Hubo en la ciudad prestigiados litigantes, sin el documento oficial que los avalara como tales, y entre estos y los profesionales del Derecho se hacían burla: ¡Adiós abogado sin título, adiós título sin abogado!
Ricardo Dávila de la Peña era un peculiar personaje saltillense, con un enorme antecedente genealógico y aún descendencia también importante.
La gente creía que tenía algún problema mental y hasta algunos despectivamente le decían “El loco Ricardo”, de lo cual no tenía un solo pelo. Tipo sagaz, valiente, sí bronco, pero con razón.
Su personalidad despabilada, su hablar elocuente y autoritario, sus conocimientos sobre las leyes, lo llevaron a ser un notable tinterillo. (Litigante sin título).
Se plantaba ante cualquier juzgado penal para hacer la defensa de gente con no muchos recursos económicos. Y eso pudo haber sido su modus vivendi, amén de otros ingresos.
Fue hijo de aquel famoso director de la Policía y de la fajina (la cuadrilla de limpieza) Municipal, don Natalio Dávila, personaje de enormes bigotes y grande personalidad; era capaz de reprimir con leves castigos físicos, por ejemplo, golpear con una vara de membrillo en las corvas a los infractores. Aquel que formaba a los presos en el patio central de la cárcel de Bravo y Aldama para sacarlos a la “fajina”. A barrer las calles de la ciudad.
Ricardo Dávila de la Peña es padre de entre otros ilustres hijos del famosísimo abogado saltillense que se enfrenta con mucho éxito a asuntos muy difíciles, Ricardo Natalio Dávila, “La Lobita”, que le decía su papá. “La Lobita” fue magistrado del Tribunal Superior de Justicia, hasta allá llegó su capacidad de buen abogado.
Además parió otro “hijo”. El periódico El Pueblo, que era como decía mi papá Carlos Gaytán Villanueva, todo un magnate del periodismo. Era el editor, pero quien cargaba con el trabajo de la redacción era mi padre.
El semanario tuvo sus épocas buenas y malas, era combativo y acérrimo enemigo de las injusticias. Todo parece indicar que feneció cuando a mi papá se le ocurrió encabezar una nota contra el gobernante en turno, bajo el siguiente tenor: “En Coahuila, gobierna un tuerto”. Y es que el Mandatario tenía una prótesis de cristal en uno de sus ojos.
Editores, colaboradores e impresores, salieron despavoridos. Ya no supe si se editó después el famoso Pueblo.
Pero vayamos a la anécdota. Llegó a la casa de Ricardo Dávila de la Peña un ejidatario para solicitarle que le amparara contra la muerte.
–¡Ah chingao!, po’s nunca me la he aventado, pero bueno deja ver qué puedo hacer por ti amigo.
El campesino explicó al tinterillo que una mujer en el rancho donde habitaba lo había amenazado con embrujarlo y luego lo iba a matar.
–Por eso quiero que me ampare contra la muerte. Así que si esa mujer quiere asesinarme sepa que la justicia federal me protege y no puede atentar contra mi vida.
Dávila de la Peña sonrió con esa sonrisa tan característica en él y le siguió el juego al campirano.
Se sentó a la máquina, llenó un formato, rotuló el sobre dirigido al Juzgado de Distrito Federal con sede en Piedras Negras y le dijo al ejidatario:
–¡Anda!, ve al correo, deposita esta carta certificada y que te sellen esta copia y regrésate pa’l rancho, ¡ya estás amparado contra la muerte pelao! Y así lo hizo el imprudente campesino.
Ricardo cerró la puerta de su casa en la calle Dionisio García Fuentes para estallar en estruendosas carcajadas.
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