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Coahuila

Análisis estructural de un voto conservador en Coahuila

Por Luis Carlos Plata

Hace 1 dia

Han trascurrido 15 de los 30 días oficiales de proselitismo electoral en Coahuila. Hemos llegado al cenit.

En otro momento en este mismo espacio se han propuesto dos hipótesis para explicar la relación política vigente en el estado: nuestra manera local de concebir y renovar el poder se reduce al mercadito, y toda interacción con personas supone una tapa de huevo como moneda de cambio. Al ciudadano, pues, se le identifica y estereotipa como marchante desde todos los ámbitos. Los emblemas de los partidos así lo cosifican. Todos.

Pero la etapa en que nos encontramos es diferente. En la campaña, siempre, se habla sobre la campaña, no sobre su contenido. Los candidatos “encampañados” tratan de transmitirnos en todo momento que sí: andan en campaña (como si estuviésemos con el pendiente, por lo demás), y hasta cuentan los días transcurridos, jornada tras jornada, como si purgaran una condena en prisión marcándolos en la pared de su celda.

Los hipotéticos votantes, por su parte, conciben esa fase del proceso como si se tratase de una serie de naturaleza lúdica. Entretenimiento. El activismo social entonces es reemplazado por un concurso de popularidad y los aspirantes de manera cíclica muestran lo de siempre: su comida callejera, sus pasos de baile, y su desenvolvimiento con la gente.

Sin embargo caen por igual en el error inducido de origen por la estructura del sistema.

En su libro “Cómo entretenerse durante un domingo electoral” (2024), el cineasta y escritor francés François Bégaudeau (Luzón, 1971) reflexiona sobre el tema: “Allí donde la democracia esté restringida a un sistema electoral, quedará anulada por éste; el pueblo será cuerpo político que se formará sólo a fin de votar, para, a continuación, disolverse”.

Explica el francés: “Lo único que tiene que hacer es poner una marca en las casillas que han creado otros. Después de las elecciones, el ciudadano intermitente se devuelve al garaje, como las sillas de terraza de un verano a otro. Se le sacará de nuevo para las siguientes elecciones regionales. Hasta entonces, no ha de preocuparse de nada ni informarse de nada. Hay otros que se ocupan de todo”.

Así sucede en la entidad. El votante valida las elecciones; nada más. Y al hacerlo, nadie cuestiona las reglas.

En ese sentido François Bégaudeau va más allá, al analizar que las elecciones se perciben como inútiles para cambiar las cosas, pero útiles para mantener el orden. “El orden organiza las elecciones. Dedica mucha energía y dinero a ello”, afirma. Por consecuencia el voto casi siempre favorece al partido del orden (y en el caso que nos ocupa, al “de la seguridad”)

Partimos, pues, de un hecho estructural: las elecciones como instrumento concebido y administrado por ese orden, fungen como un operador del conservadurismo. En esa misma línea funciona, por ejemplo, “el voto útil”, cuyo uso como tal supone involuntariamente que, normalmente, el voto resulta inútil.

En dicho supuesto, las elecciones funcionan para reafirmar el orden. Independientemente de su condición socioeconómica, el ciudadano tiende con su elección a protegerse de elementos socialmente inferiores a él que percibe como peligrosos: el inmigrante del sur del país beneficiario de servicios públicos, por citar uno.

La razón de ser de su voto, pues, es conservadora: conservar su pequeña ventaja sobre los que –percibe– están por debajo de él.

Escribe Bégaudeau: “El elector llega socialmente marcado. Siendo heredero de una condición social, llega condicionado. Condicionado por los medios del orden”.

“La población electoral, como tal, es conservadora; todo voto es de derechas”, menciona.

Amén del sistema, otro factor influye para que predomine un voto conservador: las imposiciones sociales se comen el tiempo del ciudadano.

Lo ejemplifica el referido autor: “Ejercer la ciudadanía requiere de tiempo y los sujetos sociales no lo tienen. A las personas atadas al trabajo la mitad de su vida diurna sólo les quedan por la tarde unas pocas horas para hacer las compras, preparar la comida, atender los asuntos ordinarios, acostar a los niños, hacer más niños, y dormir para recargar su capacidad de trabajar al día siguiente”.

Ese modelo de sociedad, distintivo de la Región Sureste de Coahuila, induce a que los asuntos públicos queden en manos del poder económico, los jubilados (que no son los más subversivos) y los profesionales de las elecciones (quienes no tienen otra cosa qué hacer más que eso).

 

 

Cortita y al pie

Cito una vez más a Bégaudeau: “La democracia no está en las elecciones, sino entre elecciones. No obstante, nuestras democracias usurpan su nombre proponiendo la situación inversa: elecciones y nada entre ellas. A fuerza de propaganda, se ha olvidado que la democracia no consiste en poder expresarse acerca de una situación, sino en poder actuar sobre ella”.

El votante no ha escrito las reglas del juego. Tampoco elige a los jugadores. Lo que hace, es elegir lo que otros eligieron ya de antemano.

 

 

La última y nos vamos

Así que quien llega pretendiendo agitar a las masas en el estado con el discurso de izquierda y el cambio (falaces ambas, por lo demás), no ha entendido nada.

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