este acuerdo, el 39, es un espejismo de la representación imaginativa de una sociedad futura de características favorecedoras del bien humano.

Es la ilusión de una civilización ideal, fantástica, imaginaria e irrealizable, paralela o alternativa a la crudeza de la realidad política actual. Suena idóneo, pero es inviable, o de difícil puesta en práctica. México tiene un oscuro pasado conformado por décadas de imposiciones y fraudes electorales. ¿Se van a comprometer a no apoyar a ningún candidato de ningún partido? ¿Cómo van a hacerle para no permitir que se utilice el presupuesto público con fines electorales? ¿Quién va a denunciar la entrega de dinero del narcotráfico, del crimen organizado, o de la delincuencia de cuello blanco para financiar campañas? ¿Cuál es el mecanismo para impedir la compra de lealtades y conciencias? ¿Qué van a hacer para no traficar con la pobreza de la gente? ¿Será que no solaparán a tramposos electorales? ¿Cuál es su estrategia para evitar el acarreo, el relleno de urnas, y la falsificación de actas? ¿Creen poder erradicar con buenas intenciones las prácticas abominables y antidemocráticas que ya son toda una tradición en la política nacional? Una de dos: ¿O soy un ingenuo y enfermizo optimista? ¿O el utópico Acuerdo Nacional de la Democracia es solo otro delirio lopezobradoriano?

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