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Anhelo de un mundo mejor

Por Gerardo Hernández

Hace 3 años

El mundo atraviesa tiempos convulsos. La guerra, la presión de los flujos migratorios y el temor a nuevas pandemias se han convertido en el caldo de cultivo para la vuelta de las ideologías, esas que Daniel Bell declaraba muertas hacia la segunda mitad del siglo pasado (The end of ideology, 1960). Contrario al pronóstico del sociólogo de la Universidad de Harvard, fallecido en 2011, la ideología política no solo no se volvió irrelevante, sino que el liberalismo, el conservadurismo y hasta el imperialismo han captado nuevos bríos.

Y ya no solo en países de escasos recursos, sino en naciones supuestamente desarrolladas, donde la ola de nacionalismo extremo no corresponde al nivel socioeconómico de su población y rememora los tiempos más oscuros de la historia moderna. ¿Señal de que la gente no se volvió más «sensible», como pronosticaba Bell? Acaso en parte, pues la mayor responsabilidad recae sobre Gobiernos de todos los cortes ideológicos, tanto por la falta de visión como por la persecución del poder por el poder, incluso por las armas.

Aun cuando existen buenas intenciones, como en el caso de la política de brazos abiertos para refugiados en Europa, impulsada por Angela Merkel, o del Tren Maya, que busca detonar la economía de regiones de México olvidadas por la maquinaria del progreso, estas chocan con la dura realidad. En ambos ejemplos, la falta de planificación y la exclusión de los sectores afectados han provocado el rechazo de gran parte de la sociedad a lo que parecieran causas nobles.

En esto coinciden las plumas reunidas en la edición especial con motivo del 27 aniversario de Espacio 4, las cuales abordan tales cuestiones desde diferentes perspectivas y con la plena libertad que ha caracterizado a esta casa editorial en sus casi tres décadas de ofrecer “La otra lectura”. Pero no solo se trata de señalar lo que no funciona, sino de ofrecer soluciones y caminos alternativos hacia la construcción de un mundo mejor. En esto también concuerdan los colaboradores de esta publicación: la movilización social es fundamental para la salud de la democracia.

Ante la crisis de la partidocracia, el regreso al populismo y el desinterés por la destrucción del planeta, el agente de cambio no puede ser otro que el ciudadano de a pie. En esta línea, las cruzadas de activistas y defensores de derechos humanos que pueblan estas páginas hablan de que sí existe la sensibilidad a la que apelaba el autor de uno de los libros más influyentes del siglo pasado para avanzar a un mundo desideologizado, pero se pierde en el laberinto de las noticias falsas y la manipulación de las masas.

Mientras organismos internacionales miren hacia otro lado cuando un país invade a otro o cuando una nación o comunidad pone la religión o los usos y costumbres por encima de los derechos fundamentales de las personas, habrá alguien que levante la voz, se movilice y haga público lo que los poderes fácticos quieren ocultar. Los defensores, las asociaciones civiles y la ciudadanía organizada son el muro de contención para el regreso de las derechas ultraconservadoras y de las izquierdas trasnochadas. Y junto a los manifestantes que toman pacíficamente las calles y los hackers que revelan “secretos” de Estado, debería estar un periodismo de altura.

De otra manera, no solo se traiciona la esencia de uno de los mejores oficios del mundo, como lo calificó el escritor colombiano Gabriel García Márquez, sino que se deshonra a los comunicadores que han perdido la vida en su intento de denunciar la corrupción y la impunidad que pudren el tejido social. De ahí que hayamos decidido refrendar nuestro compromiso con el periodismo libre dedicando esta tirada a quienes entregan sus vidas a edificar una sociedad más justa. A nuestros lectores y compañeros de batalla, nuestro más profundo agradecimiento.

(Editorial del suplemento «Movimientos sociales. Motor de la innovación democrática»)

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